La autoridad de Jesús

Jesús fue, y es, amable y compasivo. Pero estaríamos equivocados si solo lo consideráramos un filántropo sentimental. Su bondad surgió de la fuerza. Cuando hablaba, había una decisión en su tono y sus palabras que revelaban poder y autoridad. Leemos que:

La gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. (Mateo 7:28–29).

Autoridad en la enseñanza
Es importante considerar la autoridad de Jesús porque si sus afirmaciones están bien fundadas podemos aceptar su enseñanza con confianza.

Su autoridad no era la que proviene de haber aprendido mucho: la autoridad de Jesús era esencialmente personal, una autoridad que venía de quien era él. Esto es evidente en el Sermón del Monte (Mateo 5-7), donde Jesús enseña muy claramente sobre cómo deben vivir los hombres y las mujeres, y sobre el propósito de Dios con ellos. Jesús implícitamente hace afirmaciones profundas sobre sí mismo, así como pronunciamientos definidos sobre cosas futuras que afectan a sus oyentes.

Cuando Jesús comienza por decir quiénes son los “bienaventurados”, lo hace con una finalidad; no hay un argumento, sino una simple afirmación de que los pobres de espíritu, los mansos, los que buscan la justicia, los misericordiosos y los pobres de corazón son benditos. Y además él nos dice por qué: que estas cualidades son buenas porque quienes las poseen tienen cualidades que pertenecen a una vida futura. De ellos es el reino de Dios, y ellos verán a Dios. Un simple maestro no puede hacer tales afirmaciones: estas se basan en el propósito de Dios. Sin embargo, Jesús siempre habla con la seguridad de quien tiene pleno conocimiento sobre el tema. El mismo conocimiento del propósito de Dios se ve cuando dice que el Padre sabe de las necesidades de sus hijos, y que quienes buscan primero el Reino de Dios y su justicia tendrán todo lo que necesitan (Mateo 6:32-3).

Autoridad sobre la vida futura
Algunos de sus palabras en estos capítulos se refieren específicamente a las condiciones en las que los hombres y mujeres pueden entrar en una vida futura. Indica que las condiciones no serán fáciles y no provocarán una respuesta popular.

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mateo 7:13–14).

Quizás la más asombrosa de sus afirmaciones se refiere a su propia relación con el destino del hombre.

“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21).

Jesús no acepta a nadie que diga seguirlo, que no viva obedientemente en la forma que él instruye. Es la voluntad de Dios la que debe hacerse; sin embargo, Jesús está claramente involucrado personalmente en juzgar el asunto. Él está involucrado directamente como el medio por el cual Dios toma, comunica y lleva a cabo sus decisiones. No solo esto, sino que Jesús explica que sus palabras son la base sobre la cual se determinará el futuro de hombres y mujeres.

Al presentar la historia de los dos constructores, Jesús dice:

“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca… Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena” (Mateo 7:24–26).

No es de extrañar, entonces, que los hombres y mujeres que escucharon a Jesús reconocieron la autoridad con la que les enseñaba. Esta no era una autoridad hecha por el hombre o autoproclamada, esta era la autoridad de su asociación con Dios.

Explicando su autoridad
Entonces, ¿cuál era la fuente última de esta autoridad? Él mismo nos lo dice: es el Hijo de Dios, enviado por Dios con un mensaje que dar y una obra que hacer. Tanto el mensaje como la obra son fundamentales para que, en Jesús, Dios ofrezca al hombre y a la mujer la vida eterna. Leamos una selección de declaraciones del evangelio de Juan sobre este tema:

Hablando de sí mismo, Jesús dijo: “Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida. El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:34–36).

Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. (Juan 8:28).

Se confirma la tremenda importancia de tal mensaje, así como el efecto de rechazarlo: “El que me rechaza,, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero” (Juan 12:48).

Jesús reclamó una “doble” autoridad para su mensaje:

  • Puesto que le fue dado por Dios, tiene la autoridad del mismo Todopoderoso;
  • Como Hijo de Dios, sus palabras tienen importancia, viniendo de alguien tan grande.

La evidencia
La autoridad de Jesús se demostró a través de su enseñanza y a lo largo de su vida entre el pueblo de Israel. Consideraremos dos ejemplos, que resuenan con la “doble autoridad” descrita anteriormente.

Jesús demostró su autoridad en los milagros que realizó. Estos se llamaron “señales” en Juan 20:30, y eso es exactamente lo que fueron.

Los milagros o señales que Jesús llevó a cabo claramente iban más allá del poder humano y solo podían provenir de Dios. Pensemos en como resucitó a Lázaro de entre los muertos, alimentó a 5000 personas con cinco panes y dos peces y como calmó la tormenta en el mar de Galilea. En estos casos, Dios estaba demostrando que había enviado a Jesús, confirmando su autoridad. El apóstol Pedro confirma esto a los que escuchan en Jerusalén el día de Pentecostés, poco después de la ascensión de Jesús al cielo:

“Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él” (Hechos 2:22).

El segundo ejemplo también lo usa Pedro en Hechos 2, y es la resurrección de Jesús. En los versículos 25–36, usa conexiones con los Salmos 16 y 110 para mostrar que al resucitar a Jesús de entre los muertos, y al recibirlo después en el cielo, Dios mostraba a Jesús como ‘Señor y Cristo’.

Jesús resucitó de entre los muertos, un hecho que fue presenciado por más de 500 personas, algunas de las cuales escribieron su testimonio que podemos leer hoy en 1 Corintios 15:1–8. En esto Dios estaba demostrando que Jesús era el Cristo (el Mesías, o Ungido). No solo eso, sino que la resurrección, personificada en la tumba vacía, también era una garantía de que Jesús es el rey venidero del mundo. Fue otro apóstol, Pablo, quien proclamó en Atenas:

“Por cuanto [Dios] ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos (Hechos 17:31).

La autoridad de Jesús fue clara para sus oyentes y para aquellos que leen hoy sus palabras en la Biblia. Esta autoridad provino de quién era él, el Hijo de Dios, y de las cosas que dijo: el mensaje y la palabra de Dios. Las cosas que dijo fueron confirmadas por las cosas que hizo y su resurrección de entre los muertos. Podemos aceptar su enseñanza y construir nuestra vida alrededor de ella con confianza.

Las Señales de Jesús en Juan

En las lecturas diarias del Nuevo Testamento estamos en el evangelio de Juan, que de algunas formas es muy diferente a los tres anteriores. Una de las diferencias que notamos es que mientras los tres primeros frecuentemente describen en términos generales como Jesús hizo muchos milagros y sanidades, Juan en cambio describe sólo 7 milagros, llamándoles ‘señales’. Estas señales son el tema del más reciente cuestionario bíblico acá en  labiblia.com

La primera de estas señales de Jesús la encontramos en Juan 2:1-11, que podemos resumir de esta forma: 

Al tercer día hubo unas bodas en Caná de Galilea; y fueron invitados la madre de Jesús, Jesús y sus discípulos.

Y faltando el vino y habiendo allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la purificación de los Judíos, Jesús les dijo: llenar estas tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Luego dijo Jesús: Sacad ahora, y presentad al maestresala. Y se lo llevaron.

Y cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber de dónde procedía el vino (pero los sirvientes que habían sacado el agua sí lo sabían), el maestresala llama al esposo, y le dijo: Todo hombre pone primero el buen vino, y cuando están satisfechos, entonces saca el vino inferior; mas tú has guardado el buen vino hasta ahora.

Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él.

El milagro es sumamente curioso – estoy seguro que si cualquiera de nosotros hubiéramos recibido de Dios poder sin límite, no se nos hubiera ocurrido que nuestro primer milagro fuera resolver la falta de vino en una boda! Pero Jesús nada hizo por gusto, así que debemos indagar más a fondo.

Dentro del texto bíblico del Antiguo Testamento que todas aquellas personas conocían, el vino era un símbolo del buen comportamiento nacido de un buen corazón. Por ejemplo, el profeta Isaías dice lo siguiente al pueblo de Israel:

¡Cómo se ha convertido en prostituta la ciudad fiel! Llena estaba de derecho, y en ella habitaba la justicia; pero ahora la habitan homicidas. Tu plata se ha convertido en escoria; tu vino está adulterado con agua. Tus magistrados son rebeldes y compañeros de ladrones; cada uno ama el soborno y va tras las recompensas. No defienden al huérfano ni llega a ellos la causa de la viuda. (Isaías 1:21-23)

Y esta corrupción había continuado hasta el tiempo de Jesús, y por eso leemos en Marcos que el Señor les reprendió, con palabras del mismo Isaías: 

Este pueblo me honra de labios,
pero su corazón está lejos de mí.
Y en vano me rinden culto,
enseñando como doctrina
los mandamientos de hombres. (Marcos 7:6-8, Isaías 29:13)

Israel se había apartado de los mandamientos de la ley de Dios, mezclando su vino con la desobediencia, y Jesús venía a ofrecer un camino mejor: 

A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche. (Isaías 55:1)

Responderá Jehová, y dirá a su pueblo: He aquí yo os envío pan, mosto y aceite, y seréis saciados de ellos; y nunca más os pondré en oprobio entre las naciones (Joel 2:19)

Esta nueva palabra de salvación es la que traía Jesús, pero que los judíos no querían aceptar pues no querían cambiar su comportamiento.  Este es el significado de la parábola que Jesús les dijo en Marcos 2:22:

Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar.

A pesar que vivimos muchos años después, Dios en su amor aún nos ofrece el perdón de pecados por medio del sacrificio de Jesucristo su hijo, para toda persona que reconozca su pecado y desee un cambio en su vida, ¡Y la participación en ese sacrificio la recordamos compartiendo vino!

Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados. (Mateo 26:27-28)

La fe en el sacrificio, la muerte y la resurrección de Jesús nos proporcionan ese perdón que necesitamos y el cambio a una vida nueva. De esta manera recibamos el vino nuevo, puro y delicioso que requiere nuestra mente y corazón para que sirvamos a Dios a través de las enseñanzas de Jesús.

El episodio concluye subrayando el hecho de que este incidente era el “principio de señales”. El comentario de que este suceso fue para que Jesús revelara su gloria sugiere que los seguidores de Jesús comprendieron las “señales”, en tanto que para los demás asistentes esto pasó inadvertido. El desafío nuestro es tener ojos para “ver” y tratar de descubrir el sentido de estas grandes lecciones. Por tanto, nuestra tarea consiste en establecer el alcance del texto en el primer nivel, el espiritual.

¡Durante el mes de octubre sigamos la lectura emocionante del evangelio de Juan!  Y si quieres aprender más acerca de este tema, visita labiblia.com!

Muchas Veces, y de Muchas Maneras

La carta a los Hebreos se inicia con estas palabras: 

Dios, habiendo hablado en otro tiempo muchas veces y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo…

¿Te has puesto alguna vez a pensar en el hecho de que el Creador Todopoderoso, el Eterno, el Autor de todo lo que existe, el que da aliento a cada criatura, Él es el que nos ha hablado muchas veces y de muchas maneras…?

Cuando alguien tiene que hablar muchas veces y de muchas maneras lo que esto sugiere es que la gente o no está escuchando o no entiende. Y lo que Hebreos anuncia es que a pesar de nuestra falta de atención o entendimiento o voluntad por oír, aún así Dios realmente quiere llegar a nosotros.

¿No te asombra que el Dios que con un soplo creó las galaxias sea también un Dios que con paciencia, persistencia, y amor trata de acercarse a tí?

Si reflexionamos sobre las palabras de este escritor dentro del contexto más amplio de la Biblia, no hay duda alguna de que Dios ha hablado de muchísimas formas. Comenzando desde el principio:

  • Habló con Adán, dándole una explicación de quién era, el ambiente en el que existía, y la forma en que debía conducirse para vivir sin límite.
  • Conversó con Caín respecto al homicidio de su hermano, invitándolo a asumir responsabilidad y arrepentirse.
  • Habló con Noé acerca acerca del estado de la tierra, comunicándole cómo evitar la destrucción que era el destino de los que se habían entregado a la violencia.
  • Habló muchas veces con Abraham acerca de muchos temas – donde viviría, como le protegería, el destino de Sodoma y Gomorra – y hasta mandó a sus ángeles a compartir con él una comida.
  • Habló con Jacob por medio del sueño de ángeles que subían y bajaban entre cielo y tierra.
  • Habló con Moisés de la zarza, revelándole su nombre.
  • Habló con el pueblo de Israel desde la columna de fuego y al sustentarlos todos los días en el desierto. 
  • Habló con Josué cuando éste miraba la tierra de Canaán preguntándose cómo podría darle un hogar allí al pueblo que tantos años lo había esperado.

