Pensar en Dios – Dios en la Creación

Hay muchas maneras en las que podemos ver la evidencia de Dios en el mundo que nos rodea.

Algunos pueden quedar particularmente impresionados por la increíble belleza de una flor.  Otros se asombran de la majestuosidad del cielo nocturno, especialmente cuando se lo ve lejos de la luz de las ciudades.  Mirar hacia el cielo para ver las estrellas lejanas, especialmente si se usa un telescopio y en algún lugar remoto, la cantidad de estrellas y la inmensidad del cielo pueden ser impresionantes. Del mismo modo al observar un atardecer puede ser demasiado asombroso y gratificante apreciar la belleza de los diferentes colores de un ocaso en contraste con el azul del cielo.

Para otros, lo es observar a través del microscopio los componentes de la célula.  El detalle y la “tecnología” que encontramos en este componente básico del material vivo pueden ser impresionantes.

Muchas personas observan los notables fenómenos de la naturaleza y ven claramente que todo ha sido diseñado por un creador divino.

Sin embargo, hay muchos otros que no ven nada de eso.  No pueden creer que la maravilla y la belleza de nuestro mundo sea evidencia de un diseñador o creador.  Ven la diversidad, la belleza y la sorprendente precisión de este mundo sólo como evidencia de una casualidad ciega.

Esta forma de pensar elimina la necesidad de reconocer la existencia de un poder divino.

Tal enfoque parece llevar la razón más allá de sus límites e ir mucho más allá de los principios científicos establecidos.  Exige que aceptemos que la creación del mundo y sus alrededores es el resultado de coincidencias aleatorias mucho más improbables que cualquier lotería ideada hasta ahora.

Podemos deducir algunos datos sobre el Creador y Diseñador del mundo, al observar la tierra en la que vivimos.  El hecho de que Él hizo todo deja en claro que es poderoso. Podemos ver que ama el orden y establece reglas claras que gobiernan la naturaleza.

Sin embargo, esto por sí solo no nos dirá mucho sobre el carácter o el propósito de Dios para el mundo. Para conocer más detalles, debemos volver a la revelación que Dios ha hecho de sí mismo en su palabra mediante la Biblia.

Desde el principio, notamos que La Biblia está totalmente en armonía, por lo que deducimos a partir de la observación.  El primer versículo de la Biblia nos dice que ciertamente fue Dios quien hizo todas las cosas.

En el principio Dios creó los cielos y la tierra (Génesis 1:1)

El mensaje se repite en diferentes contextos a los largo de la Biblia, por ejemplo:

Yo hice la tierra, y creé sobre ella al hombre. Yo, mis manos, extendieron los cielos y a todo su ejército mandé ( Isaías 45:12 )

Así que la Biblia está de acuerdo con lo que podemos ver, en cualquier nivel que miremos.  Eso significa que usar la Biblia como nuestra fuente de información acerca de Dios es totalmente lógico.

Cuando pensamos en Dios, realmente necesitamos mirar la Biblia para ver que más nos dice acerca de él.  Ese es un privilegio notable; el Creador nos invita a conocerlo y nos da este registro para que podamos hacerlo.  En la Biblia, Dios nos habla de como es el, cuál es su propósito con el mundo y la relación que quiere con el hombre y la mujer.

El enfoque de “Pensar en Dios” acepta que nunca entenderemos a Dios por completo, Su mente es demasiado maravillosa, Su poder demasiado grande para eso. El salmista reconoció esto cuando escribió:

Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; es elevado, no puedo alcanzarlo (Salmo 139:6)

Sin embargo, podemos mirar lo que se nos dice de él en la Biblia.  Jesús nos dijo que este es un gran privilegio que puede llevar a la vida eterna:

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, al único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3)

La autoridad de Jesús

Jesús fue, y es, amable y compasivo. Pero estaríamos equivocados si solo lo consideráramos un filántropo sentimental. Su bondad surgió de la fuerza. Cuando hablaba, había una decisión en su tono y sus palabras que revelaban poder y autoridad. Leemos que:

La gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. (Mateo 7:28–29).

Autoridad en la enseñanza
Es importante considerar la autoridad de Jesús porque si sus afirmaciones están bien fundadas podemos aceptar su enseñanza con confianza.

Su autoridad no era la que proviene de haber aprendido mucho: la autoridad de Jesús era esencialmente personal, una autoridad que venía de quien era él. Esto es evidente en el Sermón del Monte (Mateo 5-7), donde Jesús enseña muy claramente sobre cómo deben vivir los hombres y las mujeres, y sobre el propósito de Dios con ellos. Jesús implícitamente hace afirmaciones profundas sobre sí mismo, así como pronunciamientos definidos sobre cosas futuras que afectan a sus oyentes.

Cuando Jesús comienza por decir quiénes son los “bienaventurados”, lo hace con una finalidad; no hay un argumento, sino una simple afirmación de que los pobres de espíritu, los mansos, los que buscan la justicia, los misericordiosos y los pobres de corazón son benditos. Y además él nos dice por qué: que estas cualidades son buenas porque quienes las poseen tienen cualidades que pertenecen a una vida futura. De ellos es el reino de Dios, y ellos verán a Dios. Un simple maestro no puede hacer tales afirmaciones: estas se basan en el propósito de Dios. Sin embargo, Jesús siempre habla con la seguridad de quien tiene pleno conocimiento sobre el tema. El mismo conocimiento del propósito de Dios se ve cuando dice que el Padre sabe de las necesidades de sus hijos, y que quienes buscan primero el Reino de Dios y su justicia tendrán todo lo que necesitan (Mateo 6:32-3).

Autoridad sobre la vida futura
Algunos de sus palabras en estos capítulos se refieren específicamente a las condiciones en las que los hombres y mujeres pueden entrar en una vida futura. Indica que las condiciones no serán fáciles y no provocarán una respuesta popular.

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mateo 7:13–14).

Quizás la más asombrosa de sus afirmaciones se refiere a su propia relación con el destino del hombre.

“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21).

Jesús no acepta a nadie que diga seguirlo, que no viva obedientemente en la forma que él instruye. Es la voluntad de Dios la que debe hacerse; sin embargo, Jesús está claramente involucrado personalmente en juzgar el asunto. Él está involucrado directamente como el medio por el cual Dios toma, comunica y lleva a cabo sus decisiones. No solo esto, sino que Jesús explica que sus palabras son la base sobre la cual se determinará el futuro de hombres y mujeres.

Al presentar la historia de los dos constructores, Jesús dice:

“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca… Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena” (Mateo 7:24–26).

No es de extrañar, entonces, que los hombres y mujeres que escucharon a Jesús reconocieron la autoridad con la que les enseñaba. Esta no era una autoridad hecha por el hombre o autoproclamada, esta era la autoridad de su asociación con Dios.

Explicando su autoridad
Entonces, ¿cuál era la fuente última de esta autoridad? Él mismo nos lo dice: es el Hijo de Dios, enviado por Dios con un mensaje que dar y una obra que hacer. Tanto el mensaje como la obra son fundamentales para que, en Jesús, Dios ofrezca al hombre y a la mujer la vida eterna. Leamos una selección de declaraciones del evangelio de Juan sobre este tema:

Hablando de sí mismo, Jesús dijo: “Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida. El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:34–36).

Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. (Juan 8:28).

