La Pregunta sobre el Racismo

Cada vez que Jesús bajaba de Galilea a Judea era oportunidad para que las élites del momento – Fariseos, Saduceos, Herodianos, sacerdotes, doctores de la ley – lo atacaran con preguntas cuyo único objetivo eran hacerlo tropezar en público. Frecuentemente lo asediaban con situaciones socialmente complicadas, como por ejemplo si debían pagar impuestos a los romanos, si era lícito divorciarse, o qué hacer con una mujer sorprendida (a solas…?) en el mismo acto de cometer adulterio.

Como en todos los lugares y todos lo tiempos, el tema de la raza siempre es delicado. Israel, situado en el nexo de tres continentes, no estaba exento y una pregunta al respecto era el pretexto ideal para intentar sembrar discordia entre los seguidores de Jesús.

Tras confirmar que una multitud de sus seguidores le rodeaban, se acercaron los fariseos a preguntar: “Maestro, ¿Será cierto que ante Dios todas las razas son iguales?”.

Su respuesta era lo que menos les importaba. Lo único que querían era sembrar conflicto entre la mezcla de razas y clases sociales que seguían a este profeta cuya forma de hablar le marcaba como originario de uno de los pueblos insignificantes de la región de Galilea de los gentiles.

Pero, como solía hacer, Cristo les responde con su propia pregunta: “¿Qué está escrito? ¿Ustedes cómo leen?”.

Pero ellos optaron por guardar silencio, sabiendo que habiendo sembrado la duda entre el populacho pendiente, Jesús se vería obligado a contestar.

Jesús los miró con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones. Respondiendo, les dijo: “¿No habéis leído que el que hizo al hombre al principio nos hizo de un sólo padre y una sola madre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, nos portamos deslealmente el uno contra el otro, profanando la palabra de Dios? ¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Mas vosotros os habéis apartado del camino; habéis corrompido el pacto y hacéis acepción de personas.”

Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más.

———————–

Si has leído los evangelios sabrás que esta conversación exacta nunca ocurrió. Pero posiblemente escuchaste en ella ecos de Mateo 19, Marcos 3, Lucas 10, Malaquías 2 y Génesis 1…

Nuestro objetivo como estudiantes de la Biblia es procurar conocer la mente de Cristo con el fin de poder pensar, hablar y actuar como él en el transcurso de nuestra vida diaria.

La mente de Cristo la conocemos primeramente por medio del estudio constante de los evangelios. Luego, reconociendo que seguimos a aquel que es llamado “la palabra hecha carne”, y cuyo pensar fue formado por su inmersión total en las escrituras del Antiguo Testamento, estudiamos también todos aquellos libros que eran para él la Biblia. De esta forma, aunque es cierto que a Jesús nunca le preguntaron directamente si había diferencia entre las razas o los colores, podemos saber con bastante certeza cómo habría respondido si la pregunta se le hubiera presentado.

La respuesta es sencilla. Como dice el profeta Malaquías, aunque había en Dios abundancia de espíritu – o sea, que no le faltaba poder como para haber creado mil parejas al principio, y no sólo una – era esencial que toda la humanidad naciera de un sólo hombre. Era necesario por algunas razones, pero la más importante es para que todos fueramos redimidos por un sólo hombre. Que fueramos un solo pueblo, con un solo camino a la salvación. Y por esta razón en el principio Dios creó una sola pareja, padres de toda la humanidad, y todos sin excepción somos descendientes de ellos y hermanos entre nosotros.

  • La mente de Jesús la conocemos también por la comisión que nos dió a todos sus discípulos antes de ascender a su Padre: “Id y haced discípulos a todas las naciones”.
  • La mente de Jesús la conocemos por lo que dice Pedro cuando es enviado a bautizar al centurión romano llamado Cornelio: “comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia.”.
  • La mente de Jesús la conocemos cuando sus apóstoles predican a los samaritanos, un pueblo tradicionalmente despreciado por los judíos de aquel tiempo.
  • La mente de Jesús la conocemos cuando Felipe es enviado a anunciarle el evangelio al etíope, y cuando este pregunta si hay impedimento para que se bautize, Felipe responde que el único requisito es creer.
  • La mente de Jesús la conocemos por la mensaje a su siervo Juan acerca del reino venidero, en el que ve “una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero”.