Estos son unos poquísimos ejemplos de las miles de ocasiones y maneras en que Dios habló, pues Dios habla en historias, en salmos, en lamentos, en profecía, por milagros, en sueños, en visiones de gloria, en cartas, en evangelios, en símbolos, en proverbios, en parábolas y de muchas formas más.  

¡De tantas maneras Dios ha hablado, y sigue hablando! Dios habla a artistas e ingenieros, a hombres y mujeres, a adolescentes y abuelos, a gente extraña y a personas ‘normales’. Dios habla por medio de personas que se sientan a comer con prostitutas y por personas que comen langostas en el desierto. Dios ha luchado constantemente, incansablemente, permanentemente por penetrar la neblina de nuestras mentes.

¿Esto qué nos enseña?
Una de las más grandes lecciones que nacen de esta reflexión es el tremendo valor que tienen para Dios todos sus hijos e hijas. Esto debiera ser obvio, pues si no tuviéramos para Dios un valor inestimable, ¿acaso habría instituido un sistema de salvación que dependiera del sacrificio de su único Hijo? Nuestro valor, y el de todos los demás hijos y las hijas de Dios, se mide en las gotas de sangre del unigénito, inocente, misericordioso y compasivo Hijo de Dios.

Isaías 53 nos revela que éste vería el fruto de la aflicción de su alma, y que quedaría satisfecho. Dios, el supremo arquitecto, que puede ver el final desde el principio, no habría pronunciado aquellas primeras palabras creando la luz si no le hubiera parecido que todo valdría la pena al final. 

Y si Dios se está esforzando tanto para llegar a nosotros, ¿no debiéramos estar haciendo nosotros lo mismo con las personas que nos rodean?

El Reto de la Comunicación
Todos los humanos somos difíciles. Esto no debería sorprendernos. En la Biblia no hay personajes de carácter sencillo – todos son personas complicadas y multidimensionales. Pensemos en Sansón, en Acab, en David, en Moisés, en Jacob, en Judá, en Zaqueo, en Pedro, María la hermana de Lázaro, en Sara, en Raquel y Lea, en Abigaíl. Las personas con las que Dios trabaja han sido siempre así. 

Jesús nos dice que perdonemos al que peca contra nosotros continuamente, y que es indispensable perdonar sin límites. ¿Acaso Jesús no nos está llamando a hacer aquello que Dios siempre ha hecho durante toda la historia de la humanidad? ¿Y sería necesario que Jesús nos dijera esto si las personas que nos rodean no nos ofendieran constantemente? Una y otra vez, incidente tras incidente, pecado tras pecado, durante toda la historia del mundo Dios ha perdonado y lo sigue haciendo. Perdona, y nos vuelve a invitar a conversar. Lo hace con paciencia, con amor, insistentemente, permanentemente. 

En nuestra vida enfrentamos todos los días retos de comunicación con otros. En Proverbios 20:5 Salomón nos dice que “como aguas profundas es el consejo en el corazón del hombre; Mas el hombre entendido lo alcanzará.

Lo interesante de este proverbio es que da por sentado que ese consejo del corazón de las personas sí vale la pena buscarlo. En otras palabras, vale la pena tratar de comprender a los demás. Lamentablemente, la pereza corroe nuestros esfuerzos por hacerlo. Respecto a nuestros cónyuges, hijos, familia, amigos, compañeros de trabajo y hermanos difícilmente podríamos decir que nos esforcemos ‘muchas veces, y de muchas maneras’ por comprenderlos – más apropiado sería decir que lo hacemos ‘de vez en cuando, cuando tenemos tiempo, y casi siempre de la mismas forma’.

Una de las formas más importantes de expresar el amor hacia las demás personas es por medio del esfuerzo que hagamos por comunicarnos con ellos. Día tras día, incansablemente, estableciendo a través de los años y las décadas aquellas relaciones que sustentan nuestra vida. Y sin hacerlo con la actitud de que ‘yo soy así, y ellos me tienen que comprender a mi manera’ sino más bien adaptándonos a la personalidad de ellos.

A finales de Lucas tenemos esta parábola: 

Un hombre plantó una viña, la arrendó a labradores, y se ausentó por mucho tiempo.Y a su tiempo envió un siervo a los labradores, para que le diesen del fruto de la viña; pero los labradores le golpearon, y le enviaron con las manos vacías.Volvió a enviar otro siervo; mas ellos a éste también, golpeado y afrentado, le enviaron con las manos vacías.Volvió a enviar un tercer siervo; mas ellos también a éste echaron fuera, herido. Entonces el señor de la viña dijo: ¿Qué haré? Enviaré a mi hijo amado; quizá cuando le vean a él, le tendrán respeto. (Lucas 20:9-13)

Esta parábola la conocemos bien, pero en vez de pensar en el simbolismo de cada personaje, ¿por qué no meditamos más bien en el tono general de las últimas palabras pronunciadas por el señor de la viña?: ‘¿Qué haré? Enviaré a mi hijo amado; quizá cuando…’. Son palabras de un padre amoroso que está reflexionando dentro de sí mismo sobre cómo lograr un acercamiento con hijos alejados de él…

La forma más poderosa en que Dios ha intentado hablarnos es por medio de la vida y muerte de su amado Hijo. Con esa misma compasión, dediquémonos a amar a nuestro prójimo de esa misma forma en medio de un mundo muy dividido y conflictivo.

Paciencia

Al leer los evangelios es posible que no nos hayamos percatado del ambiente altamente politizado en el que a Jesús le tocó desempeñar su ministerio. Los judíos vivían bajo el yugo del imperio romano, una dictadura extranjera. Estaban sometidos a fuertes impuestos y gozaban de pocos derechos y libertades. La opresión estaba siempre presente y por consiguiente el pueblo se rebelaba constantemente.

En este medio apareció Jesús presentándose como el Cristo, el Ungido de Dios: en otras palabras, como el líder de un gobierno venidero. Esto causaba consternación entre las autoridades romanas y los judíos que colaboraban con ellas.

Por tanto, cuando en Lucas 13 (una de las lecturas bíblicas de esta semana), le comentan a Jesús acerca de los judíos que habían sido masacrados en Galilea por orden del gobernador Pilato, ésta no era una conversación casual. Más bien era algo como decirle en nuestros tiempos al líder de un presunto grupo rebelde: “¿Acaso no oíste hablar de los militares que ametrallaron a 20 personas en la protesta por el alza del precio del combustible?”

Y no creamos que se lo dijeran porque eran simpatizantes, sino que procuraban provocarle para que censurara al gobierno romano y lo pudieran acusar de rebeldía, con el fin de que los romanos lo ejecutaran.

Pero como en el caso de la pregunta que le harían posteriormente respecto del pago de los impuestos, Jesús les responde hábilmente, orientando el diálogo hacia el enemigo más pernicioso aún que los romanos y que él había venido a vencer: no a los agentes de la mortalidad, sino a la mortalidad misma.

De la misma manera nosotros no debemos perder de vista quién es el verdadero enemigo. Día tras día oiremos hablar de conflictos y tragedias. Posiblemente seamos víctimas de agresiones o presenciemos actos de injusticia. Al igual que Jesús durante su ministerio, en la medida de lo posible debemos auxiliar a los desamparados, defender a los perseguidos y proteger a aquellos que por cualquier razón nuestras sociedades desprecian y excluyen. Pero no olvidemos que la solución definitiva de esta situación no está en que nos alcemos en armas para combatir contra los malvados e injustos, sino en que con paciencia y mansedumbre seamos las manos, los pies y los labios de Jesucristo en un mundo que desesperadamente lo necesita.

Guardemos en nuestro corazón las palabras de Isaías 42.1-7:

He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones. 

No gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia. No se cansará ni desmayará, hasta que establezca en la tierra justicia; y las costas esperarán su ley.

Así dice Jehová Dios, Creador de los cielos, y el que los despliega; el que extiende la tierra y sus productos; el que da aliento al pueblo que mora sobre ella, y espíritu a los que por ella andan: Yo Jehová te he llamado en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas.

Aguardemos con paciencia la llegada de ese día, que ya vendrá.

La Mejor Herramienta

Nuestra mejor herramienta para comprender la Biblia es ella misma.

En las lecturas diarias de esta semana estamos leyendo tres partes de la Biblia que ilustran claramente la importancia del uso de la Biblia misma para entender la Biblia. En este mes de septiembre nos encontramos en 2 Reyes leyendo acerca del rey Ezequías y a principios tanto de la profecía de Ezequiel como del Evangelio de Lucas. Para cada una de estas secciones de la Biblia hay otros libros y autores que describen los mismos sucesos o sucesos similares desde otros lugares u otros puntos de vista.

Consideremos primero la vida del rey Ezequías, comenzando en 2 Reyes 18. Este rey, descendiente de David, gobernaba el reino de Judá en un momento crítico. El imperio asirio estaba en pleno ascenso. Recién había llevado al cautiverio a los moradores del reino de Israel, justo al norte de Judá. Lo que debemos saber es que mientras los libros de Reyes nos relatan la historia tanto de Judá como de Israel, los libros de Crónicas hablan sólo de Judá, pero durante el mismo periodo. De manera que si queremos visualizar mejor los acontecimientos del reinado de Ezequías en un contexto amplio, es conveniente leer Reyes y Crónicas en paralelo. Y podemos llegar a tener un conocimiento más completo aún de la época de Ezequías porque el profeta Isaías es contemporáneo de él. En los capítulos 36 al 39 de su libro, Isaías también describe la invasión de los asirios y de la conversación entre Dios, el rey y el profeta durante esta crisis.

Cien años más tarde se da una situación similar. En esta ocasión es el rey Nabucodonosor de Babilonia quien ha invadido el reino de Judá. Durante este período los profetas Jeremías y Ezequiel están activos al mismo tiempo, con la diferencia de que Jeremías reside aún en Jerusalén mientras Ezequiel profetiza desde Babilonia, porque ya fue llevado al cautiverio. Y una vez más, Reyes y Crónicas describen la misma situación con detalles diferentes. Así que, leyendo estos cuatro libros podemos combinar cuatro perspectivas para lograr tener una idea completa de lo que sucede durante la notoria invasión de Nabucodonosor y el cautiverio babilónico.

Si nos familiarizamos con la estructura general del Antiguo Testamento con la ubicación en el tiempo y en el espacio de los diferentes libros podemos formarnos una mejor idea de su contenido. Se pueden encontrar en Internet cronogramas que incluyen toda esta información, pero para que se nos quede en la mente es mucho mejor crear uno nosotros mismos con papel y lapices de color.

En la tercera lectura, la del Nuevo Testamento, estamos dando inicio al evangelio de Lucas. Éste es el tercer testimonio, tras Mateo y Marcos, del ministerio de Cristo Jesús. Un pasaje sumamente interesante es Lucas 4:16-21, donde se nos dice de Jesús:

Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:

El Espíritu del Señor está sobre mí,
Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
A pregonar libertad a los cautivos,
Y vista a los ciegos;
A poner en libertad a los oprimidos;
A predicar el año agradable del Señor. 

Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.

Si tenemos una Biblia con referencias veremos que Jesús estaba leyendo Isaías 61. En otras palabras, para ayudarnos a comprender el mensaje y el ministerio de Cristo, ¡tenemos como recurso no sólo los 4 evangelios sino también los profetas del Antiguo Testamento!

Te animamos a que leas la Biblia todos los días. Y no se te olvide que para entenderla mejor, tu herramienta más útil es la Biblia misma.

El Primer Mandamiento

Uno de los desafíos de creer en un Dios invisible es el de nunca saber con plena certeza si estamos ‘bien’ con Él. ¿Qué exactamente quiere de nosotros? ¿Lo estamos logrando? Y al evaluar si estamos logrando o no cumplir la voluntad de Dios en nuestras vidas  – ¿Será cuestión de esforzarnos para perfeccionar nuestro entendimiento intelectual de Dios y de sus propósitos, o es de mayor importancia concentrarnos en practicar en forma más constante la piedad con actos de justicia y misericordia, aun si tenemos sólo un entendimiento básico…?

Estas inquietudes son parte de la condición humana, propias de personas de consciencia que quieren vivir bien esta vida, y los escritores de la antigüedad lo reconocieron y escribieron al respecto.