Se confirma la tremenda importancia de tal mensaje, así como el efecto de rechazarlo: “El que me rechaza,, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero” (Juan 12:48).

Jesús reclamó una “doble” autoridad para su mensaje:

  • Puesto que le fue dado por Dios, tiene la autoridad del mismo Todopoderoso;
  • Como Hijo de Dios, sus palabras tienen importancia, viniendo de alguien tan grande.

La evidencia
La autoridad de Jesús se demostró a través de su enseñanza y a lo largo de su vida entre el pueblo de Israel. Consideraremos dos ejemplos, que resuenan con la “doble autoridad” descrita anteriormente.

Jesús demostró su autoridad en los milagros que realizó. Estos se llamaron “señales” en Juan 20:30, y eso es exactamente lo que fueron.

Los milagros o señales que Jesús llevó a cabo claramente iban más allá del poder humano y solo podían provenir de Dios. Pensemos en como resucitó a Lázaro de entre los muertos, alimentó a 5000 personas con cinco panes y dos peces y como calmó la tormenta en el mar de Galilea. En estos casos, Dios estaba demostrando que había enviado a Jesús, confirmando su autoridad. El apóstol Pedro confirma esto a los que escuchan en Jerusalén el día de Pentecostés, poco después de la ascensión de Jesús al cielo:

“Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él” (Hechos 2:22).

El segundo ejemplo también lo usa Pedro en Hechos 2, y es la resurrección de Jesús. En los versículos 25–36, usa conexiones con los Salmos 16 y 110 para mostrar que al resucitar a Jesús de entre los muertos, y al recibirlo después en el cielo, Dios mostraba a Jesús como ‘Señor y Cristo’.

Jesús resucitó de entre los muertos, un hecho que fue presenciado por más de 500 personas, algunas de las cuales escribieron su testimonio que podemos leer hoy en 1 Corintios 15:1–8. En esto Dios estaba demostrando que Jesús era el Cristo (el Mesías, o Ungido). No solo eso, sino que la resurrección, personificada en la tumba vacía, también era una garantía de que Jesús es el rey venidero del mundo. Fue otro apóstol, Pablo, quien proclamó en Atenas:

“Por cuanto [Dios] ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos (Hechos 17:31).

La autoridad de Jesús fue clara para sus oyentes y para aquellos que leen hoy sus palabras en la Biblia. Esta autoridad provino de quién era él, el Hijo de Dios, y de las cosas que dijo: el mensaje y la palabra de Dios. Las cosas que dijo fueron confirmadas por las cosas que hizo y su resurrección de entre los muertos. Podemos aceptar su enseñanza y construir nuestra vida alrededor de ella con confianza.

Las Señales de Jesús en Juan

En las lecturas diarias del Nuevo Testamento estamos en el evangelio de Juan, que de algunas formas es muy diferente a los tres anteriores. Una de las diferencias que notamos es que mientras los tres primeros frecuentemente describen en términos generales como Jesús hizo muchos milagros y sanidades, Juan en cambio describe sólo 7 milagros, llamándoles ‘señales’. Estas señales son el tema del más reciente cuestionario bíblico acá en  labiblia.com

La primera de estas señales de Jesús la encontramos en Juan 2:1-11, que podemos resumir de esta forma: 

Al tercer día hubo unas bodas en Caná de Galilea; y fueron invitados la madre de Jesús, Jesús y sus discípulos.

Y faltando el vino y habiendo allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la purificación de los Judíos, Jesús les dijo: llenar estas tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Luego dijo Jesús: Sacad ahora, y presentad al maestresala. Y se lo llevaron.

Y cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber de dónde procedía el vino (pero los sirvientes que habían sacado el agua sí lo sabían), el maestresala llama al esposo, y le dijo: Todo hombre pone primero el buen vino, y cuando están satisfechos, entonces saca el vino inferior; mas tú has guardado el buen vino hasta ahora.

Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él.

El milagro es sumamente curioso – estoy seguro que si cualquiera de nosotros hubiéramos recibido de Dios poder sin límite, no se nos hubiera ocurrido que nuestro primer milagro fuera resolver la falta de vino en una boda! Pero Jesús nada hizo por gusto, así que debemos indagar más a fondo.

Dentro del texto bíblico del Antiguo Testamento que todas aquellas personas conocían, el vino era un símbolo del buen comportamiento nacido de un buen corazón. Por ejemplo, el profeta Isaías dice lo siguiente al pueblo de Israel:

¡Cómo se ha convertido en prostituta la ciudad fiel! Llena estaba de derecho, y en ella habitaba la justicia; pero ahora la habitan homicidas. Tu plata se ha convertido en escoria; tu vino está adulterado con agua. Tus magistrados son rebeldes y compañeros de ladrones; cada uno ama el soborno y va tras las recompensas. No defienden al huérfano ni llega a ellos la causa de la viuda. (Isaías 1:21-23)

Y esta corrupción había continuado hasta el tiempo de Jesús, y por eso leemos en Marcos que el Señor les reprendió, con palabras del mismo Isaías: 

Este pueblo me honra de labios,
pero su corazón está lejos de mí.
Y en vano me rinden culto,
enseñando como doctrina
los mandamientos de hombres. (Marcos 7:6-8, Isaías 29:13)

Israel se había apartado de los mandamientos de la ley de Dios, mezclando su vino con la desobediencia, y Jesús venía a ofrecer un camino mejor: 

A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche. (Isaías 55:1)

Responderá Jehová, y dirá a su pueblo: He aquí yo os envío pan, mosto y aceite, y seréis saciados de ellos; y nunca más os pondré en oprobio entre las naciones (Joel 2:19)

Esta nueva palabra de salvación es la que traía Jesús, pero que los judíos no querían aceptar pues no querían cambiar su comportamiento.  Este es el significado de la parábola que Jesús les dijo en Marcos 2:22:

Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar.

A pesar que vivimos muchos años después, Dios en su amor aún nos ofrece el perdón de pecados por medio del sacrificio de Jesucristo su hijo, para toda persona que reconozca su pecado y desee un cambio en su vida, ¡Y la participación en ese sacrificio la recordamos compartiendo vino!

Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados. (Mateo 26:27-28)

La fe en el sacrificio, la muerte y la resurrección de Jesús nos proporcionan ese perdón que necesitamos y el cambio a una vida nueva. De esta manera recibamos el vino nuevo, puro y delicioso que requiere nuestra mente y corazón para que sirvamos a Dios a través de las enseñanzas de Jesús.

El episodio concluye subrayando el hecho de que este incidente era el “principio de señales”. El comentario de que este suceso fue para que Jesús revelara su gloria sugiere que los seguidores de Jesús comprendieron las “señales”, en tanto que para los demás asistentes esto pasó inadvertido. El desafío nuestro es tener ojos para “ver” y tratar de descubrir el sentido de estas grandes lecciones. Por tanto, nuestra tarea consiste en establecer el alcance del texto en el primer nivel, el espiritual.

¡Durante el mes de octubre sigamos la lectura emocionante del evangelio de Juan!  Y si quieres aprender más acerca de este tema, visita labiblia.com!

Muchas Veces, y de Muchas Maneras

La carta a los Hebreos se inicia con estas palabras: 

Dios, habiendo hablado en otro tiempo muchas veces y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo…

¿Te has puesto alguna vez a pensar en el hecho de que el Creador Todopoderoso, el Eterno, el Autor de todo lo que existe, el que da aliento a cada criatura, Él es el que nos ha hablado muchas veces y de muchas maneras…?