Todos los hombres y mujeres de todas las naciones y razas estamos igualmente alejados de Dios por nuestros pecados. Todos somos redimidos solamente en Cristo, en quien no hay hombre ni mujer, esclavo ni libre, judío o griego. Y en quien tampoco hay pobre ni rico, blanco ni negro, urbanita o pueblerino, universitario u obrero. Nadie tiene ventaja o desventaja por razón de su nacionalidad, raza, género, educación, condición social o económica o ningún otro factor que marcamos en nuestras sociedades corrompidas por la terrible ceguera de la carne. ¿Acaso no nos es obvio cuales han sido las consecuencias de la discriminación y el racismo en nuestras comunidades? Si no extirpamos de nuestro medio el racismo como el veneno que es, ¿no seremos condenados por Cristo tan ferozmente como respondió a aquellos que no se compadecían de los pobres, las viudas, los enfermos y los discapacitados…?

Recordemos las palabras de Santiago, el hermano de nuestro Señor: «Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis; pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores.» (Santiago 2)

-Kevin H.

No olvides mis enseñanzas

Muchas personas dicen que no hay una forma correcta de vivir la vida.

Afirman que no hay un manual que nos pueda ayudar a entender la existencia, y que no hay un conjunto de instrucciones que nos indiquen cómo debemos vivir. Sin embargo, nosotros los hermanos en Cristo creemos que la vida SÍ viene con un instructivo, y que éste nos fue dado por Dios.

Ese instructivo es la Biblia y en ella se nos señala tanto el camino a seguir como las cosas que debemos evitar. Se nos dan promesas pero también advertencias. Y cuando una persona conoce el camino que debe seguir y anda en él con devoción y obediencia, logra tener paz y se vuelve una persona feliz o bienaventurada a pesar de las dificultades de la vida.

En pocas palabras, la Biblia es el mapa que nos guía a la paz y a la felicidad completa, y es en el futuro reino de Dios. Si hemos creído en Cristo, debemos aprender a vivir de acuerdo con las instrucciones que Dios nos ha dejado. Antes, cuando no habíamos recibido a Cristo como Señor y Salvador, vivíamos a nuestro modo, desde nuestro punto de vista y como a nosotros nos parecía mejor.

Sin embargo, ahora que le hemos recibido como nuestro Señor, debemos seguir su voz y obedecerle en todo. Recuerde lo que dice Juan 10:27: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen”.

Por esta razón, debemos prestar atención a las instrucciones de Dios. Debemos atenderlas y ponerlas por obra.

En nuestra vida, cuando no sabemos cuáles son las reglas a seguir y llevamos a cabo nuestra vida sin la sabiduría de Dios, eso trae mucha vergüenza y quebranto. Por lo tanto, debemos aprender a vivir de acuerdo con las instrucciones que Dios nos dejó.

Aún así, al hacerlo, podemos estar seguros de que la paz, la felicidad y el gozo no nos acompañarán completamente debido a que la misma palabra nos enseña que debemos de pasar por pruebas difíciles para ir siendo purificados en nuestras debilidades (vea l Pedro 1:6-9).

Mira lo que dice Proverbios respecto de escuchar las enseñanzas y pautas que Dios nos da:

“Hijo mío, no te olvides de mi ley, Y tu corazón guarde mis mandamientos; Porque largura de días y años de vida Y paz te aumentarán. Nunca se aparten de ti la misericordia y la verdad; Átalas a tu cuello, Escríbelas en la tabla de tu corazón; Y hallarás gracia y buena opinión ante  los ojos de Dios y de los hombres”. (Proverbios 3:1-4)

¡Qué tremenda bendición tienen los que guardan y obedecen la Palabra de Dios!