Cronológicamente, la carta de Santiago a los seguidores de Cristo dispersos por el mundo romano es una de las primeras que fueron escritas a las nuevas comunidades que comenzaban a crecer y multiplicarse, y tocante a estas preguntas, el líder de la iglesia de Jerusalén afirma categóricamente lo siguiente: “la fe, sin obras, es muerta”.

En otras palabras, si realmente creemos algo, lo llevaremos a la práctica. Nuestras convicciones serán conocidas en nuestros hechos.

Pero más allá de su sentido directo y literal, ésta afirmación es un poderoso resumen de la función y el propósito de la Palabra de Dios en general: el Todopoderoso no preservó 1,000 páginas de texto para responder a nuestras mil y un preguntas, sino que más bien la Biblia es un manual práctico de instrucciones de cómo conducirnos en la vida para evitar la muerte eterna. En otras palabras, si la “fe” sin obras es muerta, esto implica que toda “creencia” bíblica conlleva acciones concretas relacionadas con ella. 

Consideremos un ejemplo: durante su ministerio, las personas que odiaban a Jesús constantemente le hacían preguntas con la única intención de hacerle tropezar en público para que las multitudes se volvieran contra él. En uno de estos momentos un experto en las leyes judías se le acercó para preguntarle cual de todos los mandamientos era el más importante. Aunque su intención era simplemente causarle problemas, la respuesta de Jesús es de utilidad eterna.

Jesús le respondió, no con uno de los Diez Mandamientos, como tal vez esperaban, sino con Deuteronomio: “Oye Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor uno es.”

Como lectores de estas palabras ¿qué hacemos con ellas? Pues Jesús no parece haber respondido a la pregunta recetando un mandamiento, sino que responde con una ‘doctrina’. Y si aceptamos que esta enseñanza o doctrina es en efecto el mandamiento más importante de todos  ¿qué hacemos al respecto…? ¿Esta creencia, o doctrina, o “fe” – qué hechos demanda de mí?

La respuesta la hallamos en las palabras de Pablo a la comunidad cristiana de la ciudad de Éfeso. La primera sección del capítulo 4 culmina con el himno: “un cuerpo, un espíritu, una esperanza, un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”. Pablo expresa la unidad que nuestro mundo tan desesperadamente necesita. 

Pero, ¿Cómo lograrla..? Pues como dice allí mismo: como personas dignas de esta gloriosa aspiración, conduciéndonos “con toda humildad y mansedumbre, con paciencia solícitos en guardar la unidad….”.

Si crees en tu corazón que Dios es uno, y que nuestro más alta vocación es el de reflejar esta unidad en todos los aspectos de nuestra vida ¿son estas palabras una descripción de tu conducta? ¿En tu comportamiento con tu familia, tus padres, hijos y hermanos? ¿En tu matrimonio? ¿Describen estas palabras tu conducta con tus amistades y tus enemigos? ¿En tu trabajo y tu vecindario? ¿Cuando estás en el supermercado o vas en el autobús? ¿Y en tu iglesia? 

Vivimos en un mundo destrozado por divisiones abrumadoras – violencia familiar, racismo, conflicto entre las clases sociales, entre los sexos, entre comunidades de todo tipo… En fin, en casi todas las esferas que definen nuestra identidad nos vemos constantemente rodeados de agresiones, divisiones y conflicto.

Los que creemos haber sido todos universalmente creados a imagen y semejanza de Dios, y que nuestra condición más fundamental es la hermandad delante de el único Dios ¿fomentamos la unidad en todos los aspectos de nuestras vidas con humildad, mansedumbre, y paciencia?

Entiende lo que Lees

Nuestro crecimiento espiritual es una larga y tortuosa odisea, por lo que no debiera sorprendernos que la Biblia frecuentemente describa este proceso intangible utilizando relatos de viajes reales, casi como una metáfora a la inversa… Los ejemplos más conocidos son los de Abraham, quien salió de Ur de los caldeos hacia la “Tierra Prometida”, y el pueblo de Israel en su camino desde Egipto a la misma tierra de Canaán. Otro gran ejemplo que tal vez no se nos hubiera ocurrido es el de Noé, cuyo viaje fue un poco distinto – entró al arca para luego salir un año después a un mundo muy diferente a aquel del que había partido. 

Un viaje menos conocido es el del eunuco etíope. Este hombre africano había recorrido 2,000 kilómetros desde su patria en Etiopía en peregrinaje al templo de Dios en Jerusalén. Cuando el historiador Lucas nos lo presenta en el capítulo 8 de los Hechos de los Apóstoles, ya va de regreso a su tierra, lamentablemente sin haber logrado saciar la profunda sed que tenía en su alma. 

En su camino iba leyendo, sin alcanzar a comprender, Isaías 53:

Como oveja a la muerte fue llevado;
Y como cordero mudo delante del que lo trasquila,
Así no abrió su boca.
En su humillación no se le hizo justicia;
Mas su generación, ¿quién la contará?
Porque fue quitada de la tierra su vida.

En el capítulo anterior el profeta Isaías había dicho: “todos los confines de la tierra verán la salvación de Dios nuestro” y este extranjero de un país tan lejano anhelaba ser parte de esa salvación. Pero no alcanzaba a comprender cómo lograrlo, pues al continuar la lectura en el capítulo 53 las palabras se le volvían indescifrables, y durante su estadía en Jerusalén nadie se las había podido explicar.

Pero sin saberlo nuestro protagonista, el ángel del Señor le había mandado a Felipe el evangelista a esperar al lado de la carretera, ¡en el exacto lugar por el que etíope iría pasando al leer en voz alta estas palabras!

Al escuchar Felipe la lectura de aquella profecía se le habrá saltado el corazón en el pecho… ¿Aún este hombre del interior de África había venido a Jerusalén a buscar la salvación…? ¿Aún éste extranjero buscaba refugio en la esperanza de Israel..? 

Felipe inmediatamente se le acercó a preguntarle: “¿Entiendes lo que lees…?”

El eunuco le invitó a que se subiera con él al carro y Felipe le expuso el evangelio, las buenas nuevas de la vida, muerte y resurrección del Hijo de Dios, y del establecimiento de su reino universal. Tras escuchar estas palabras de salvación, el etíope, conmovido, le suplicó a Felipe que lo bautizara de inmediato en un riachuelo por el que pasaban. 

Levantándose de aquellas aguas de vida, continuó gozoso su camino.

Estos ejemplos nos desafían a que reflexionemos sobre nuestro propio camino. En esta vida tan indescriptiblemente amplia y maravillosa, con todas sus posibilidades infinitas, ¿estamos parados sin movernos, o nos levantamos cada día con el propósito de dar un paso más hacia adelante, para crecer?

“Busquen y hallarán”, nos dijo Cristo. A la persona que busca, Dios no permitirá que siga perdida. 

Pero es necesario buscar. Es necesario pedir. Es necesario tocar a la puerta. Dios nos dará con generosidad y amor las cosas que persistentemente buscamos. “Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos” continúa Jesús, “¡cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!”.

Así que tú, en tu propia odisea, sigue el ejemplo de aquel etíope: Lee. Pregunta. Medita en las respuestas. Entiende lo que lees, y reflexiona sobre lo que debes hacer. 

Si no comprendes, o si no estás seguro de lo que debes hacer, no te preocupes, pues nunca estás solo. Dios sabe qué buscas y te ayudará. 

El autor de la Carta a los Hebreos celebra la fe de Abraham porque salió de su tierra sin saber adónde iba. El destino al que Dios nos conduce excede nuestra imaginación, así que no te preocupes tanto por esa parte. Nuestra tarea de hoy es simplemente dar un paso más.  

¿Dónde estamos parados?

Jesús al finalizar el llamado Sermón del Monte, nos relata una parábola conocida como «las casas y sus cimientos» y la podemos encontrar en Mateo 7:24-27 y en Lucas 6:47-49. Nuestro Señor a través de este mensaje busca darnos una enseñanza muy importante para nuestras vidas.

En esta parábola se cuenta la historia de dos hombres, uno prudente y otro insensato, quienes construyeron sus casas en dos tipos de suelo diferentes. El prudente la hizo sobre la firmeza de una roca, estableciendo sus cimientos en ella; el insensato la hizo sobre la tierra o la arena y en ella puso sus cimientos. Luego se menciona que al venir una tormenta, al haber inundación, etc. la casa del insensato fue arrastrada y destruida, mientras que la del prudente permaneció intacta.

Ahora bien, ¿será que Jesús nos quiere dar lecciones de arquitectura o ingeniería? Si bien son consejos útiles en tal sentido, acá Jesús nos está hablando de algo espiritual. Jesús utiliza esta historia para enseñarnos cómo debemos edificar nuestras vidas. El hombre prudente que edifica sobre la roca es el hombre que decide poner su esperanza, su fe, su creencia en la Roca, es decir en Dios (Salmo 78:35, Habacuc 1:12, 2 Samuel 22:32). Es la persona que decide estar firme, echar sus raíces, sus cimientos, en la Palabra de Dios y vivir conforme a lo establecido en ella (1 Juan 2:17, Santiago 1:25, Éxodo 19:5). Entonces cuando vengan las tormentas, es decir, las tribulaciones terrenales, Dios lo sostendrá y al final de los tiempos recibirá la corona de vida que se le prometió por medio de Jesús (Salmo 34:19, 2 Corintios 1:3-4, Romanos 8:18, ).

Sin embargo, la persona insensata es quien decidió establecer su vida en las cosas del mundo, quien decide confiar en las personas en vez de Dios, quien decide seguir lo que el mundo dicta (Romanos 12:2, Jeremías 17:5, Santiago 1:22) y cuando viene la tormenta, es arrastrada por los caudales y su vida se pierde.

De este modo, Jesucristo nos está llamando a que nos autoevaluemos y veamos dónde hemos puesto nuestros cimientos de vida, nuestra salvación y esperanza; si lo hicimos en él y en su Padre, o por el contrario, en el mundo. Si estamos en la arena, vayamos a la roca antes de que venga la tormenta.

Lucas G

¿Qué debo hacer para ser salvo?

Hoy día, hay mucha desesperación por las circunstancias que rodean cada día de nuestras vidas – desempleo, hambre, enfermedad, delincuencia… El día a día se vuelve un campo de supervivencia si tan sólo vivimos por vivir. Según la Biblia en Isaías 43:1-7 hay una razón por la cual hemos venido a este mundo: para adorar a Dios por sobre todas las cosas. 

“Pero ahora, así ha dicho el SEÑOR, el que te creó…: “No temas, porque yo te he redimido. Te he llamado por tu nombre; tú eres mío. Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y cuando pases por los ríos, no te inundarán. Cuando andes por el fuego, no te quemarás ni la llama te abrasará. Porque yo soy el SEÑOR tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador…. Puesto que ante mis ojos tú eres de gran estima, y eres honorable, y yo te amo…. “No temas, porque yo estoy contigo…. A cada uno que es llamado según mi nombre y a quien he creado para mi gloria, yo lo formé. Ciertamente yo lo hice.”

No importa el tiempo o las circunstancia que atravesamos, hay un propósito en ello: que seamos salvos, que reconozcamos la autoridad, soberanía y señorio de Dios en nosotros y Su plan de salvación para cada individuo. 

En Hechos capítulo 16 se nos narra sobre una situación difícil que atravesaba un hombre, la cual podría ser hoy día, la de muchos de nosotros. El escritor nos menciona su interrogante: ¿Qué debo hacer para ser salvo?

Este punto o interrogante en el corazón del hombre es la puerta o punto de partida que Dios ofrece para ser salvos, no sólo nosotros sino con toda nuestra casa. Al responder a este llamado podemos convertirnos en el Noé de nuestra familia, de nuestro vecindario, ¡de nuestro país! Podemos ser el camino para que los valores del Reino de Dios sean restaurados al mundo, y se cumplan en nosotros las palabras de Jesús a Zaqueo: “Hoy ha venido la salvación a esta casa”. 

Hoy día la pregunta es la misma en los corazones angustiados por la pobreza, el dolor, la incomprensión, la infidelidad, la escasez, la falta de oportunidad, la impotencia. Ante estas y otras  interrogantes la respuesta es la misma: “Cree en él Señor Jesucristo y serás salvo tú y toda tu casa.”

Pero surge una pregunta obligada: ¿Hay salvación para este mundo? Puedo decirte que ¡Sí, la hay! Te invito a que juntos descubramos el plan de Dios para tu vida. Juntos descubramos la manera de ser salvos no sólo de las cosas presentes, sino también de las futuras; de las pasajeras, como de las eternas.

¿Aceptas el reto?