Cuando alguien tiene que hablar muchas veces y de muchas maneras lo que esto sugiere es que la gente o no está escuchando o no entiende. Y lo que Hebreos anuncia es que a pesar de nuestra falta de atención o entendimiento o voluntad por oír, aún así Dios realmente quiere llegar a nosotros.

¿No te asombra que el Dios que con un soplo creó las galaxias sea también un Dios que con paciencia, persistencia, y amor trata de acercarse a tí?

Si reflexionamos sobre las palabras de este escritor dentro del contexto más amplio de la Biblia, no hay duda alguna de que Dios ha hablado de muchísimas formas. Comenzando desde el principio:

  • Habló con Adán, dándole una explicación de quién era, el ambiente en el que existía, y la forma en que debía conducirse para vivir sin límite.
  • Conversó con Caín respecto al homicidio de su hermano, invitándolo a asumir responsabilidad y arrepentirse.
  • Habló con Noé acerca acerca del estado de la tierra, comunicándole cómo evitar la destrucción que era el destino de los que se habían entregado a la violencia.
  • Habló muchas veces con Abraham acerca de muchos temas – donde viviría, como le protegería, el destino de Sodoma y Gomorra – y hasta mandó a sus ángeles a compartir con él una comida.
  • Habló con Jacob por medio del sueño de ángeles que subían y bajaban entre cielo y tierra.
  • Habló con Moisés de la zarza, revelándole su nombre.
  • Habló con el pueblo de Israel desde la columna de fuego y al sustentarlos todos los días en el desierto. 
  • Habló con Josué cuando éste miraba la tierra de Canaán preguntándose cómo podría darle un hogar allí al pueblo que tantos años lo había esperado.

Estos son unos poquísimos ejemplos de las miles de ocasiones y maneras en que Dios habló, pues Dios habla en historias, en salmos, en lamentos, en profecía, por milagros, en sueños, en visiones de gloria, en cartas, en evangelios, en símbolos, en proverbios, en parábolas y de muchas formas más.  

¡De tantas maneras Dios ha hablado, y sigue hablando! Dios habla a artistas e ingenieros, a hombres y mujeres, a adolescentes y abuelos, a gente extraña y a personas ‘normales’. Dios habla por medio de personas que se sientan a comer con prostitutas y por personas que comen langostas en el desierto. Dios ha luchado constantemente, incansablemente, permanentemente por penetrar la neblina de nuestras mentes.

¿Esto qué nos enseña?
Una de las más grandes lecciones que nacen de esta reflexión es el tremendo valor que tienen para Dios todos sus hijos e hijas. Esto debiera ser obvio, pues si no tuviéramos para Dios un valor inestimable, ¿acaso habría instituido un sistema de salvación que dependiera del sacrificio de su único Hijo? Nuestro valor, y el de todos los demás hijos y las hijas de Dios, se mide en las gotas de sangre del unigénito, inocente, misericordioso y compasivo Hijo de Dios.

Isaías 53 nos revela que éste vería el fruto de la aflicción de su alma, y que quedaría satisfecho. Dios, el supremo arquitecto, que puede ver el final desde el principio, no habría pronunciado aquellas primeras palabras creando la luz si no le hubiera parecido que todo valdría la pena al final. 

Y si Dios se está esforzando tanto para llegar a nosotros, ¿no debiéramos estar haciendo nosotros lo mismo con las personas que nos rodean?

El Reto de la Comunicación
Todos los humanos somos difíciles. Esto no debería sorprendernos. En la Biblia no hay personajes de carácter sencillo – todos son personas complicadas y multidimensionales. Pensemos en Sansón, en Acab, en David, en Moisés, en Jacob, en Judá, en Zaqueo, en Pedro, María la hermana de Lázaro, en Sara, en Raquel y Lea, en Abigaíl. Las personas con las que Dios trabaja han sido siempre así. 

Jesús nos dice que perdonemos al que peca contra nosotros continuamente, y que es indispensable perdonar sin límites. ¿Acaso Jesús no nos está llamando a hacer aquello que Dios siempre ha hecho durante toda la historia de la humanidad? ¿Y sería necesario que Jesús nos dijera esto si las personas que nos rodean no nos ofendieran constantemente? Una y otra vez, incidente tras incidente, pecado tras pecado, durante toda la historia del mundo Dios ha perdonado y lo sigue haciendo. Perdona, y nos vuelve a invitar a conversar. Lo hace con paciencia, con amor, insistentemente, permanentemente. 

En nuestra vida enfrentamos todos los días retos de comunicación con otros. En Proverbios 20:5 Salomón nos dice que “como aguas profundas es el consejo en el corazón del hombre; Mas el hombre entendido lo alcanzará.

Lo interesante de este proverbio es que da por sentado que ese consejo del corazón de las personas sí vale la pena buscarlo. En otras palabras, vale la pena tratar de comprender a los demás. Lamentablemente, la pereza corroe nuestros esfuerzos por hacerlo. Respecto a nuestros cónyuges, hijos, familia, amigos, compañeros de trabajo y hermanos difícilmente podríamos decir que nos esforcemos ‘muchas veces, y de muchas maneras’ por comprenderlos – más apropiado sería decir que lo hacemos ‘de vez en cuando, cuando tenemos tiempo, y casi siempre de la mismas forma’.

Una de las formas más importantes de expresar el amor hacia las demás personas es por medio del esfuerzo que hagamos por comunicarnos con ellos. Día tras día, incansablemente, estableciendo a través de los años y las décadas aquellas relaciones que sustentan nuestra vida. Y sin hacerlo con la actitud de que ‘yo soy así, y ellos me tienen que comprender a mi manera’ sino más bien adaptándonos a la personalidad de ellos.

A finales de Lucas tenemos esta parábola: 

Un hombre plantó una viña, la arrendó a labradores, y se ausentó por mucho tiempo.Y a su tiempo envió un siervo a los labradores, para que le diesen del fruto de la viña; pero los labradores le golpearon, y le enviaron con las manos vacías.Volvió a enviar otro siervo; mas ellos a éste también, golpeado y afrentado, le enviaron con las manos vacías.Volvió a enviar un tercer siervo; mas ellos también a éste echaron fuera, herido. Entonces el señor de la viña dijo: ¿Qué haré? Enviaré a mi hijo amado; quizá cuando le vean a él, le tendrán respeto. (Lucas 20:9-13)

Esta parábola la conocemos bien, pero en vez de pensar en el simbolismo de cada personaje, ¿por qué no meditamos más bien en el tono general de las últimas palabras pronunciadas por el señor de la viña?: ‘¿Qué haré? Enviaré a mi hijo amado; quizá cuando…’. Son palabras de un padre amoroso que está reflexionando dentro de sí mismo sobre cómo lograr un acercamiento con hijos alejados de él…

La forma más poderosa en que Dios ha intentado hablarnos es por medio de la vida y muerte de su amado Hijo. Con esa misma compasión, dediquémonos a amar a nuestro prójimo de esa misma forma en medio de un mundo muy dividido y conflictivo.