Al leer este pasaje, recordamos  las palabras de Moisés a los israelitas que recién comenzaban a vivir siguiendo las instrucciones de Dios. Él les dijo en Deuteronomio 5:33 lo siguiente: “Sigan por el camino que el Señor su Dios les ha trazado, para que vivan, prosperen y disfruten de larga vida en la tierra que van a poseer”.

Finalmente, el pasaje dice que al vivir de este modo: “Hallaras gracia y buena opinión delante de Dios y de los hombres”. El favor de Dios es su ayuda y socorro en todas las circunstancias, sean estas buenas o no, ya sea en todo lo que hagamos con nuestras familias, en nuestros trabajos o nuestras actividades del diario vivir, pero sobretodo en nuestro camino espiritual.

Además, la gente tendrá una buena opinión de nosotros y eso hará que podamos convivir y llevarlos a conocer la verdadera Luz del mundo. Seremos amados y estimados por las personas que lleguen a conocer esta gran verdad; cumpliendo así el mandato de nuestro Señor, no solo en guardar y obedecer sino también en llevar las buenas nuevas del reino de Dios.

Al hacerlo, podemos estar seguros, como lo dice la Palabra, que tendremos una vida abundante, llena de paz y bendiciones; no solo por unos momentos en nuestra Vida actual, sino que será mucho más glorioso y para siempre, cuando veamos nuestros nombres escritos en el libro de la vida, y vivamos plenamente en el futuro reino que se establecerá acá en la tierra cuando nuestro Señor Jesús regrese.

Así que no olvidemos sus enseñanzas y confiemos en todo momento porque su promesa es nuestra garantía.
Alex A

Esperanza

La prostituta de Jericó no tenía esperanza alguna de salvarse. Aquella mujer pecadora, de una ciudad corrupta y destinada a destrucción, abrigaba en silencio su fe en el Dios de Israel. Su fe en un Dios que rescataba a sus hijos de la esclavitud. En un Dios que los había sustentado milagrosamente al conducirlos por caminos secos y pedregosos. En un Dios que defendía a sus hijos de sus enemigos. En un Padre severo y misericordioso, justo y amoroso. Su fe en el Dios de dioses, Rey de cielo y tierra (Dt 4:39 || Josué 2:9-11). Y tan segura como su fe en el Dios de Israel era su convicción que Él les había preparado un reino a sus hijos… un reino cuyo territorio sería la tierra y ciudad donde ella vivía. Para Rahab la conquista de Canaán, comenzando con Jericó, era tan segura e implacable como la marea creciente bajo la luna llena. 

Al otro lado del río Jordán Josué luchaba con sus dudas y temores. Tanto Dios como sus hermanos le trataban de dar ánimo y valor – “sólo esfuérzate y sé valiente!”  – la frase se repite 4 veces en el primer capítulo del libro que lleva su nombre. ¿Podría realmente ocupar el lugar de Moisés? ¿Sería realmente la herramienta escogida para llevar al pueblo a la tierra que Dios les había prometido? Sumido en incertidumbre toma la decisión incomprensible de enviar espías a Jericó, aventura que anteriormente había resultado en 40 años de castigo para el pueblo…

Los mensajeros (Stg 2:25) enviados por Josué llegaron a la ciudad y casi inmediatamente fueron identificados, pero no había forma de retroceder. Escuchando los susurros de las personas que los rodeaban pero que aún no se atrevían a enfrentarlos, buscaron pronto refugio y lo hallaron tras la puerta abierta de Rahab. Ella, mujer acostumbrada a una vida difícil e impredecible, inmediatamente los reconoce y formula un plan para salvarles la vida y ayudarles a escapar. A cambio les demanda sólo una promesa: de salvarla a ella y a toda su casa. La condición que ellos le ponen? Refugiarse tras puertas cerradas en la casa marcada con el cordón rojo.