Pero cuando ya fui adulto

Como estudiantes de la Biblia uno de los momentos que nos dan escalofríos de anticipación es cuando  Dios llama a Abraham a que deje su tierra y su parentela para viajar hacia lo desconocido. 

Ese momento es el llamado universal que todos hemos recibido, el máximo ejemplo de aquello a que Dios ya había aludido en Génesis 2 al señalar que es indispensable dejar padre y madre para realmente crecer. La transición de la adolescencia a la adultez tiene tanta promesa – ¡posibilidades casi sin límite! La madurez es una tierra prometida a la que Dios nos conduce, dotándonos de increíbles talentos y abriéndonos los horizontes – si es que tenemos valor como para darle la espalda al pasado para caminar hacia donde Él nos lleve.

El libro de los Jueces es una exploración a fondo de esta etapa, de esta transición. Lo sabemos porque el autor enmarca el libro con dos frases muy claras: abre con “Aconteció después de la muerte de Josué…” (en el 1:1) y cierra con “En estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía.” (21:25). 

Jueces es pues la historia de nuestras vidas adultas. En este libro el autor divino nos hace grandes preguntas: ¿Qué haremos con la preciosa libertad que Dios nos da en esta vida? ¿Qué decisiones tomaremos cuando ya no vivimos bajo autoridad? 

La historia bíblica de la familia de Abraham que inicia en Génesis 12 y se extiende hasta el último capítulo del Apocalipsis nos enseña que una sola persona, procediendo con fe y dispuesto a sacrificarlo todo, puede transformar el futuro eterno de toda la humanidad. El libro de los Jueces, en cambio, nos relata lo que ocurre con nosotros y nuestras familias cuando tomamos decisiones de otro tipo….

Pero retrocedamos un poco para confirmar que tenemos justificación textual para interpretar el libro de los Jueces de esta forma. La clave está en Corintios. Al final del capítulo 9 de la primera carta a los Corintios tenemos palabras muy conocidas:

¿No saben que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero solo uno lleva el premio? Corran de tal manera que lo obtengan. Y todo aquel que lucha se disciplina en todo. Ellos lo hacen para recibir una corona corruptible; nosotros, en cambio, para una incorruptible. Por eso yo corro así, no como a la ventura; peleo así, no como quien golpea al aire. Más bien, pongo mi cuerpo bajo disciplina y lo hago obedecer; no sea que, después de haber predicado a otros, yo mismo venga a ser descalificado.

En corto, si vamos a correr, corramos para ganar. ¿Pero qué hace el deportista que quiere ganar? ¿Cómo se prepara? Entre muchas otras cosas, analiza las estrategias y los resultados de todos los demás competidores. Y esto es precisamente lo que hace Pablo a continuación en el capítulo 10: 

No quiero que ignoren, hermanos, que todos nuestros padres estuvieron bajo la nube, y que todos atravesaron el mar. Todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar. Todos comieron la misma comida espiritual. Todos bebieron la misma bebida espiritual, porque bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Sin embargo, Dios no se agradó de la mayoría de ellos; pues quedaron postrados en el desierto… Estas cosas les acontecieron como ejemplos y están escritas para nuestra instrucción, para nosotros sobre quienes ha llegado el fin de las edades.

Pablo nos recuerda que el pueblo de Israel fue participante en la misma carrera en la que nosotros ahorita estamos. Y perdieron. En esta sección el apóstol identifica las decisiones perjudiciales que condujeron a su eventual derrota. 

Veamos otro pasaje: el evangelista Mateo parece estar escribiendo principalmente a conocedores del Antiguo Testamento pues lo cita constantemente. Una referencia sumamente interesante es ésta, cuando José y María huyen de Herodes:

Entonces José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto. Y estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que habló el Señor por medio del profeta, diciendo: De Egipto llamé a mi hijo.

Lo que aquí nos llama la atención es que si leemos el pasaje que Mateo cita (en Oseas 11:1+) no se nos habría ocurrido que se refería a Cristo:

Cuando Israel era muchacho yo lo amé; y de Egipto llamé a mi hijo.  Mientras más los llamaba más se iban ellos de mi presencia. A los Baales ofrecían sacrificio y a los ídolos quemaban incienso. Pero fui yo el que enseñó a caminar a Efraín tomándolo por sus brazos. Sin embargo, no reconocieron que yo los sanaba. Con cuerdas humanas los atraje, con vínculos de amor. Fui para ellos como los que ponen un bebé contra sus mejillas y me inclinaba hacia ellos para alimentarlos.

Oseas obviamente se refiere al pueblo de Israel, mientras que Mateo lo interpreta como referencia a Cristo. ¿Cómo entender esto?

Lo que tanto Pablo como Mateo nos están enseñando es que las historias que Dios ha preservado en el Antiguo Testamento han sido cuidadosamente seleccionadas porque describen la experiencia humana universal. Lo que pasó a Israel como nación es lo que igual atravesó Cristo – y lo que vivimos también todos nosotros.

En nuestro desarrollo, la infancia y juventud, que casi vienen a ser como esclavitud (ver por ejemplo Gálatas 4), dan lugar al despertar espiritual marcado por el bautismo – el momento en el que salimos de Egipto por medio del agua y el espíritu. De allí, al igual que Cristo y el pueblo de Israel, entramos inmediatamente a un período de prueba, a un período de definirnos. 

¿Pero qué viene después? Lo que sigue es la entrada a la tierra prometida, al lugar donde ya no estamos bajo la autoridad de otros, sino que existimos como adultos moralmente e espiritualmente independientes, responsables por nuestro propio destino.

Ahora que ya no somos niños, ¿qué vamos a hacer?

Ésta es tu Vida

Hace un año cuando la pandemia comenzaba a derramarse sobre la faz del planeta abrimos la Palabra de Dios para buscar orientación y consuelo. Descubrimos que a lo largo de la historia bíblica muchas personas habían tenido que abandonar todo lo que rutinariamente hacían para permanecer encerrados, sin poder hacer más que orar y esperar.

Pero ha pasado un año y seguramente, en alguna medida, todos hemos retomado al menos algunas de las actividades a las que “normalmente” nos dedicábamos antes. ¿Pero es posible que sigamos medio paralizados, viviendo como en la penumbra de un eclipse…? ¿Hay aspectos de nuestra vida que no hemos retomado – proyectos, relaciones, sueños dejados en suspenso? ¿Estamos esperando que las cosas se “normalicen” para volver a realmente vivir?

Si estamos totalmente o parcialmente en esa condición tal vez es tiempo de volver nuevamente a la Palabra.

Así como hallamos ejemplos bíblicos de personas encerradas por poco tiempo sin posibilidad de moverse, podemos hallar también a aquellos cuyo cambio de circunstancias no fue de horas y días sino años o aún décadas. Pensemos en José, hijo de Jacob. A partir de los 17 años, su vida fue una serie de cambios bruscos e imprevistos a las que se tuvo que adaptar. Primero, sus hermanos inesperadamente lo aprisionaron y vendieron como esclavo a mercaderes de otra nación. Y cuando por duro esfuerzo y dedicación logró irse levantando, fue acusado falsamente de un crimen que no había cometido, y encarcelado durante varios años. Sin embargo, en el libro de Génesis capítulo 39, cuando nos acercamos a José para visitarlo en la cárcel, vemos que en vez de estarse lamentando de su pésima suerte había comenzado a dedicarse a la administración de la institución donde estaba preso, cuidando a los demás prisioneros y velando por ellos. 

Al igual que José, muchos de nosotros seguimos privados de las libertades que anteriormente disfrutábamos. Pero, ya que estamos en esta situación y realmente no hay como salir de ella, ¿Será tiempo de poner manos a la obra y dedicarnos de lleno a lo que podemos hacer…? 

En la profecía de Jeremías tenemos otro ejemplo. Nabucodonosor rey de Babilonia derrotó al rey de Judá y se llevó cautivo un grupo de prisioneros de la ciudad de Jerusalén. Éstos en un principio pensaban sólo en volver a casa. Lo que no sabían es que su cautiverio duraría 70 años. 

En el capítulo 29 tenemos el texto de la carta que el profeta mandó a los cautivos:

“Así ha dicho Jehová de los Ejércitos, Dios de Israel: “A todos los que están en la cautividad, a quienes hice llevar cautivos de Jerusalén a Babilonia: Edifiquen casas y habítenlas. Planten huertos y coman del fruto de ellos. Contraigan matrimonio y engendren hijos e hijas. Tomen mujeres para sus hijos y den sus hijas en matrimonio, para que den a luz hijos e hijas. Multiplíquense allí y no disminuyan. Procuren el bienestar de la ciudad a la cual los hice llevar cautivos. Ruegen por ella al Señor, porque en su bienestar tendrán ustedes bienestar.”»

Una escritora norteamericana entrevistó a algunas personas que por su profesión u otras circunstancias se habían tenido que acostumbrar a estar aislados durante largos períodos. Entre ellos estuvo el astronauta canadiense Chris Hadfield: “Reconoce que esta no es una pausa en tu vida” dijo. “Ésta no es una interrupción, o una imposición. Esta es tu vida”.

Kevin H

Olvidar

El verbo olvidar, en sus diversas conjugaciones, aparece más de cien veces en la Biblia. Olvidar significa perder la memoria o el recuerdo de alguna cosa, o dejar de pensar en ella. Etimológicamente nuestra palabra en español viene del latín oblitare, que comunicaba la idea que algo se escapara deslizando de nuestra mente o memoria. 

En varias ocasiones el verbo olvidar va acompañado del adverbio de negación «no». Por ejemplo, en Deuteronomio 8:11-19, Moisés inicia diciendo “Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos” y finaliza con una fuerte advertencia que si llegaran a olvidarse de Dios de cierto serían destruidos.

En el mismo libro Moisés advierte a los Israelitas que no olvidaran todas las cosas que habían visto desde que Dios intervino por ellos en Egipto, y durante todo su camino por el desierto, y que se las enseñaran a sus hijos y a sus nietos (4:1-9).

David le suplica a Dios que no olvide a los pobres (Salmos 10:12). De la misma forma, Asaf le ruega que no olvide para siempre la congregación de los afligidos (74:19). Asaf también recuerda al pueblo que enseñemos a nuestros hijos las maravillas de Dios, “que no se olviden de las obras de Dios” (78:1-7). 

En el Salmo 119 un Israelita piadoso declara 10 veces que no se olvidaría las palabras de Dios, de su ley, de sus estatutos, de sus mandamientos.

Sin embargo, hay por lo menos un caso en el que Moisés manda olvidar: “Cuando siegues tu mies en tu campo, y olvides alguna gavilla en el campo, no volverás para recogerla; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda; para que te bendiga Jehová tu Dios en toda obra de tus manos.” (Dt 24:19)

Y el Dios eterno y omnisciente, ¿Olvidará nuestros pecados…? (Jeremías 31:31-34)

Lorraine K.

Un Reino Diferente

Al leer 1era de Samuel capítulo por capítulo desde el principio parecería que el ascenso de David es inevitable e inexorable. Ungido de Dios, victorioso sobre el gigante Goliat, amigo del príncipe elegido, yerno del rey, músico y poeta, general vestido en gloria…. ¿Qué lo podría detener….?

Pero de un momento a otro lo pierde todo – sus hazañas despiertan la envidia de Saúl y David se ve obligado a huir, dejando atrás sus honores, sus armas, su casa, sus nuevas amistades y hasta su esposa. Desesperado, afligido y sólo busca refugio en el lugar donde siglos antes lo halló su antepasado Judá, en un pueblo llamado Adulán. A Judá es al que Jacob había bendecido diciendo “El cetro no se apartará de Judá, ni de entre sus pies el bastón de mando, hasta que llegue el verdadero rey, quien merece la obediencia de los pueblos”. 700 años después, David parecía estar en camino acelerado a cumplir esta profecía cuando Saúl le puso un alto brusco y David se vió reducido a nada.

Pero estando en Adulán, 1 Samuel 22:2 nos relata que allí “se le unieron muchos otros que estaban en apuros, cargados de deuda, o amargados”.

Si investigamos otras partes de la Biblia que usan estas mismas palabras vemos que los autores bíblicos las utilizan en el contexto de las profundas aflicciones de moradores de ciudades bajo sitio de ejércitos invasores, o las escuchamos de los labios de Job en sus momentos más terribles. Son palabras que en la Biblia describen personas terriblemente afligidas, a quienes las dificultades de este mundo los están desmenuzando.