Paciencia

Al leer los evangelios es posible que no nos hayamos percatado del ambiente altamente politizado en el que a Jesús le tocó desempeñar su ministerio. Los judíos vivían bajo el yugo del imperio romano, una dictadura extranjera. Estaban sometidos a fuertes impuestos y gozaban de pocos derechos y libertades. La opresión estaba siempre presente y por consiguiente el pueblo se rebelaba constantemente.

En este medio apareció Jesús presentándose como el Cristo, el Ungido de Dios: en otras palabras, como el líder de un gobierno venidero. Esto causaba consternación entre las autoridades romanas y los judíos que colaboraban con ellas.

Por tanto, cuando en Lucas 13 (una de las lecturas bíblicas de esta semana), le comentan a Jesús acerca de los judíos que habían sido masacrados en Galilea por orden del gobernador Pilato, ésta no era una conversación casual. Más bien era algo como decirle en nuestros tiempos al líder de un presunto grupo rebelde: “¿Acaso no oíste hablar de los militares que ametrallaron a 20 personas en la protesta por el alza del precio del combustible?”

Y no creamos que se lo dijeran porque eran simpatizantes, sino que procuraban provocarle para que censurara al gobierno romano y lo pudieran acusar de rebeldía, con el fin de que los romanos lo ejecutaran.

Pero como en el caso de la pregunta que le harían posteriormente respecto del pago de los impuestos, Jesús les responde hábilmente, orientando el diálogo hacia el enemigo más pernicioso aún que los romanos y que él había venido a vencer: no a los agentes de la mortalidad, sino a la mortalidad misma.

De la misma manera nosotros no debemos perder de vista quién es el verdadero enemigo. Día tras día oiremos hablar de conflictos y tragedias. Posiblemente seamos víctimas de agresiones o presenciemos actos de injusticia. Al igual que Jesús durante su ministerio, en la medida de lo posible debemos auxiliar a los desamparados, defender a los perseguidos y proteger a aquellos que por cualquier razón nuestras sociedades desprecian y excluyen. Pero no olvidemos que la solución definitiva de esta situación no está en que nos alcemos en armas para combatir contra los malvados e injustos, sino en que con paciencia y mansedumbre seamos las manos, los pies y los labios de Jesucristo en un mundo que desesperadamente lo necesita.

Guardemos en nuestro corazón las palabras de Isaías 42.1-7:

He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones. 

No gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia. No se cansará ni desmayará, hasta que establezca en la tierra justicia; y las costas esperarán su ley.

Así dice Jehová Dios, Creador de los cielos, y el que los despliega; el que extiende la tierra y sus productos; el que da aliento al pueblo que mora sobre ella, y espíritu a los que por ella andan: Yo Jehová te he llamado en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas.

Aguardemos con paciencia la llegada de ese día, que ya vendrá.

La Mejor Herramienta

Nuestra mejor herramienta para comprender la Biblia es ella misma.

En las lecturas diarias de esta semana estamos leyendo tres partes de la Biblia que ilustran claramente la importancia del uso de la Biblia misma para entender la Biblia. En este mes de septiembre nos encontramos en 2 Reyes leyendo acerca del rey Ezequías y a principios tanto de la profecía de Ezequiel como del Evangelio de Lucas. Para cada una de estas secciones de la Biblia hay otros libros y autores que describen los mismos sucesos o sucesos similares desde otros lugares u otros puntos de vista.

Consideremos primero la vida del rey Ezequías, comenzando en 2 Reyes 18. Este rey, descendiente de David, gobernaba el reino de Judá en un momento crítico. El imperio asirio estaba en pleno ascenso. Recién había llevado al cautiverio a los moradores del reino de Israel, justo al norte de Judá. Lo que debemos saber es que mientras los libros de Reyes nos relatan la historia tanto de Judá como de Israel, los libros de Crónicas hablan sólo de Judá, pero durante el mismo periodo. De manera que si queremos visualizar mejor los acontecimientos del reinado de Ezequías en un contexto amplio, es conveniente leer Reyes y Crónicas en paralelo. Y podemos llegar a tener un conocimiento más completo aún de la época de Ezequías porque el profeta Isaías es contemporáneo de él. En los capítulos 36 al 39 de su libro, Isaías también describe la invasión de los asirios y de la conversación entre Dios, el rey y el profeta durante esta crisis.

Cien años más tarde se da una situación similar. En esta ocasión es el rey Nabucodonosor de Babilonia quien ha invadido el reino de Judá. Durante este período los profetas Jeremías y Ezequiel están activos al mismo tiempo, con la diferencia de que Jeremías reside aún en Jerusalén mientras Ezequiel profetiza desde Babilonia, porque ya fue llevado al cautiverio. Y una vez más, Reyes y Crónicas describen la misma situación con detalles diferentes. Así que, leyendo estos cuatro libros podemos combinar cuatro perspectivas para lograr tener una idea completa de lo que sucede durante la notoria invasión de Nabucodonosor y el cautiverio babilónico.

Si nos familiarizamos con la estructura general del Antiguo Testamento con la ubicación en el tiempo y en el espacio de los diferentes libros podemos formarnos una mejor idea de su contenido. Se pueden encontrar en Internet cronogramas que incluyen toda esta información, pero para que se nos quede en la mente es mucho mejor crear uno nosotros mismos con papel y lapices de color.

En la tercera lectura, la del Nuevo Testamento, estamos dando inicio al evangelio de Lucas. Éste es el tercer testimonio, tras Mateo y Marcos, del ministerio de Cristo Jesús. Un pasaje sumamente interesante es Lucas 4:16-21, donde se nos dice de Jesús:

Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:

El Espíritu del Señor está sobre mí,
Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
A pregonar libertad a los cautivos,
Y vista a los ciegos;
A poner en libertad a los oprimidos;
A predicar el año agradable del Señor. 

Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.

Si tenemos una Biblia con referencias veremos que Jesús estaba leyendo Isaías 61. En otras palabras, para ayudarnos a comprender el mensaje y el ministerio de Cristo, ¡tenemos como recurso no sólo los 4 evangelios sino también los profetas del Antiguo Testamento!

Te animamos a que leas la Biblia todos los días. Y no se te olvide que para entenderla mejor, tu herramienta más útil es la Biblia misma.

El Primer Mandamiento

Uno de los desafíos de creer en un Dios invisible es el de nunca saber con plena certeza si estamos ‘bien’ con Él. ¿Qué exactamente quiere de nosotros? ¿Lo estamos logrando? Y al evaluar si estamos logrando o no cumplir la voluntad de Dios en nuestras vidas  – ¿Será cuestión de esforzarnos para perfeccionar nuestro entendimiento intelectual de Dios y de sus propósitos, o es de mayor importancia concentrarnos en practicar en forma más constante la piedad con actos de justicia y misericordia, aun si tenemos sólo un entendimiento básico…?

Estas inquietudes son parte de la condición humana, propias de personas de consciencia que quieren vivir bien esta vida, y los escritores de la antigüedad lo reconocieron y escribieron al respecto.

Cronológicamente, la carta de Santiago a los seguidores de Cristo dispersos por el mundo romano es una de las primeras que fueron escritas a las nuevas comunidades que comenzaban a crecer y multiplicarse, y tocante a estas preguntas, el líder de la iglesia de Jerusalén afirma categóricamente lo siguiente: “la fe, sin obras, es muerta”.

En otras palabras, si realmente creemos algo, lo llevaremos a la práctica. Nuestras convicciones serán conocidas en nuestros hechos.