El significado del cordón lo hallamos en Génesis 38, casi 400 años atrás. Judá, cuarto hijo de Jacob, tiene hijos gemelos. El primogénito es marcado con un cordón rojo atado a la muñeca. Ese cordón rojo se convierte en un símbolo del principado de la tribu de Judá, tribu a la cual sin duda pertenecía al menos uno de los espías enviados por Josué. 

Cuántos días se refugió Rahab dentro de su casa no sabemos. Lo que sabemos es que cuando cayeron los muros de Jericó una sola casa permaneció en pie. Una sola casa fue protegida de la muerte y destrucción – la casa protegida por la señal del príncipe y heredero de la tribu de Judá.

1500 años después, cuando Santiago nos quiere dar dos grandes ejemplos de la fe en acción, cuando nos quiere demostrar que las creencias se miden y definen por las decisiones concretas que tomamos a raíz de ellas, nos menciona sólo dos personas: Abraham y Rahab.

Muchos años antes que naciera Rahab un hombre llamado Lot, de cuya fe Pedro es testigo (2 Pedro 2:7), moraba en otra ciudad destinada a destrucción. La injusticia que prevalecía en la ciudad de Sodoma había excedido todos los límites. Pero como nos dice el profeta Amós (cp. 3) Dios no castiga sin antes advertir. 

De los tres ángeles (o mensajeros) que se le aparecieron a Abraham, dos se dirigen a Sodoma mientras que el tercero se queda conversando con Abraham a revelarle lo que estaba por ocurrir. Abraham, que sabe que en aquella ciudad viven su sobrino con su familia, intercede con Dios por ellos: El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo…? suplica el amigo de Dios en Génesis 18

En la ciudad de Sodoma Lot, como Rahab, abre las puertas de su hogar a los mensajeros y los protege de sus conciudadanos. Y ellos, como los espías a Rahab, le urgen a reunir a su familia para que se salven. A diferencia de Rahab, no toda la familia de Lot acude. Lot, desesperado, vacila en salir de la ciudad. Con la destrucción a las puertas, las palabras del ángel a Lot son importantísimas para nosotros: “date prisa y huye de una vez, porque no puedo hacer nada hasta que [escapes].” 

En la crisis global que actualmente estamos presenciando, con tanto sufrimiento de tantas personas, una de las grandes preguntas que nos haremos es la misma de Abraham hace 4000 años: “El Juez de toda la tierra, no ha de hacer lo que es justo…?”. Dios responde con los dos ejemplos que aquí hemos visto: Dios conoce a los que son suyos. Abraham no se atrevía a pensar que Dios detendría sus castigos justos por menos de diez personas… este gigante de la fe aún no había asimilado que el Juez de toda la tierra no puede permitir que se pierda ni una sola persona de fe.

Tengamos paciencia y no abandonemos nuestro refugio en casa marcada con el cordón (Heb. tikvah, o “esperanza”) rojo de aquel gran primogénito de la tribu de Judá. Y tampoco dudemos que en este caos el Juez de toda la tierra hará lo que es justo. Y ¿qué sabemos si no seremos nosotros los mensajeros enviados por Dios para salvación de más de alguno?

Qué dichosos somos

Cuando leí el Salmo 33 sentí que se refería a la situación actual del mundo. Con esta pandemia, creyentes y no creyentes pudimos ver que una simple forma de vida microscópica pudo crear caos, temor, desorden. Cambió por completo la realidad. También pudimos ver que no discrimina entre ricos y pobres, entre etnias, entre adultos y jóvenes. Todos estamos abarcados.
El Salmo 33 menciona que Dios desbarata los planes de las naciones para que le teman y le honren. También dice que observa a la humanidad desde su trono y conoce todas nuestras acciones. Dios declara que ni los reyes, ni los más valientes y fuertes pueden salvarse por sí mismos sino que solamente pueden hacerlo con su ayuda.
Pero a quienes decidimos servirle, Dios nos dice: «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que escogió por su heredad» (Salmo 33:12) y «Pero el Señor cuida de los que le temen, de los que esperan en su gran amor» (Salmo 33:18). ¡Cuán bueno es nuestro Padre, que incluso en tiempos de angustia está presente con nosotros! No temamos, confiemos en él porque es nuestro escudo y nuestro socorro para siempre.
Que este tiempo no sea un tiempo de angustia sino de regocijo, ya que tenemos una esperanza hermosa que nadie más posee en todo el mundo. Padre Eterno, bendícenos y «que tu gran amor, Señor, nos acompañe, tal como lo esperamos de ti» (Salmo 33:22).
Lucas G.