Y es en este momento, en el que pasaba por su valle de la sombra de muerte, que David inicia la obra del reino que Dios tiene planeado. Pues el reino de Dios no es un reino de palacios, privilegios y poder, sino un reino para personas humildes, mansas, pobres de espíritu y sedientes de justicia.

No en balde se le ha llamado al Sermón del Monte “la constitución del Reino de Dios”. Tendemos a leer las bienaventuranzas con las que inicia en Mateo 5 como si fueran una descripción de las cualidades a las que deben aspirar las personas que quieren estar en ese reino. Te recomiendo más bien leer las bienaventuranzas como una invitación, un llamado de Jesús a todas aquellas personas que sufren – pues es para *estas* personas que será el reino de Dios que viene, y que ya en aquel momento comenzaba a establecerse!

¿Estás llorando? ¿Te encuentras en circunstancias humildes? ¿Tienes angustia por que haya justicia en tu ciudad, en tu tierra – aún en tu propio hogar? ¿Eres manso y compasivo, viviendo en un mundo de personas ambiciosas y agresivas? ¿Quieres trabajar por la paz, cuando el conflicto te rodea? ¿Sufres por hacer lo que es correcto?

Tal vez te sientes desesperado porque donde ahorita te encuentras gobierna un Saúl, enamorado de la riqueza y del poder. Pero sabe con absoluta confianza que desde su lugar de refugio en la misma presencia de Dios el ungido de la tribu de Judá en este momento está reuniendo a aquellos que buscan otra patria.

No pierdas esperanza. El que anunció la invitación de Mateo 5 sentía lo mismo, sufrió lo mismo.

Aguarda solo un poco más y lo verás.

– Kevin H.

Raíces Sólidas Y Profundas

Como seguidores de Cristo y de la Palabra de Dios, debemos ir consumiendo alimento sólido, es decir debemos ir desarrollando raíces profundas con Dios y su palabra, esto nos permitirá estar fortalecidos ante situaciones pecaminosas y que cuando experimentes momentos díficiles sientas el poder de Dios y su presencia tan plenamente que no te alejes de él.

Asi como las flores y los árboles crecen, también debemos buscar crecer en Cristo, cuando te enfocas en esa salvación que nos ofrece Dios y experimentas todas sus promesas intensamente, vas a querer crecer y experimentar esa comunión con Cristo y su Padre.

Lo importante es plantar nuestras vidas cerca de manantiales y no en aguas superficiales ya que estas aguas superficiales te dejarán sediento o te darán placer por un momento. Planta tu vida en un manantial, éste no te dejara sediento, te llenará: “… Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamas; sino que el agua que yo le daré será en el una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:13-14).

La vida buscará desviar tu atención, pero dedicar tiempo, energía y recursos a la búsqueda del crecimiento espiritual te ayudará a cultivar una relación íntima con Dios. Los hombres y las mujeres que deseen tener esta relación intima con Dios lo harán su primer prioridad; querrán tener la mayor cantidad de Dios posible y simplemente alejarse de él no será una opción.

No solo hace falta que mi fe crezca… necesita ser profunda. Sí. Necesito que mis raíces de fe sean profundas, como el creyente que se menciona en Jeremías 17:7-8:
«Bendito es el hombre que confía en el Señor, Cuya confianza es el Señor. Será como árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces junto a la corriente; no temerá cuando venga el calor, y sus hojas estarán verdes; en año de sequía no se angustiará ni cesará de dar fruto».

¿Y cómo llegamos a tener raíces profundas?
Profundizamos nuestras raíces espirituales de la misma manera que lo hace un árbol terrenal. Las raíces de un árbol jamás pasarán por el dolor ni el esfuerzo de ir más profundo hasta que en la superficie no haya suficiente agua para satisfacer sus necesidades. Se puede encontrar agua en los lugares más profundos. Pero el regalo de esas dificultades para llegar al agua más profunda es que las raíces más profundas contribuyen a que el árbol soporte el azote de los vientos de las tormentas más fuertes cuando estas lleguen.

Somos muy parecidos.

Tener poca profundidad hace que creamos con poca profundidad y nos deja vulnerables a la caída. Sin embargo, buscar con profundidad hará que crezcamos con profundidad y nos preparará para permanecer firmes, sea lo que sea que venga contra nosotros.

Cuando llegue el temor, las raíces profundas nos mantienen seguros en el amor de Dios. Cuando lleguen las sorpresas como vientos fuertes, turbulentos, las raíces profundas nos sujetan con la verdad de que Dios está en control.

Las raíces profundas nos mantienen firmes en la paz de Dios durante la tormenta que no apareció en el radar.

Las raíces profundas permiten que crezca la fe en Dios, como antes no era posible.

Con frecuencia he pensado en el paralelo entre los árboles y nuestra vida. Pasamos por etapas semejantes a las estaciones: tenemos un radiante inicio, como los tiernos brotes de color verde pálido que asoman en la primavera; épocas de florecimiento, temporadas de esplendor, como el otoño en que las hojas adquieren vistosas tonalidades; y períodos sombríos como el invierno, con la peculiar belleza de las ramas cubiertas de nieve; después de lo cual vuelve la primavera y renace la vida.

Nosotros también necesitamos raíces invisibles en el ámbito espiritual. Nuestra conexión con Dios es lo que nos nutre y nos ayuda a dar fruto. Él nos alimenta en la temporada de verdor, crecimiento y fructificación; nos ayuda a aceptar la pérdida de hojas en el otoño y nos mantiene con vida en los interminables inviernos para que en primavera echemos milagrosamente brotes nuevos. Cuando tenemos el espíritu firmemente arraigado en Dios, y Él nos sustenta con Su Palabra, las acciones de nuestra vida lo denotan.

-Yensi Nuñez

La Necesidad de Leer la Biblia

Alguna vez se han preguntado si: ¿La confianza que tengo en mi mismo delante de Dios ya
es suficiente?
Para quienes tenemos la práctica de leer de las escrituras, sabemos que este
maravilloso libro es la única guía verdadera y santa que tenemos palpable por parte de
Dios. La lectura de este maravilloso libro se convierte en nuestro mejor consejero, es la
única manera de saber cuál debe ser nuestra actitud a la hora de enfrentar cualquier
situación que se nos presente. En esas páginas encontramos gran riqueza espiritual
para poder obtener la salvación.

Salmos 119:105
Lámpara es a mis pies tu palabra,
Y lumbrera a mi camino.

Sin embargo, a medida que va pasando el tiempo, nuestra costumbre de leer la biblia
se puede ir perdiendo cada vez más y podemos caer en el error de pensar que ya lo
sabemos todo, hasta llegar a un punto donde no leemos la biblia de manera frecuente.
Recordemos un dato curioso acerca de esto:

1 Corintios 8:2
Y si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo.

En esta reflexión me gustaría poder hacer conciencia de lo mucho que nos estamos
perdiendo cada vez que elegimos dedicar nuestro tiempo a otras cosas que sustituyen
la lectura del único libro inspirado por Dios.
En mi caso, cada vez que yo hago una lectura de la biblia, rescato un consejo nuevo
para aplicar durante el día, un consejo que quizás ya había olvidado a pesar de tener
conocimiento de las escrituras y haberla leído varias veces.
Esas lecturas me permiten tener una perspectiva diferente durante la tarde o la noche
de ese día. Por ejemplo, en una ocasión al leer Efesios 4:13-14, 4:22-25 y 6:13, me di
cuenta de que habían cosas que había dejado de lado. Llegar a la plenitud de Cristo es
lo que todos deberíamos estar buscando, y no es imposible, es requisito.

Luego durante el día se me presentaron situaciones que pude ver con otros ojos
gracias a esas lecturas que realicé.
Entonces, ¿qué hubiera pasado si no hubiera leído nada ese día? Quizás me hubiera
equivocado en algunas decisiones y las hubiera hecho diferente.

Romanos 12:2
No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro
entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y
perfecta.

¡Es increíble la interminable enseñanza que podemos encontrar en una simple lectura
diaria!
Cada vez que dejamos de leer o de compartir opiniones con grupos de la fe, ¡Nos
estamos perdiendo de una gran cantidad de consejos que ni siquiera habíamos
tomado en cuenta!
Ahora imagínense si al finalizar el año solo leemos la biblia 10 veces o solo
compartimos momentos de estudio con otros hermanos 20 veces.
¿Cuántos consejos nos habremos perdido y cuántas decisiones estaremos haciendo
mal por simplemente no darle importancia a esos espacios y por confiar en nuestra
propia opinión?
En ocasiones pensamos que con sólo leer versículos aislados es suficiente para llenar
nuestros vacíos espirituales, pero a veces estamos más equivocados de lo que
pensamos. Recordemos que el camino hacia la vida eterna requiere de constante
nutrición espiritual y la lectura de la biblia es la mejor armadura que podemos tener
durante el día.

Efesios 6:13
Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y
habiendo acabado todo, estar firmes.

Efesios 6:17
Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios…

-Gabriel Núñez S.

La Ansiedad y el Afán

El culto a la riqueza en la perspectiva de la Biblia –

Los seres humanos en general estamos programados para intentar crecer y superarnos en todo sentido: En la vida laboral, intelectual, deportiva, en la cultura o en lo que sea.

Recibimos educación de nuestros padres primero y después la sociedad se encarga de darnos elementos para encontrar y aprender a manejar las herramientas que nos permitan decidir y formar nuestro futuro supuestamente exitoso. Algunos aprenden más que otros y se posicionan mejor acumulando poder, fama y riquezas, trabajos respetables y bien pagados, casas bonitas, autos de moda, etc, etc. Otros se quedan en el camino y se llenan de frustración por no llegar al objetivo. Son los pobres y son la mayoría en este planeta.

La tarea de posicionarnos entre la gente nos lleva toda la vida. Es intensa y demanda mucho trabajo, esfuerzo y salud física. En este camino ciertamente algunas personas no aceptan perder y en su afán de tener y acumular cosas llegan por rutas ilegales transitando oscuros laberintos de delincuencia y corrupción.

Las riquezas, el afán, la ansiedad son temas que la Biblia toca en profundidad. En el Antiguo Testamento hay anécdotas, historias y consejos. Los hombres ricos, ansiosos y afanados de la antigüedad fueron advertidos por Dios. Fueron exhortados a tener cuidado y reconocer que no eran sus manos sino las del Creador las que los puso en ese lugar. También fueron advertidos que esa condición de riqueza les hacía muy difícil su entrada al reino de Dios.

En el libro de Deuteronomio capítulo 8 hay una historia interesante que involucra a su pueblo Israel. Dice a partir del versículo 11:

“11 Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy; no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites, y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente; y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre;

Y el 17 dice:

y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza. Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres…”

La Biblia enseña que Dios da el poder para construir riqueza pero también advierte sobre el desmanejo y el error de acumularlas. Priorizar la riqueza va en desmedro de la vida espiritual. Esta enseñanza básica tampoco fue asimilada por los hombres antiguos.

El profeta Jeremías insistió en que el conocimiento de Dios era la gloria del hombre y no las riquezas. Jeremías 9:23-24:

“23 Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová.”

Dios se agrada en los hombres que buscan conocerlo a través del conocimiento y no le interesa justificar a los «exitosos y afamados de la tierra». El afán y la ansiedad que provoca la búsqueda permanente del éxito, la fama y la riqueza trae consecuencias serias para el hombre que busca a Dios.

Jesús, el hijo de Dios, dió un mensaje muy claro al respecto en su tiempo. Dice en el libro de Mateo 6:25-34:

“Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. mas buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia y todas estas cosas OS serán añadidas. Asi que nos os afanéis por el día de mañana porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.”

En fin, hay dos mundos y son muy diferentes. Son el propuesto por el hombre y la sociedad que premia y alaba a los ricos y exitosos o el espiritual de las Escrituras. Dios llama y cada uno elige. Solo sabemos que la ansiedad por las riquezas materiales y el afán dejan profundas cicatrices. Algunas son irreversibles.

La Biblia te puede ayudar a entender el mundo en el que vivimos con esmero y dedicación. En la lectura o en la iglesia es posible encontrar muchas respuestas a estas y otras inquietudes.

Así es: Cada uno elige el mundo que prefiere. El de la búsqueda de riqueza terrenal o el que busca la riqueza espiritual que solo Dios puede dar.

Justicia

En 1 Reyes 3:16-28 encontramos uno de los relatos más extraños de la Biblia.

La curiosa historia cuenta el conflicto entre dos prostitutas que se disputan el mismo hijo y la intervención del rey Salomón para aplicar justicia. Lo extraño es la identidad de los protagonistas y el momento en el que ocurre.