Pero más allá de su sentido directo y literal, ésta afirmación es un poderoso resumen de la función y el propósito de la Palabra de Dios en general: el Todopoderoso no preservó 1,000 páginas de texto para responder a nuestras mil y un preguntas, sino que más bien la Biblia es un manual práctico de instrucciones de cómo conducirnos en la vida para evitar la muerte eterna. En otras palabras, si la “fe” sin obras es muerta, esto implica que toda “creencia” bíblica conlleva acciones concretas relacionadas con ella. 

Consideremos un ejemplo: durante su ministerio, las personas que odiaban a Jesús constantemente le hacían preguntas con la única intención de hacerle tropezar en público para que las multitudes se volvieran contra él. En uno de estos momentos un experto en las leyes judías se le acercó para preguntarle cual de todos los mandamientos era el más importante. Aunque su intención era simplemente causarle problemas, la respuesta de Jesús es de utilidad eterna.

Jesús le respondió, no con uno de los Diez Mandamientos, como tal vez esperaban, sino con Deuteronomio: “Oye Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor uno es.”

Como lectores de estas palabras ¿qué hacemos con ellas? Pues Jesús no parece haber respondido a la pregunta recetando un mandamiento, sino que responde con una ‘doctrina’. Y si aceptamos que esta enseñanza o doctrina es en efecto el mandamiento más importante de todos  ¿qué hacemos al respecto…? ¿Esta creencia, o doctrina, o “fe” – qué hechos demanda de mí?

La respuesta la hallamos en las palabras de Pablo a la comunidad cristiana de la ciudad de Éfeso. La primera sección del capítulo 4 culmina con el himno: “un cuerpo, un espíritu, una esperanza, un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”. Pablo expresa la unidad que nuestro mundo tan desesperadamente necesita. 

Pero, ¿Cómo lograrla..? Pues como dice allí mismo: como personas dignas de esta gloriosa aspiración, conduciéndonos “con toda humildad y mansedumbre, con paciencia solícitos en guardar la unidad….”.

Si crees en tu corazón que Dios es uno, y que nuestro más alta vocación es el de reflejar esta unidad en todos los aspectos de nuestra vida ¿son estas palabras una descripción de tu conducta? ¿En tu comportamiento con tu familia, tus padres, hijos y hermanos? ¿En tu matrimonio? ¿Describen estas palabras tu conducta con tus amistades y tus enemigos? ¿En tu trabajo y tu vecindario? ¿Cuando estás en el supermercado o vas en el autobús? ¿Y en tu iglesia? 

Vivimos en un mundo destrozado por divisiones abrumadoras – violencia familiar, racismo, conflicto entre las clases sociales, entre los sexos, entre comunidades de todo tipo… En fin, en casi todas las esferas que definen nuestra identidad nos vemos constantemente rodeados de agresiones, divisiones y conflicto.

Los que creemos haber sido todos universalmente creados a imagen y semejanza de Dios, y que nuestra condición más fundamental es la hermandad delante de el único Dios ¿fomentamos la unidad en todos los aspectos de nuestras vidas con humildad, mansedumbre, y paciencia?

Entiende lo que Lees

Nuestro crecimiento espiritual es una larga y tortuosa odisea, por lo que no debiera sorprendernos que la Biblia frecuentemente describa este proceso intangible utilizando relatos de viajes reales, casi como una metáfora a la inversa… Los ejemplos más conocidos son los de Abraham, quien salió de Ur de los caldeos hacia la “Tierra Prometida”, y el pueblo de Israel en su camino desde Egipto a la misma tierra de Canaán. Otro gran ejemplo que tal vez no se nos hubiera ocurrido es el de Noé, cuyo viaje fue un poco distinto – entró al arca para luego salir un año después a un mundo muy diferente a aquel del que había partido. 

Un viaje menos conocido es el del eunuco etíope. Este hombre africano había recorrido 2,000 kilómetros desde su patria en Etiopía en peregrinaje al templo de Dios en Jerusalén. Cuando el historiador Lucas nos lo presenta en el capítulo 8 de los Hechos de los Apóstoles, ya va de regreso a su tierra, lamentablemente sin haber logrado saciar la profunda sed que tenía en su alma. 

En su camino iba leyendo, sin alcanzar a comprender, Isaías 53:

Como oveja a la muerte fue llevado;
Y como cordero mudo delante del que lo trasquila,
Así no abrió su boca.
En su humillación no se le hizo justicia;
Mas su generación, ¿quién la contará?
Porque fue quitada de la tierra su vida.

En el capítulo anterior el profeta Isaías había dicho: “todos los confines de la tierra verán la salvación de Dios nuestro” y este extranjero de un país tan lejano anhelaba ser parte de esa salvación. Pero no alcanzaba a comprender cómo lograrlo, pues al continuar la lectura en el capítulo 53 las palabras se le volvían indescifrables, y durante su estadía en Jerusalén nadie se las había podido explicar.

Pero sin saberlo nuestro protagonista, el ángel del Señor le había mandado a Felipe el evangelista a esperar al lado de la carretera, ¡en el exacto lugar por el que etíope iría pasando al leer en voz alta estas palabras!

Al escuchar Felipe la lectura de aquella profecía se le habrá saltado el corazón en el pecho… ¿Aún este hombre del interior de África había venido a Jerusalén a buscar la salvación…? ¿Aún éste extranjero buscaba refugio en la esperanza de Israel..? 

Felipe inmediatamente se le acercó a preguntarle: “¿Entiendes lo que lees…?”

El eunuco le invitó a que se subiera con él al carro y Felipe le expuso el evangelio, las buenas nuevas de la vida, muerte y resurrección del Hijo de Dios, y del establecimiento de su reino universal. Tras escuchar estas palabras de salvación, el etíope, conmovido, le suplicó a Felipe que lo bautizara de inmediato en un riachuelo por el que pasaban. 

Levantándose de aquellas aguas de vida, continuó gozoso su camino.

Estos ejemplos nos desafían a que reflexionemos sobre nuestro propio camino. En esta vida tan indescriptiblemente amplia y maravillosa, con todas sus posibilidades infinitas, ¿estamos parados sin movernos, o nos levantamos cada día con el propósito de dar un paso más hacia adelante, para crecer?

“Busquen y hallarán”, nos dijo Cristo. A la persona que busca, Dios no permitirá que siga perdida. 

Pero es necesario buscar. Es necesario pedir. Es necesario tocar a la puerta. Dios nos dará con generosidad y amor las cosas que persistentemente buscamos. “Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos” continúa Jesús, “¡cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!”.

Así que tú, en tu propia odisea, sigue el ejemplo de aquel etíope: Lee. Pregunta. Medita en las respuestas. Entiende lo que lees, y reflexiona sobre lo que debes hacer. 

Si no comprendes, o si no estás seguro de lo que debes hacer, no te preocupes, pues nunca estás solo. Dios sabe qué buscas y te ayudará. 

El autor de la Carta a los Hebreos celebra la fe de Abraham porque salió de su tierra sin saber adónde iba. El destino al que Dios nos conduce excede nuestra imaginación, así que no te preocupes tanto por esa parte. Nuestra tarea de hoy es simplemente dar un paso más.  

¿Dónde estamos parados?

Jesús al finalizar el llamado Sermón del Monte, nos relata una parábola conocida como «las casas y sus cimientos» y la podemos encontrar en Mateo 7:24-27 y en Lucas 6:47-49. Nuestro Señor a través de este mensaje busca darnos una enseñanza muy importante para nuestras vidas.