Ustedes valen más

Soy seguidor de Jesús porque vivió sin temor. Cuando sigo sus pasos por los pueblos de Israel le veo decir lo que se tiene que decir, hacer lo que se tiene que hacer, defender a los indefensos y enfrentar a los que tienen que ser resistidos. Veo a un amigo de mujeres, niños, extranjeros, pobres, enfermos físicos y mentales y todos aquellos que la sociedad “normal” menospreciaba. Veo a un hombre que se levantó de condiciones humildes para enfrentar no sólo a los poderes judíos y romanos del momento, sino también a su propia familia, su comunidad y sus amigos, sin comprometer sus valores ni por un instante. 

Cuando veo a Jesús veo a uno que aún de niño pasó varios días sólo en una ciudad extraña sin que se le ocurriera la posibilidad que Dios no estuviera a su lado. Porque Jesús sabía desde su juventud que no estaba en la casa de su Padre sólo en ese momento sino que en todos. Como posteriormente dijo a uno de sus primeros discípulos – y estoy seguro que lo dijo riéndose – “¿crees porque te dije que te vi cuando estabas debajo de la higuera? ¡Vas a ver aun cosas más grandes que estas! Y añadió [a los demás]: Ciertamente les aseguro que ustedes verán abrirse el cielo, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.”

Jesús les está trayendo a memoria el momento en que Jacob despertó de su sueño pensando que por casualidad se había acostado a dormir en un lugar mágico – cuando el “lugar mágico”, el verdadero Betel, es cualquier lugar donde está uno de los hijos o hijas de Dios. En ese lugar – en todos esos lugares – es que los ángeles de Dios suben y bajan del cielo. En todos esos lugares es que las escaleras del cielo tocan tierra.

Aún horas antes que lo asesinaran Jesús estaba consciente de la presencia constante y permanente de su Dios y Padre, y de los millares de ángeles que acudirían en un instante a su llamado. Y con el hecho de no haberlos llamado en su momento de crisis Jesús nos enseña que en esta vida, por razones que muchas veces no comprenderemos, es necesario el sufrimiento para lograr la redención no sólo de nuestras vidas sino del mundo entero. El misterio del sufrimiento es grande, pero en la muerte y resurrección de Jesús se nos abre un poco la ventana al entendimiento del poder redentor que hay en una vida entregada de corazón en sacrificio ante Dios.

Espero que el momento que ahorita atravesamos nos haya golpeado en la cara con la realidad que todo lo que pensábamos controlar era mera ilusión. Que todo aquello que realmente importa, comenzando con nuestras mismas vidas y las de todas las personas que amamos, está, y siempre ha estado, absolutamente en manos de Dios. 

Este despertar es el momento más importante de nuestras vidas. Cuando se desvanecen los espejismos de oasis inexistentes y por fin nos paramos ante Dios desnudos de todas aquellas cosas vacías e inútiles, este es el momento en que nuestra vida realmente comienza.

En Mateo 10 Jesús envió a sus discípulos a anunciar el evangelio del reino de Dios por todas las ciudades de Israel. Y les dijo que salieran sin dinero, sin comida, sin mochila – sin nada, realmente – para aprender esta misma lección: que nuestras vidas están siempre en manos de Dios. Les advirtió que el camino sería difícil, que sufrirían persecución, pues el discípulo no es más que su maestro, ni el siervo es más que su señor. 