Tras salir de Egipto más de 400 años antes Israel ha pasado siglos de caos en lucha constante – y con poco éxito – por establecer fronteras seguras, alcanzar unidad política interna y adelantar su desarrollo espiritual.

Con el establecimiento del reino bajo Saúl iniciaron un nuevo capítulo, primero haciéndose respetar frente a sus enemigos, y luego poco a poco uniéndose bajo un sólo líder.

Con el reinado de David el compás espiritual de la nación fue hallando su norte.

Y llegamos así a 2 Samuel 7 donde Dios reitera su compromiso eterno con la nación, y en particular con David y su familia, prometiéndole que el hijo que le naciera sera parte de su linaje, hijo de Dios mismo, y que Dios establecería para siempre su trono y descendencia.

En el primer libro de los Reyes estas promesas comienzan a cumplirse parcialmente cuando Salomón, el principe de paz (pues este el significado de su nombre) asciende al trono y consolida su poder sobre las 12 tribus de Israel. Reconociendo la difícil tarea que le espera, Salomón demuestra también humildad al suplicarle a Dios que le de sabiduría para poder gobernar bien al pueblo.

Y en medio de todo este mega plan que muestra el desarrollo del propósito de Dios para con toda una nación, la insólita intervención del rey para resolver un pleito entre dos prostitutas por un bebé resulta al menos extraña y poco trascendente.

¡Pero qué sorprendente es el texto bíblico!

Para comprender este momento tenemos que ampliar nuestra perspectiva y Mateo 1:1-17 es la clave.

Para un lector casual de la colección de los 39 libros del Antiguo Testamento, la pregunta más importante que suscita el texto es la obvia: ¿A quién le van a interesar 4000 años de la historia de una tribu de ex-beduinos morando en un territoria insignificante del medio oriente…?

La respuesta es Cristo.

El Antiguo Testamento es la historia de Cristo – escrita acerca de él, para él, y terminada siglos antes de que naciera. En Cristo comprendemos que todas esas historias tan raras como la de la sentencia de Salomón eran parte de un tapiz oriental tremendamente bello y complejo que se venía hilando desde antes de Génesis 1.

¿Y cuando Cristo vino, cual fue *su* historia? ¿De qué habló constantemente durante los 3 años de su ministerio?

La historia que contó constantemente era la del reino de Dios. Y su historia del reino no era adelantos tecnológicos o naves espaciales y milagros de la ciencia, sino una historia de paz, salud, justicia, abundancia, mansedumbre y misericordia.

Cristo nos enseña que toda la Biblia es la historia del desarrollo del propósito de Dios de establecer su reino eterno sobre toda la tierra. Y ese es el contexto en el que podemos comprender la extraña historia de 1 Reyes 3.

En resumidas cuentas, la historia de las prostitutas y el bebé es una historia de justicia.

Cuando leemos estas historias del Antiguo Testamento, aunque describen acontecimientos reales, tenemos que leerlas casi de la misma forma en que leemos las parábolas de Cristo, analizando cada detalle, tratando de comprender el significado de cada acción, palabra y personaje. Para que la historia sea efectiva tiene que ser tanto específica como aplicable.

En este caso el texto nos dice que las dos mujeres son prostitutas. ¿Cómo comprender el papel de estas mujeres, en este momento, dentro del mensaje eterno y universal de la Biblia…?

Tendemos a pensar en la prostitución casi como que si fuera una profesión que las mujeres eligen, casi como que al ir terminando el colegio nuestras hijas hubieran estudiado diligentemente para completar examenes, se hubieran reunido con los consejeros de carreras y al final hubieran elegido la prostitución como su profesión deseada.

Si ese ha sido nuestro concepto, qué absurdo que hayamos pensando así.

En una sociedad patriarcal como la de aquel tiempo – no tan distinta de las sociedades en que la mayoría de nosotros actualmente vivimos – la prostitución es la última y trágica opción de personas vulnerables y desesperadas. Personas que han perdido la protección de padres, hermanos o esposos, mujeres, a veces hombres, explotad@s y sol@s. La prostitución es una terrible realidad que se manifiesta en sociedades corruptas que no defienden a sus ciudadanos más frágiles, sociedades que publicamente deploran la ‘corrupción del orden social’ mientras que tras el velo del anonimato explotan y destruyen las vidas de mujeres y hombres por satisfacer deseos perversos.

La prostitución es un cancer de sociedeades complices en la venta y explotación de almas humanas.

En 1 Reyes 3 la prostituta que es recibida ante el hijo ungido de David para recibir justicia representa a todas aquellas personas explotadas y carentes de derecho y justicia en sociedades corruptas que viven, sólo para proteger los intereses de los poderosos.

Esta historia tan sorprendente nos está diciendo que cuando el Rey prometido por Dios se establezca sobre su trono, lo primero y más importante que hará es utilizar su poder para recibir, escuchar y defender a las personas más vulnerables de nuestras sociedades.

1 Reyes 3 es lo que Cristo vivió como el amigo y defensor de enfermos físicos y mentales, de niños, mujeres, viudas, extranjeros, pobres y todas las personas débiles e indefensas que van cayendo a la periferia de nuestras supuestas civilizaciones.

El llamado para cada uno de nosotros es claro y preciso: ¿qué estamos haciendo, cada uno de nosotros, en nuestro lugar, y en este momento, por defender a las personas vulnerables que nos rodean? ¿Donde estamos cuando levantan la voz las viudas y los huérfanos que día a día nos rodean?

Ninguno de nosotros es rey (o reina) como Salomón, pero *todos* tenemos oportunidad de levantar la voz o las manos por la justicia en nuestro hogar, vecindario, colegio o lugar de trabajo, cuando hacemos las compras o vamos por la calle.

No pretendo decir que es sencillo. Es relevante que Salomón reconoció que liderar es complicado y le pidió a Dios sabiduría. En este día que nuestra oración sea la de Salomón: “antes que todo, Dios, dame sabiduría para poder conducirme bien en esta vida tan complicada que enfrento”.

Pero nuestra oración más ferviente debe ser la que Jesús nos mandó – Venga tu Reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.

Sí, ven, Señor Jesús.

La Pregunta sobre el Racismo

Cada vez que Jesús bajaba de Galilea a Judea era oportunidad para que las élites del momento – Fariseos, Saduceos, Herodianos, sacerdotes, doctores de la ley – lo atacaran con preguntas cuyo único objetivo eran hacerlo tropezar en público. Frecuentemente lo asediaban con situaciones socialmente complicadas, como por ejemplo si debían pagar impuestos a los romanos, si era lícito divorciarse, o qué hacer con una mujer sorprendida (a solas…?) en el mismo acto de cometer adulterio.

Como en todos los lugares y todos lo tiempos, el tema de la raza siempre es delicado. Israel, situado en el nexo de tres continentes, no estaba exento y una pregunta al respecto era el pretexto ideal para intentar sembrar discordia entre los seguidores de Jesús.

Tras confirmar que una multitud de sus seguidores le rodeaban, se acercaron los fariseos a preguntar: “Maestro, ¿Será cierto que ante Dios todas las razas son iguales?”.

Su respuesta era lo que menos les importaba. Lo único que querían era sembrar conflicto entre la mezcla de razas y clases sociales que seguían a este profeta cuya forma de hablar le marcaba como originario de uno de los pueblos insignificantes de la región de Galilea de los gentiles.

Pero, como solía hacer, Cristo les responde con su propia pregunta: “¿Qué está escrito? ¿Ustedes cómo leen?”.

Pero ellos optaron por guardar silencio, sabiendo que habiendo sembrado la duda entre el populacho pendiente, Jesús se vería obligado a contestar.

Jesús los miró con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones. Respondiendo, les dijo: “¿No habéis leído que el que hizo al hombre al principio nos hizo de un sólo padre y una sola madre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, nos portamos deslealmente el uno contra el otro, profanando la palabra de Dios? ¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Mas vosotros os habéis apartado del camino; habéis corrompido el pacto y hacéis acepción de personas.”

Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más.

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Si has leído los evangelios sabrás que esta conversación exacta nunca ocurrió. Pero posiblemente escuchaste en ella ecos de Mateo 19, Marcos 3, Lucas 10, Malaquías 2 y Génesis 1…

Nuestro objetivo como estudiantes de la Biblia es procurar conocer la mente de Cristo con el fin de poder pensar, hablar y actuar como él en el transcurso de nuestra vida diaria.

La mente de Cristo la conocemos primeramente por medio del estudio constante de los evangelios. Luego, reconociendo que seguimos a aquel que es llamado “la palabra hecha carne”, y cuyo pensar fue formado por su inmersión total en las escrituras del Antiguo Testamento, estudiamos también todos aquellos libros que eran para él la Biblia. De esta forma, aunque es cierto que a Jesús nunca le preguntaron directamente si había diferencia entre las razas o los colores, podemos saber con bastante certeza cómo habría respondido si la pregunta se le hubiera presentado.

La respuesta es sencilla. Como dice el profeta Malaquías, aunque había en Dios abundancia de espíritu – o sea, que no le faltaba poder como para haber creado mil parejas al principio, y no sólo una – era esencial que toda la humanidad naciera de un sólo hombre. Era necesario por algunas razones, pero la más importante es para que todos fueramos redimidos por un sólo hombre. Que fueramos un solo pueblo, con un solo camino a la salvación. Y por esta razón en el principio Dios creó una sola pareja, padres de toda la humanidad, y todos sin excepción somos descendientes de ellos y hermanos entre nosotros.

  • La mente de Jesús la conocemos también por la comisión que nos dió a todos sus discípulos antes de ascender a su Padre: “Id y haced discípulos a todas las naciones”.
  • La mente de Jesús la conocemos por lo que dice Pedro cuando es enviado a bautizar al centurión romano llamado Cornelio: “comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia.”.
  • La mente de Jesús la conocemos cuando sus apóstoles predican a los samaritanos, un pueblo tradicionalmente despreciado por los judíos de aquel tiempo.
  • La mente de Jesús la conocemos cuando Felipe es enviado a anunciarle el evangelio al etíope, y cuando este pregunta si hay impedimento para que se bautice, Felipe responde que el único requisito es creer.
  • La mente de Jesús la conocemos por la mensaje a su siervo Juan acerca del reino venidero, en el que ve “una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero”.

Todos los hombres y mujeres de todas las naciones y razas estamos igualmente alejados de Dios por nuestros pecados. Todos somos redimidos solamente en Cristo, en quien no hay hombre ni mujer, esclavo ni libre, judío o griego. Y en quien tampoco hay pobre ni rico, blanco ni negro, urbanita o pueblerino, universitario u obrero. Nadie tiene ventaja o desventaja por razón de su nacionalidad, raza, género, educación, condición social o económica o ningún otro factor que marcamos en nuestras sociedades corrompidas por la terrible ceguera de la carne. ¿Acaso no nos es obvio cuales han sido las consecuencias de la discriminación y el racismo en nuestras comunidades? Si no extirpamos de nuestro medio el racismo como el veneno que es, ¿no seremos condenados por Cristo tan ferozmente como respondió a aquellos que no se compadecían de los pobres, las viudas, los enfermos y los discapacitados…?

Recordemos las palabras de Santiago, el hermano de nuestro Señor: «Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis; pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores.» (Santiago 2)

-Kevin H.

La Cosecha Nuestra de Cada Día

Durante los tres años de la predicación de Jesús la Escritura nos dice que su método de enseñanza era por medio de parábolas, y si alguien quería saber más del asunto o tener más clara la enseñanza solo tenía que preguntarle a Jesús.

Sin embargo, las autoridades religiosas del momento eran muy orgullosos y no le preguntaban…

Consideremos la famosa parábola del sembrador, en Marcos 4:

«He aquí, el sembrador salió a sembrar; y al sembrar, aconteció que una parte cayó junto al camino, y vinieron las aves del cielo y la comieron. Otra parte cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra. Pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. Otra parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto. Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues brotó y creció, y produjo a treinta, a sesenta, y a ciento por uno.

El que tiene oídos para oír, oiga.»

Siguiendo la lectura, Marcos no dice que cuando estuvo solo los que estaban cerca de él con los 12 le preguntaron sobre la parábola.

Nos damos cuenta que sus discípulos eran un grupo de seguidores, aparte de los 12 apóstoles, que estaban con Jesús. Estos discípulos eran personas deseosas de aprender. A ellos les explicaba lo que no entendían. A estos les dice que «a vosotros os es dado saber el misterio del reino de Dios; más a los que están fuera, por parábolas todas las cosas».