En esta parábola se cuenta la historia de dos hombres, uno prudente y otro insensato, quienes construyeron sus casas en dos tipos de suelo diferentes. El prudente la hizo sobre la firmeza de una roca, estableciendo sus cimientos en ella; el insensato la hizo sobre la tierra o la arena y en ella puso sus cimientos. Luego se menciona que al venir una tormenta, al haber inundación, etc. la casa del insensato fue arrastrada y destruida, mientras que la del prudente permaneció intacta.

Ahora bien, ¿será que Jesús nos quiere dar lecciones de arquitectura o ingeniería? Si bien son consejos útiles en tal sentido, acá Jesús nos está hablando de algo espiritual. Jesús utiliza esta historia para enseñarnos cómo debemos edificar nuestras vidas. El hombre prudente que edifica sobre la roca es el hombre que decide poner su esperanza, su fe, su creencia en la Roca, es decir en Dios (Salmo 78:35, Habacuc 1:12, 2 Samuel 22:32). Es la persona que decide estar firme, echar sus raíces, sus cimientos, en la Palabra de Dios y vivir conforme a lo establecido en ella (1 Juan 2:17, Santiago 1:25, Éxodo 19:5). Entonces cuando vengan las tormentas, es decir, las tribulaciones terrenales, Dios lo sostendrá y al final de los tiempos recibirá la corona de vida que se le prometió por medio de Jesús (Salmo 34:19, 2 Corintios 1:3-4, Romanos 8:18, ).

Sin embargo, la persona insensata es quien decidió establecer su vida en las cosas del mundo, quien decide confiar en las personas en vez de Dios, quien decide seguir lo que el mundo dicta (Romanos 12:2, Jeremías 17:5, Santiago 1:22) y cuando viene la tormenta, es arrastrada por los caudales y su vida se pierde.

De este modo, Jesucristo nos está llamando a que nos autoevaluemos y veamos dónde hemos puesto nuestros cimientos de vida, nuestra salvación y esperanza; si lo hicimos en él y en su Padre, o por el contrario, en el mundo. Si estamos en la arena, vayamos a la roca antes de que venga la tormenta.

Lucas G

¿Qué debo hacer para ser salvo?

Hoy día, hay mucha desesperación por las circunstancias que rodean cada día de nuestras vidas – desempleo, hambre, enfermedad, delincuencia… El día a día se vuelve un campo de supervivencia si tan sólo vivimos por vivir. Según la Biblia en Isaías 43:1-7 hay una razón por la cual hemos venido a este mundo: para adorar a Dios por sobre todas las cosas. 

“Pero ahora, así ha dicho el SEÑOR, el que te creó…: “No temas, porque yo te he redimido. Te he llamado por tu nombre; tú eres mío. Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y cuando pases por los ríos, no te inundarán. Cuando andes por el fuego, no te quemarás ni la llama te abrasará. Porque yo soy el SEÑOR tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador…. Puesto que ante mis ojos tú eres de gran estima, y eres honorable, y yo te amo…. “No temas, porque yo estoy contigo…. A cada uno que es llamado según mi nombre y a quien he creado para mi gloria, yo lo formé. Ciertamente yo lo hice.”

No importa el tiempo o las circunstancia que atravesamos, hay un propósito en ello: que seamos salvos, que reconozcamos la autoridad, soberanía y señorio de Dios en nosotros y Su plan de salvación para cada individuo. 

En Hechos capítulo 16 se nos narra sobre una situación difícil que atravesaba un hombre, la cual podría ser hoy día, la de muchos de nosotros. El escritor nos menciona su interrogante: ¿Qué debo hacer para ser salvo?

Este punto o interrogante en el corazón del hombre es la puerta o punto de partida que Dios ofrece para ser salvos, no sólo nosotros sino con toda nuestra casa. Al responder a este llamado podemos convertirnos en el Noé de nuestra familia, de nuestro vecindario, ¡de nuestro país! Podemos ser el camino para que los valores del Reino de Dios sean restaurados al mundo, y se cumplan en nosotros las palabras de Jesús a Zaqueo: “Hoy ha venido la salvación a esta casa”. 

Hoy día la pregunta es la misma en los corazones angustiados por la pobreza, el dolor, la incomprensión, la infidelidad, la escasez, la falta de oportunidad, la impotencia. Ante estas y otras  interrogantes la respuesta es la misma: “Cree en él Señor Jesucristo y serás salvo tú y toda tu casa.”

Pero surge una pregunta obligada: ¿Hay salvación para este mundo? Puedo decirte que ¡Sí, la hay! Te invito a que juntos descubramos el plan de Dios para tu vida. Juntos descubramos la manera de ser salvos no sólo de las cosas presentes, sino también de las futuras; de las pasajeras, como de las eternas.

¿Aceptas el reto?

Pero cuando ya fui adulto

Como estudiantes de la Biblia uno de los momentos que nos dan escalofríos de anticipación es cuando  Dios llama a Abraham a que deje su tierra y su parentela para viajar hacia lo desconocido. 

Ese momento es el llamado universal que todos hemos recibido, el máximo ejemplo de aquello a que Dios ya había aludido en Génesis 2 al señalar que es indispensable dejar padre y madre para realmente crecer. La transición de la adolescencia a la adultez tiene tanta promesa – ¡posibilidades casi sin límite! La madurez es una tierra prometida a la que Dios nos conduce, dotándonos de increíbles talentos y abriéndonos los horizontes – si es que tenemos valor como para darle la espalda al pasado para caminar hacia donde Él nos lleve.

El libro de los Jueces es una exploración a fondo de esta etapa, de esta transición. Lo sabemos porque el autor enmarca el libro con dos frases muy claras: abre con “Aconteció después de la muerte de Josué…” (en el 1:1) y cierra con “En estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía.” (21:25). 

Jueces es pues la historia de nuestras vidas adultas. En este libro el autor divino nos hace grandes preguntas: ¿Qué haremos con la preciosa libertad que Dios nos da en esta vida? ¿Qué decisiones tomaremos cuando ya no vivimos bajo autoridad? 

La historia bíblica de la familia de Abraham que inicia en Génesis 12 y se extiende hasta el último capítulo del Apocalipsis nos enseña que una sola persona, procediendo con fe y dispuesto a sacrificarlo todo, puede transformar el futuro eterno de toda la humanidad. El libro de los Jueces, en cambio, nos relata lo que ocurre con nosotros y nuestras familias cuando tomamos decisiones de otro tipo….

Pero retrocedamos un poco para confirmar que tenemos justificación textual para interpretar el libro de los Jueces de esta forma. La clave está en Corintios. Al final del capítulo 9 de la primera carta a los Corintios tenemos palabras muy conocidas:

¿No saben que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero solo uno lleva el premio? Corran de tal manera que lo obtengan. Y todo aquel que lucha se disciplina en todo. Ellos lo hacen para recibir una corona corruptible; nosotros, en cambio, para una incorruptible. Por eso yo corro así, no como a la ventura; peleo así, no como quien golpea al aire. Más bien, pongo mi cuerpo bajo disciplina y lo hago obedecer; no sea que, después de haber predicado a otros, yo mismo venga a ser descalificado.