Uno de los rayos de luz que tenemos en esta crisis es que por silencio de los motores y el sofocamiento del bullicio de las gentes estamos escuchando nuevamente el canto de los pájaros. Y están por todas partes – está ocurriendo una explosión de vida en el mundo natural. Y si tenemos oídos para oír, esto nos recuerda a diario las palabras de Jesús: “ ¿No se venden dos gorriones por una monedita? Sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin que lo permita el Padre; y él les tiene contados a ustedes aun los cabellos de la cabeza.”

Y estoy seguro que las siguientes palabras Jesús también se las dijo con una sonrisa de afecto: “Así que no tengan miedo; ustedes valen más que muchos gorriones.”

Encerrados para Vida

Ante el momento que vivimos es imposible no pensar en la pascua de Israel en Egipto.

Si no has leído Exodo 12, leelo ahorita. Y si en este momento estás encerrado en tu casa y tienes tiempo, lee Éxodo a partir del capítulo 1.

Se nos ha llamado a refugiarnos en nuestras casas de una muerte invisible que anda por las calles. Así como lo hicieron las plagas en Egipto hace 3500 años, en cuestión de pocos meses ésta ha derribado a tantos dioses de este mundo: las grandes empresas están colapsando, los mercados están en picada, el deporte se ha suspendido. ¿La belleza de qué sirve cuando ya ni nos vemos? ¿La ropa de marca, las joyas y todos los símbolos de riqueza en este momento a quién le importan? Aquellas personas que antes nos parecían tan altas y fuertes ahora son simplemente figuritas insignificantemente pequeñas en nuestras pantallas – si es que siquiera las vemos o les hacemos caso. 

Dentro de nuestras casas, con puertas cerradas, tratamos de proteger nuestras vidas y las vidas de las personas que más amamos. Somos Noé dentro del arca, Rahab en su hogar en el muro de Jericó – haciendo todo lo posible por salvarnos con nuestras familias. Somos el pueblo de Israel, reunidos tras puertas cerradas, pidiendo a Dios que la mortandad no entre tras nosotros.

En este momento de crisis recordemos que en aquella noche Dios había dicho a su pueblo que para salvarse no sólo era indispensable estar dentro de sus casas – su verdadera protección no era la puerta cerrada sino el haber pintado los postes y el dintel de sus puertas con la sangre del cordero perfecto.

En Apocalipsis Juan habla del “cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8). A lo que esta frase se refiere es que aún desde antes que Dios pronunciara las palabras “sea la luz” en Génesis 1 toda la creación, toda la historia, apuntaba al Cristo que vendría. Cristo no vino como una reacción posterior de Dios a un propósito frustrado por el pecado de Adán – Cristo siempre fue el fin y el propósito de la creación. Y a través de los milenios Dios puso muchas señales y marcadores apuntando claramente a él.

Las plagas en Egipto se dieron para conducir al pueblo de Dios a la salvación que les esperaba por delante. La plaga que ahorita vivimos nosotros en este tiempo no sabemos con certeza por qué está sucediendo o como ubicarla dentro de los planes de Dios para el mundo. Lo que sabemos es que hoy, en este momento, la plaga nos ha encerrado en nuestras casas.

Y este es el momento para reflexionar si estamos en la “casa” en la que realmente nos salvaremos…no sólo de esta muerte, sino de todas. Pues si por la gracia de Dios escapamos de este momento y volvemos a salir a la calle a retomar nuestras tareas y ocupaciones, tarde o temprano la muerte nos encontrará. 

Tarde o temprano la muerte nos encontrará… a menos que nos hayamos refugiado en la casa protegida por la sangre del sacrificio del cordero perfecto de Dios. Obviamente ya no nos referimos a una “casa” en el sentido literal y físico, sino, como dice el escritor de Hebreos, a la “casa de Dios” que es la familia de Dios, a los hijos e hijas que se han unido a Él bajo la protección de la sangre del cordero (Hebreos 3). 

En la pascua tenemos uno de los presagios más claros del verdadero cordero que vendría para salvación de todo el mundo. En este momento, en nuestro momento, la única pregunta que importa es esta: ¿Estoy dentro de la casa de Dios?