Cuando Jesús explica la parábola del sembrador TODOS nosotros nos identificamos con la buena tierra.

Puede ser cómodo si nos restringimos a una sola cosecha, pero recordemos que las cosechas en la tierra son cíclicas y si queremos que la parábola tenga vigencia práctica en nuestras vidas debemos vernos como tierras que son sembradas diariamente con la palabra.

Esta es la explicación que da Jesús:

«El sembrador es el que siembra la palabra. Y éstos son los de junto al camino: en quienes se siembra la palabra, pero después que la oyen, en seguida viene Satanás, y quita la palabra que se sembró en sus corazones. Estos son asimismo los que fueron sembrados en pedregales: los que cuando han oído la palabra, al momento la reciben con gozo; pero no tienen raíz en sí, sino que son de corta duración, porque cuando viene la tribulación o la persecución por causa de la palabra, luego tropiezan. Estos son los que fueron sembrados entre espinos: los que oyen la palabra, pero los afanes de este siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas, entran y ahogan la palabra, y se hace infructuosa. Y éstos son los que fueron sembrados en buena tierra: los que oyen la palabra y la reciben, y dan fruto a treinta, a sesenta, y a ciento por uno.» (Marcos 4:14-20).

Es muy útil para nosotros considerarnos tierras que diariamente deben ser cosechadas. Es muy probable que la semilla de algún día caiga en una tierra no preparada y haya sido infructuosa, porque los afanes de la vida o los intereses particulares la contaminaron.

La calidad de la tierra depende de nosotros. Debemos ser tierra buena, y para ello hay que trabajar duro todos los días y abundar en buenas cosechas diarias. En la vida real existen buenas y malas cosechas pero no debemos decepcionarnos, pidámosle al Padre que nos ayude a lograr buenas cosechas diarias, que demos frutos al treinta, al sesenta y al ciento por uno.

Manuel F

Consejos, Buenos y Malos

Cuando Dios creó al hombre – y lo vio solo – pensó para sí mismo «no es bueno que el hombre esté solo» y creó a la mujer.

Hubo por parte de Dios indicaciones hacia el hombre y su mujer acerca de los animales de los cuales cuidarían y sobre el huerto del Edén, lugar donde vivían. Pero también hubieron advertencias: «De todo árbol de huerto podrás comer; más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque ciertamente morirás» (Génesis 2:16,17).

Estando sola Eva, la serpiente (que es descrita como muy astuta) habla con ella acerca de la advertencia que Dios les había dado y le dio su punto de vista:

«No morirás, si no que sabe Dios que el día que comáis de el serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal» (Génesis 3:4-5)

¿Y que pasó con Eva al oír esto? Escuchó la opinión de la serpiente y sus ojos vieron que el árbol era agradable y codiciable para alcanzar sabiduría y tomó y comió y le dio también a Adán quien comió así como ella, dejando a un lado la advertencia de Dios sobre las consecuencias lo que pasaría.

Fue una elección muy triste y todo el desenlace que provocó no solo fue la sentencia de muerte sino también el nacimiento del sufrimiento, los dolores y la enemistad.

Tal parece que no siempre los consejos, comentarios o puntos de vista – aunque suenen buenos – son convenientes, y mucho menos si estos están separados de las leyes que Dios nos ha dado a todos.

Debemos cuidarnos de los malos consejeros o de aquellos a quienes acudimos para recibir una guía cuando nos sentimos solos, angustiados o no sabemos qué hacer – pues siempre hay cosas que necesitamos resolver y recurrimos a alguien para pedir consejos.

Un consejo es una recomendación o exhortación, y su función es de darnos luz – una guía – en diferentes circunstancias y así ayudarnos a salir de X situación. Pero hay personas que en lugar de ayudarnos nos hunden más. Estos son los que producen malos consejos y Dios nos dice que nos alejemos de ellos, en las palabras de Pablo «si no que en efecto os escribí que no anduvierais en compañía de ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón, con el tal, ni siquiera comáis…» (1 Corintios 5:11)

Ver lo que ven nuestros ojos y no más allá, escuchar lo que suena agradable o que nos favorece en el momento, nos hace que olvidemos las leyes de Dios y que es a Él a quien debemos de orar para pedirle guía antes de tomar cualquier decisión.

Podemos tener el mejor amigo del mundo, pero nuestro verdadero refugio, consolador y consejero es Dios, quien siempre nos ofrece incondicionalmente su ayuda, y debemos de considerar el olvidar nuestros propios intereses y nuestro amor propio, ser obedientes y mansos para poder escuchar los consejos que Dios nos brinda muchísimas veces a través de otras personas. Y el amor que Dios nos tiene ha sido expresado desde el inicio de los tiempos en la creación misma que hizo todo lo que necesitamos para poder vivir tranquila y pacíficamente. Pero la más alta expresión de su amor para con nosotros se manifestó en la provisión de poder alcanzar la vida eterna a través de su amado hijo Nuestro Señor Jesucristo.

Oigamos atentamente los buenos consejos de Dios y todo el amor que nos tiene, y no olvidemos la advertencia de Santiago:

«¡Oh almas adulteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera pues que quisiera ser amigo del mundo se constituye enemigo de Dios.» (Santiago 4:4)

Consideremos estas palabras de Pablo:

«Por nada estéis afanosos si no sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego con acción de gracias. Y la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento guarde vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesus.» (Filipenses 4:6-7)

Una de las grandes necesidades humanas es la paz interior. Esta clase de paz no es la externa, si no la interna. Podemos estar en un ambiente tranquilo, apacible, y sin embargo, no tenemos paz. Es como estar en medio de un grupo de personas y aun así nos sentimos solos.

La paz interior que Dios nos ofrece, por el contrario en medio de una gran confusión o situaciones de adversidad, puede mantenernos en calma. La paz, habla la Biblia, es espiritual, algo que nuestro mundo actual no nos puede ofrecer.

Jesús vino para ofrecernos paz total a todos los hombres. “La paz os dejo, mi paz os doy, yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tengan miedo. (Juan 14:27)

Tanta confusión corre a través de la historia hasta hoy en día, haciendo muy difícil dejar a un lado todos los rumores que escuchamos en nuestro entorno; y si hablamos con nuestro vecino o compañero de trabajo, no son distintos los rumores, y nos trae aflicción de espíritu.

Pero nosotros debemos de tener presente en todo momento que Dios es nuestra guarda, nuestro consejero, el único que puede brindarnos un futuro mejor – en su reino – el cual debemos de saber esperar pacientemente y con firme Fe porque lo ha prometido.

-Lorena

¡No temais!

El libro de Josué es en general el relato del pueblo Israelita, con Josué como su líder, en la conquista de la tierra que le había sido prometida. Una tierra de leche y miel.

Como recordamos, esta toma o conquista de la tierra había sido retrasada varias décadas debido a la rebeldía y dureza de corazón del pueblo que había salido de Egipto. Fue también Moisés culpable de rebeldía al haber golpeado la roca para proveer agua en vez de hablarle como había sido instruido por Jehová. La consecuencia fue que toda esa generación y su líder no entraron a la tierra. A pesar de las suplicas de Moisés a su Dios, éste solo le permitió ver la tierra a la distancia poco antes de morir.

Fue necesario un nuevo líder, Josué, cuyo nombre significa “El Señor Salva” o “El Señor da la Victoria” para llevar a cabo la campaña militar para doblegar y destruir a los pueblos que habitaban la tierra que Dios había prometido a su pueblo.

Después de conquistar y destruir Jericó y Hai, dando muerte a sus reyes, los Israelitas habían hecho paz con los moradores de Gabaón por medio de un engaño que estos habían perpetrado contra ellos. Así, el capítulo 10 continúa el relato de la campaña en la región central y las ciudades del sur. Cinco reyes de los amorreos: el rey de Jerusalén, de Hebrón, de Jarmut, de Laquis y de Eglon se juntaron para atacar a Gabaón. Más estos pidieron ayuda a sus nuevos aliados, los Israelitas.

Josué y su ejército se prepararon para la batalla recibiendo esta exhortación de Jehová:

v. 8 “No tengas temor de ellos…”

Y cumpliendo su palabra, Dios les dió una gran victoria. Incluso, a pedido de Josué, les dio una señal milagrosa:

Paró el sol en medio del cielo y no se apresuró a ponerse un día entero para que el ejército de Israel tuviera el tiempo de derrotar a sus enemigos.

Esta exhortación o variante de ella: “No temáis”, la hizo Jehová a Josué en varias ocasiones para darle la garantía y confianza que Dios mismo estaba con ellos y que el pelearía sus batallas:

  • Josué 1:9 “No temas ni desmayes…”
  • Josué 8:1 “No temas ni desmayes…”
  • Josué 10:25 “No temáis, ni os atemoricéis…”
  • Josué 11:6 “No tengas temor…”

Esta es una exhortación muy apta para los días en que vivimos y en los que hay mucho temor de las cosas que vienen en el mundo.

Las Escrituras, que contienen el plan que Dios tienen para el hombre y para esta tierra, están basadas en promesas incondicionales que Él hizo a los patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob. Y son éstas la roca en la cual está basada nuestra confianza de que pase lo que pase individualmente a cada uno de nosotros creyentes, en cualquier parte del mundo en que vivimos, nuestra mirada está firmemente fija en lo postrero que ha de venir.

Por medio de la fe que hemos adquirido al escuchar el llamado, conocer el propósito de Dios, ser bautizados y convertirnos en un nuevo hombre, ahora perseveramos firmes en este camino que nos llevara a recibir nuestro galardón.

Cada uno de nosotros hemos librado muchas batallas a lo largo de nuestros días, y así será hasta que Jehová nuestro Dios nos llame y reciba nuestro espíritu. Los sufrimientos y sinsabores de esta vida no se comparan con las cosas que Dios ha preparado a los que hasta el final perseveremos en el camino a seguir.

Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.” (1 Corintios 2:9)

– Manny C

¿Ya conociste a Abraham?

Hace algunos días exploramos la pregunta de que en que terminaría todo esto, y la Biblia nos da el seguro consuelo que aunque en este momento parezca que el tren se ha descarrilado, seguramente llegaremos al destino.

Cuando un viaje se alarga a veces sentimos la necesidad de confirmar que aún vamos en la ruta correcta, y nos detenemos a consultar nuevamente el mapa para verificar que este pueblo, o el río que acabamos de pasar, estaban en la ruta anticipada. Dios sabe que somos polvo y padecemos de ansiedad por causa de nuestra existencia temporal, y no nos deja sin mapa. Nos ha proveído de marcadores en el camino para poder confirmar que vamos aún en la ruta deseada.

Por esta razón a lo largo de la Biblia tenemos profetas por medio de quienes Dios nos comunica algunos detalles de la ruta que seguimos. El primero de estos profetas fue Abraham (Génesis 20:7).

Si aún no le conoces a Abraham, ponte a leer. Comienza en Génesis 11 y lee por lo menos hasta el capítulo 25. Luego léelo de nuevo. Y una tercera vez.

Al lector casual de la Biblia no le es inmediatamente obvia la importancia de Abraham dentro de las escrituras (aunque ya hemos hablado de una de las formas importantes en que es único).

Una forma de ilustrar la importancia de Abraham es comparándolo con Noé. Si como padres alguna vez hemos querido comprar historietas bíblicas ilustradas para nuestros hijos, es casi seguro que en cualquier librería hallaremos la historia del arca de Noé.

Noe fue un hombre justo y piadoso cuya historia también está en los primeros capítulos de Génesis. En estos tiempos la historia se transmitía oralmente cuando cada palabrita contaba, y sin embargo tenemos varios capítulos acerca de su vida. Pero fuera de esas páginas, ¿cuántas veces habla la Biblia de Noé? El profeta Ezequiel sí le menciona un par de veces como un hombre justo ejemplar, y aparece entre la lista de los de fe en Hebreos 11, y Pedro también nos habla de él. Pero son relativamente pocas las referencias.

De Abraham, en cambio, la Biblia habla más de 100 veces fuera del libro de Génesis, incluyendo más de 70 referencias en el Nuevo Testamento, partiendo desde el primer versículo:

«Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.» (Mateo 1:1)

Al iniciar de esta manera Mateo no está diciendo que si le queremos conocer a Jesucristo, comencemos conociéndole a Abraham.