En corto, si vamos a correr, corramos para ganar. ¿Pero qué hace el deportista que quiere ganar? ¿Cómo se prepara? Entre muchas otras cosas, analiza las estrategias y los resultados de todos los demás competidores. Y esto es precisamente lo que hace Pablo a continuación en el capítulo 10: 

No quiero que ignoren, hermanos, que todos nuestros padres estuvieron bajo la nube, y que todos atravesaron el mar. Todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar. Todos comieron la misma comida espiritual. Todos bebieron la misma bebida espiritual, porque bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Sin embargo, Dios no se agradó de la mayoría de ellos; pues quedaron postrados en el desierto… Estas cosas les acontecieron como ejemplos y están escritas para nuestra instrucción, para nosotros sobre quienes ha llegado el fin de las edades.

Pablo nos recuerda que el pueblo de Israel fue participante en la misma carrera en la que nosotros ahorita estamos. Y perdieron. En esta sección el apóstol identifica las decisiones perjudiciales que condujeron a su eventual derrota. 

Veamos otro pasaje: el evangelista Mateo parece estar escribiendo principalmente a conocedores del Antiguo Testamento pues lo cita constantemente. Una referencia sumamente interesante es ésta, cuando José y María huyen de Herodes:

Entonces José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto. Y estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que habló el Señor por medio del profeta, diciendo: De Egipto llamé a mi hijo.

Lo que aquí nos llama la atención es que si leemos el pasaje que Mateo cita (en Oseas 11:1+) no se nos habría ocurrido que se refería a Cristo:

Cuando Israel era muchacho yo lo amé; y de Egipto llamé a mi hijo.  Mientras más los llamaba más se iban ellos de mi presencia. A los Baales ofrecían sacrificio y a los ídolos quemaban incienso. Pero fui yo el que enseñó a caminar a Efraín tomándolo por sus brazos. Sin embargo, no reconocieron que yo los sanaba. Con cuerdas humanas los atraje, con vínculos de amor. Fui para ellos como los que ponen un bebé contra sus mejillas y me inclinaba hacia ellos para alimentarlos.

Oseas obviamente se refiere al pueblo de Israel, mientras que Mateo lo interpreta como referencia a Cristo. ¿Cómo entender esto?

Lo que tanto Pablo como Mateo nos están enseñando es que las historias que Dios ha preservado en el Antiguo Testamento han sido cuidadosamente seleccionadas porque describen la experiencia humana universal. Lo que pasó a Israel como nación es lo que igual atravesó Cristo – y lo que vivimos también todos nosotros.

En nuestro desarrollo, la infancia y juventud, que casi vienen a ser como esclavitud (ver por ejemplo Gálatas 4), dan lugar al despertar espiritual marcado por el bautismo – el momento en el que salimos de Egipto por medio del agua y el espíritu. De allí, al igual que Cristo y el pueblo de Israel, entramos inmediatamente a un período de prueba, a un período de definirnos. 

¿Pero qué viene después? Lo que sigue es la entrada a la tierra prometida, al lugar donde ya no estamos bajo la autoridad de otros, sino que existimos como adultos moralmente e espiritualmente independientes, responsables por nuestro propio destino.

Ahora que ya no somos niños, ¿qué vamos a hacer?

Ésta es tu Vida

Hace un año cuando la pandemia comenzaba a derramarse sobre la faz del planeta abrimos la Palabra de Dios para buscar orientación y consuelo. Descubrimos que a lo largo de la historia bíblica muchas personas habían tenido que abandonar todo lo que rutinariamente hacían para permanecer encerrados, sin poder hacer más que orar y esperar.

Pero ha pasado un año y seguramente, en alguna medida, todos hemos retomado al menos algunas de las actividades a las que “normalmente” nos dedicábamos antes. ¿Pero es posible que sigamos medio paralizados, viviendo como en la penumbra de un eclipse…? ¿Hay aspectos de nuestra vida que no hemos retomado – proyectos, relaciones, sueños dejados en suspenso? ¿Estamos esperando que las cosas se “normalicen” para volver a realmente vivir?

Si estamos totalmente o parcialmente en esa condición tal vez es tiempo de volver nuevamente a la Palabra.

Así como hallamos ejemplos bíblicos de personas encerradas por poco tiempo sin posibilidad de moverse, podemos hallar también a aquellos cuyo cambio de circunstancias no fue de horas y días sino años o aún décadas. Pensemos en José, hijo de Jacob. A partir de los 17 años, su vida fue una serie de cambios bruscos e imprevistos a las que se tuvo que adaptar. Primero, sus hermanos inesperadamente lo aprisionaron y vendieron como esclavo a mercaderes de otra nación. Y cuando por duro esfuerzo y dedicación logró irse levantando, fue acusado falsamente de un crimen que no había cometido, y encarcelado durante varios años. Sin embargo, en el libro de Génesis capítulo 39, cuando nos acercamos a José para visitarlo en la cárcel, vemos que en vez de estarse lamentando de su pésima suerte había comenzado a dedicarse a la administración de la institución donde estaba preso, cuidando a los demás prisioneros y velando por ellos. 

Al igual que José, muchos de nosotros seguimos privados de las libertades que anteriormente disfrutábamos. Pero, ya que estamos en esta situación y realmente no hay como salir de ella, ¿Será tiempo de poner manos a la obra y dedicarnos de lleno a lo que podemos hacer…? 

En la profecía de Jeremías tenemos otro ejemplo. Nabucodonosor rey de Babilonia derrotó al rey de Judá y se llevó cautivo un grupo de prisioneros de la ciudad de Jerusalén. Éstos en un principio pensaban sólo en volver a casa. Lo que no sabían es que su cautiverio duraría 70 años. 

En el capítulo 29 tenemos el texto de la carta que el profeta mandó a los cautivos:

“Así ha dicho Jehová de los Ejércitos, Dios de Israel: “A todos los que están en la cautividad, a quienes hice llevar cautivos de Jerusalén a Babilonia: Edifiquen casas y habítenlas. Planten huertos y coman del fruto de ellos. Contraigan matrimonio y engendren hijos e hijas. Tomen mujeres para sus hijos y den sus hijas en matrimonio, para que den a luz hijos e hijas. Multiplíquense allí y no disminuyan. Procuren el bienestar de la ciudad a la cual los hice llevar cautivos. Ruegen por ella al Señor, porque en su bienestar tendrán ustedes bienestar.”»

Una escritora norteamericana entrevistó a algunas personas que por su profesión u otras circunstancias se habían tenido que acostumbrar a estar aislados durante largos períodos. Entre ellos estuvo el astronauta canadiense Chris Hadfield: “Reconoce que esta no es una pausa en tu vida” dijo. “Ésta no es una interrupción, o una imposición. Esta es tu vida”.

Kevin H

Olvidar

El verbo olvidar, en sus diversas conjugaciones, aparece más de cien veces en la Biblia. Olvidar significa perder la memoria o el recuerdo de alguna cosa, o dejar de pensar en ella. Etimológicamente nuestra palabra en español viene del latín oblitare, que comunicaba la idea que algo se escapara deslizando de nuestra mente o memoria. 

En varias ocasiones el verbo olvidar va acompañado del adverbio de negación «no». Por ejemplo, en Deuteronomio 8:11-19, Moisés inicia diciendo “Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos” y finaliza con una fuerte advertencia que si llegaran a olvidarse de Dios de cierto serían destruidos.