O considerémoslo de otra forma: En Génesis 10 la Biblia describe las 70 naciones que descendieron de los hijos de Noé – este capítulo se presenta como un resumen del panorama total de toda la humanidad. Pero en Génesis 11 la Biblia utiliza la técnica literaria de la genealogía como embudo, excluyendo sistemáticamente la demás gente de cada generación hasta terminar en un solo hombre – Abraham. Y a partir de Génesis 12:1, hasta el final de la Biblia, el texto bíblico relata la historia de este hombre y su familia.

En otras palabras, más del 99% de la Biblia está dedicada a relatarnos la historia de Abraham y su descendencia.

Si la Biblia es Sur América, Abraham es el Río Amazonas. Si la Biblia es un cuerpo, Abraham es la estructura esquelética.

Terminemos con un solo versículo más:

«Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa.» (Gálatas 3:29)

Puedes leer todo Gálatas 3 para comprender el desarrollo del argumento, pero la conclusión del versículo 29 nos debe poner a pensar: si pensábamos que estar en Cristo era el objetivo final, para Pablo más bien estar en Cristo es la forma en que llegamos al verdadero destino: de ser parte del linaje de Abraham y herederos de la promesa.

Y porqué querríamos estar en la promesa a Abraham? La respuesta es muy sencilla. A Abraham y a su descendencia le ha sido prometido el mundo entero, para toda la eternidad.

En otras palabras, si no estamos en Abraham, no estamos en nada.

¿Quieres saber en qué va a terminar todo esto? ¿Quieres confirmar si estás en la ruta correcta y no te has perdido? Comienza con la vida del primer profeta, con Abraham.

-Kevin H.

La Amistad

Que maravilloso es encontrar personas con quienes podemos compartir nuestras vidas, nuestra  familia, pensamientos, diversiones, problemas y angustias. Alguien con quien podemos hablar de nuestra forma de pensar y actuar sin temor a rechazo o que nos juzguen. En estos tiempos parece algo mucho más difícil ya que estamos rodeados de materialismo e intereses totalmente superficiales.

Se dice que “quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro “, y creería que estamos de acuerdo con esto, pues es algo muy difícil de hallar. Y parece que esta situación no es exclusiva de nuestro tiempo actual sino es algo que ha pasado desde siempre. Y ahora que nos encontramos en casa sin poder salir, incluso siendo que muchos están solos, es cuando más sentimos la necesidad de socializar, de tener esos amigos. Es por ello que hablar de la amistad no es solo sentimentalismo, amor romántico; el verdadero significado de la palabra va mucho más allá, pues la amistad verdadera se manifiesta con hechos. 

Dios conoce esta necesidad de compañía en cada uno. Y aún Dios, capaz de hacer todo lo que quiera sin recurrir al hombre, buscó un amigo. Y no lo buscó entre los ángeles sino que entre los hombres, y nos da un ejemplo más que excelente en llamar a un ser humano “su amigo”, enseñándonos así las cualidades que este amigo debe de tener.

Porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.» (1 Samuel 16:7)

Abraham es el amigo de Dios. 

Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia y fue llamado amigo de Dios¨ (Santiago 2:23). No ha existido ninguna otra persona que fuera elevada al nivel que Abraham ha tenido para Dios, y esto nos enseña que Dios si tiene amistades especiales.

Para que Abraham llegara a comprender y gozar de esta relación tuvo que pasar durante años muchas experiencias y pruebas. No fue de la noche a la mañana. Y por seguro muchas de estas pruebas fueron muy difíciles e inimaginables para nosotros, tan difíciles de cumplir – desde salir de su casa y dejar todo a la mayor de todas, el llamado a ofrecer a su hijo Isaac. Pero su fortaleza estaba en que creía plenamente en Dios.

Hay algunas expresiones maravillosas en la Biblia que describen a otros hombres como Moisés y Daniel, como por ejemplo varón muy amado. Pero “mi amigo” es exclusivo de Abraham; y todas estas pruebas de las cuales salió triunfante al obedecer sin dudar explican lo que significa la amistad para Dios. Y esa amistad era recíproca, pues Dios comparte con Abraham (porque es su amigo) todas las cosas que iban a acontecer – no guardó secretos para él, como lo que sucedería en Sodoma y Gomorra, donde Jehová, hablando consigo mismo, dice: «¿encubriré yo a Abraham lo que voy hacer, habiendo de ser Abraham una nación grande y fuerte y habiendo de ser benditas en el todas las naciones de la tierra?» (Génesis 18:16-33) Esta es una muestra muy grande de que Dios confiaba plenamente en Abraham. 

Nuestro Señor Jesucristo dice a sus discípulos en Juan 15:8-17: “ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor, pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi padre, os las he dado a conocer.

Esto es lo que distingue a un amigo: le doy a conocer todo sin temor.

 Jesús era amigo de sus apóstoles, no porque cerrara los ojos a sus defectos, sino porque prefería concentrarse en sus cualidades y ver sus buenas intenciones – veía el corazón de ellos. Por ejemplo, la noche que Jesús estaba orando en Getsemaní vino a sus discípulos y los encontró durmiendo. Le dijo a Pedro: «¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?» Pero también entendió que no lo habían hecho intencionalmente, y les dice también “El espíritu, a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mat.26:41).

También Jesús les mostró a sus amigos los discípulos su fragilidad, haciéndoles notar su dolor e incluso su miedo. No tuvo temor en que lo vieran así, triste y temeroso, necesitado de la compañía de sus amigos, confesándoles «Mi alma está muy triste hasta la muerte, quedaos aquí y velad conmigo» (Mateo 26:38).

Un amigo verdadero es alguien en quien tenemos una confianza así, que no le escondemos nada, pues estamos seguros de que no abusará de nuestra relación y guardar para si todo lo que le confiemos, y estamos seguros de que su opinión será de gran ayuda para nosotros y que nosotros también estamos bajo esa misma disposición de estar ahí cuando se nos necesite.

Nuestro Señor nos coloca en la relación de amigos con él, y es una relación amplia e íntima. 

A unos amigos les contamos una cosas y a otros, otras cosas. Pero lo que caracteriza nuestra relación con el Señor, es que nuestra amistad con él no tenga limites, así como él  dijo:  “Todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer “. Esta es la amistad que más necesitamos en estos tiempos, en los cuales muchos pueden sentir angustia, soledad, etc. Pero si tomamos en cuenta que tenemos un amigo en Dios y en nuestro Señor Jesús, podremos sentir su compañía y por lo tanto ya no estaremos solos y tendremos en quién confiar.

La amistad significa confianza mutua. Un amigo no siempre te explica porqué toma cierta determinación. Pero llegamos a confiar tanto en esa persona, que no exigimos explicación alguna; estamos listos para creerles y aún cuando el otro calle y no diga nada, estamos seguros siempre de su sinceridad.

Pero también Dios nos advierte sobre con quienes nos relacionamos y a quienes llamamos amigos.

Pablo nos aconseja: No os unáis en yugo desigual con los incrédulos, porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿o que parte tiene el creyente con el incrédulo?» (2 Corintios 6:14)

Necesitamos la sabiduría que Dios nos enseña a través de la Biblia cuando escojamos amistades en cualquier etapa de nuestras vidas. Las amistades son algo que puede ser para bien o para mal; por lo cual, debemos de estar muy atentos a todo lo que Dios nos enseña, las cualidades que debemos de buscar, pero también muy atentos a las advertencias sobre las falsas amistades.

-Lorena R.

Y Todo Esto En Qué Va a Terminar

Ayer hicimos planes. Ayer tuvimos intenciones. Hoy, ese ayer se ha desvanecido y en su lugar se ha levantado ante nosotros otro horizonte – un horizonte impredecible, bajo suspenso… Temerosos nos preguntamos – y todo esto ¿en qué va a terminar?

Cuando el telón se abre sobre nuestro mundo en Génesis 1 todo despega super bien. Dios se presenta como un Dios de orden, creando un espacio en el que todas las cosas tienen su lugar, su papel, su propósito. El único Dios Todopoderoso formó de la nada un universo de belleza, armonía y abundancia.

Pero si de Génesis saltamos directamente al final del libro, en Apocalipsis 21 leemos:

«¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir… Al que tenga sed le daré a beber gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que salga vencedor heredará todo esto, y yo seré su Dios y él será mi hijo.

¡Qué emocionante contar con un futuro en el que Dios morará entre nosotros, donde beberemos libremente agua de vida!

Pero a la vez nos preguntamos – ¿Qué pasó..? ¿Cómo es que de la armonía y belleza sembrada al principio de todo se produjo esta cosecha de lágrimas, muerte, llanto y dolor…?

La Biblia es la historia de como la humanidad transita el camino de la inocencia al conocimiento, del conocimiento al fracaso, del fracaso a la redención, y de la redención a nueva vida.

Esa es también nuestra historia personal.

La Biblia ha persistido al centro de los hogares de incontables millares durante más de 3000 años porque al leerla, universalmente reconocemos en el centro de nuestro ser que es Verdad. No sólo “verdad” en el sentido de ser históricamente verídica, de referirse a lugares y personas que realmente existieron, de resumir una serie de “doctrinas” correctas – sino Verdad en un sentido mucho más total, que abarca esas cosas y muchísimo más. La Biblia es Verdad en que trata las realidades más profundas de nuestra existencia como sólo podría hacerlo el inventor, creador y autor de la vida misma.

Y una de las verdades que con los años aprendemos a aceptar es que la experiencia, sabiduría y madurez se ganan con lágrimas y sudor. No hay otra manera. Con los años eventualmente reconocemos que las cosas que realmente tienen valor profundo – la paciencia, el amor, la tolerancia, la humildad, la mansedumbre, la generosidad – son características que se revelan y purifican solamente bajo el fuego de la prueba.

El consuelo de la Biblia es que reconoce plena y francamente las duras realidades de nuestra existencia, y nos asegura que no son permanentes. No nos sorprendamos que la vida es difícil y la injusticia nuestra compañera constante, pues el acontecimiento central del texto – ¡el centro de la historia misma! – es el homicidio cruel de la única persona perfectamente amorosa y justa que ha vivido.

Pero la justicia de Dios no permitió que aquel hombre permaneciera muerto, y se levantó de la tumba a una nueva vida sin límites. Y la gracia de Dios nos permite asirnos de él para también salvarnos.

Todo esto, ¿en qué va a terminar…? Terminará en mundo sin lágrimas, sin llanto, sin lamento, sin dolor. Un mundo en el que Dios camina diariamente entre nosotros.

Confiemos en que todo esto tiene un propósito, y que manteniéndonos firmes, al final de los tiempos todo lo comprenderemos.

Kevin H

Soledad

Desde que inició esta pandemia, la vida de todos se ha visto afectada en muchos aspectos tanto tangibles como intangibles. Un alto porcentaje de mis compañeros de estudios están solos en la ciudad y ahora se sienten atrapados, ansiosos de regresar con sus seres queridos, incluso han pensado en dejar el semestre.

En varias etapas de nuestra vida nos hemos sentido solos, ya sea porque estamos lejos de las personas que queremos o nos sentimos incomprendidos. Esto puede ocurrir en el trabajo, en la escuela o en algún grupo social, lo cual nos llena de temores, dudas e inseguridades.
Recordemos la historia de José. Siendo un muchacho, fue obligado a apartarse de su familia y de su pueblo; pero, durante ese tiempo, se aferró a su fe y confió en Dios. Trabajó con ahínco hasta ser reconocido entre aquel pueblo extranjero.

Y llegó el momento, Dios puso frente a sus ojos a su familia y a su pueblo en el tiempo perfecto, en medio de aquella hambruna que ponía en riesgo la subsistencia de todos: «Y José unció su carro y vino a recibir a Israel su padre en Gosén; y se manifestó a él, y se hechó sobre su cuello y lloró sobre su cuello largamente«. Génesis 46:29.
Así que, por más difícil que sea ¿Por qué no tratar de seguir el ejemplo de José?
Como también nos dice Dios mismo por medio del profeta Isaías:
No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia”. Isaías 41:10.

Dios nos pide mantener la cabeza en alto, porque Él siempre estará con nosotros sin importar que tan fuerte sea la tormenta. Hay que tener presente que Él siempre nos escucha y con fuerza nos levanta para cada día hacernos sentir que no estamos solos y que pronto este distanciamiento acabará.

Hoy tal vez no estemos juntos corporalmente, pero estamos en el corazón y pensamientos de quienes nos quieren. Mantengámonos fuertes y, mediante la oración, volvámonos uno para poder resistir.

Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti” Isaías 43:2.

-Ámbar J.