En el mismo libro Moisés advierte a los Israelitas que no olvidaran todas las cosas que habían visto desde que Dios intervino por ellos en Egipto, y durante todo su camino por el desierto, y que se las enseñaran a sus hijos y a sus nietos (4:1-9).

David le suplica a Dios que no olvide a los pobres (Salmos 10:12). De la misma forma, Asaf le ruega que no olvide para siempre la congregación de los afligidos (74:19). Asaf también recuerda al pueblo que enseñemos a nuestros hijos las maravillas de Dios, “que no se olviden de las obras de Dios” (78:1-7). 

En el Salmo 119 un Israelita piadoso declara 10 veces que no se olvidaría las palabras de Dios, de su ley, de sus estatutos, de sus mandamientos.

Sin embargo, hay por lo menos un caso en el que Moisés manda olvidar: “Cuando siegues tu mies en tu campo, y olvides alguna gavilla en el campo, no volverás para recogerla; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda; para que te bendiga Jehová tu Dios en toda obra de tus manos.” (Dt 24:19)

Y el Dios eterno y omnisciente, ¿Olvidará nuestros pecados…? (Jeremías 31:31-34)

Lorraine K.

La Pregunta sobre el Racismo

Cada vez que Jesús bajaba de Galilea a Judea era oportunidad para que las élites del momento – Fariseos, Saduceos, Herodianos, sacerdotes, doctores de la ley – lo atacaran con preguntas cuyo único objetivo eran hacerlo tropezar en público. Frecuentemente lo asediaban con situaciones socialmente complicadas, como por ejemplo si debían pagar impuestos a los romanos, si era lícito divorciarse, o qué hacer con una mujer sorprendida (a solas…?) en el mismo acto de cometer adulterio.

Como en todos los lugares y todos lo tiempos, el tema de la raza siempre es delicado. Israel, situado en el nexo de tres continentes, no estaba exento y una pregunta al respecto era el pretexto ideal para intentar sembrar discordia entre los seguidores de Jesús.

Tras confirmar que una multitud de sus seguidores le rodeaban, se acercaron los fariseos a preguntar: “Maestro, ¿Será cierto que ante Dios todas las razas son iguales?”.

Su respuesta era lo que menos les importaba. Lo único que querían era sembrar conflicto entre la mezcla de razas y clases sociales que seguían a este profeta cuya forma de hablar le marcaba como originario de uno de los pueblos insignificantes de la región de Galilea de los gentiles.

Pero, como solía hacer, Cristo les responde con su propia pregunta: “¿Qué está escrito? ¿Ustedes cómo leen?”.

Pero ellos optaron por guardar silencio, sabiendo que habiendo sembrado la duda entre el populacho pendiente, Jesús se vería obligado a contestar.

Jesús los miró con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones. Respondiendo, les dijo: “¿No habéis leído que el que hizo al hombre al principio nos hizo de un sólo padre y una sola madre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, nos portamos deslealmente el uno contra el otro, profanando la palabra de Dios? ¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Mas vosotros os habéis apartado del camino; habéis corrompido el pacto y hacéis acepción de personas.”

Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más.

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Si has leído los evangelios sabrás que esta conversación exacta nunca ocurrió. Pero posiblemente escuchaste en ella ecos de Mateo 19, Marcos 3, Lucas 10, Malaquías 2 y Génesis 1…

Nuestro objetivo como estudiantes de la Biblia es procurar conocer la mente de Cristo con el fin de poder pensar, hablar y actuar como él en el transcurso de nuestra vida diaria.

La mente de Cristo la conocemos primeramente por medio del estudio constante de los evangelios. Luego, reconociendo que seguimos a aquel que es llamado “la palabra hecha carne”, y cuyo pensar fue formado por su inmersión total en las escrituras del Antiguo Testamento, estudiamos también todos aquellos libros que eran para él la Biblia. De esta forma, aunque es cierto que a Jesús nunca le preguntaron directamente si había diferencia entre las razas o los colores, podemos saber con bastante certeza cómo habría respondido si la pregunta se le hubiera presentado.

La respuesta es sencilla. Como dice el profeta Malaquías, aunque había en Dios abundancia de espíritu – o sea, que no le faltaba poder como para haber creado mil parejas al principio, y no sólo una – era esencial que toda la humanidad naciera de un sólo hombre. Era necesario por algunas razones, pero la más importante es para que todos fueramos redimidos por un sólo hombre. Que fueramos un solo pueblo, con un solo camino a la salvación. Y por esta razón en el principio Dios creó una sola pareja, padres de toda la humanidad, y todos sin excepción somos descendientes de ellos y hermanos entre nosotros.

  • La mente de Jesús la conocemos también por la comisión que nos dió a todos sus discípulos antes de ascender a su Padre: “Id y haced discípulos a todas las naciones”.
  • La mente de Jesús la conocemos por lo que dice Pedro cuando es enviado a bautizar al centurión romano llamado Cornelio: “comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia.”.
  • La mente de Jesús la conocemos cuando sus apóstoles predican a los samaritanos, un pueblo tradicionalmente despreciado por los judíos de aquel tiempo.
  • La mente de Jesús la conocemos cuando Felipe es enviado a anunciarle el evangelio al etíope, y cuando este pregunta si hay impedimento para que se bautice, Felipe responde que el único requisito es creer.
  • La mente de Jesús la conocemos por la mensaje a su siervo Juan acerca del reino venidero, en el que ve “una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero”.

Todos los hombres y mujeres de todas las naciones y razas estamos igualmente alejados de Dios por nuestros pecados. Todos somos redimidos solamente en Cristo, en quien no hay hombre ni mujer, esclavo ni libre, judío o griego. Y en quien tampoco hay pobre ni rico, blanco ni negro, urbanita o pueblerino, universitario u obrero. Nadie tiene ventaja o desventaja por razón de su nacionalidad, raza, género, educación, condición social o económica o ningún otro factor que marcamos en nuestras sociedades corrompidas por la terrible ceguera de la carne. ¿Acaso no nos es obvio cuales han sido las consecuencias de la discriminación y el racismo en nuestras comunidades? Si no extirpamos de nuestro medio el racismo como el veneno que es, ¿no seremos condenados por Cristo tan ferozmente como respondió a aquellos que no se compadecían de los pobres, las viudas, los enfermos y los discapacitados…?

Recordemos las palabras de Santiago, el hermano de nuestro Señor: «Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis; pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores.» (Santiago 2)

-Kevin H.

No olvides mis enseñanzas

Muchas personas dicen que no hay una forma correcta de vivir la vida.

Afirman que no hay un manual que nos pueda ayudar a entender la existencia, y que no hay un conjunto de instrucciones que nos indiquen cómo debemos vivir. Sin embargo, nosotros los hermanos en Cristo creemos que la vida SÍ viene con un instructivo, y que éste nos fue dado por Dios.

Ese instructivo es la Biblia y en ella se nos señala tanto el camino a seguir como las cosas que debemos evitar. Se nos dan promesas pero también advertencias. Y cuando una persona conoce el camino que debe seguir y anda en él con devoción y obediencia, logra tener paz y se vuelve una persona feliz o bienaventurada a pesar de las dificultades de la vida.

En pocas palabras, la Biblia es el mapa que nos guía a la paz y a la felicidad completa, y es en el futuro reino de Dios. Si hemos creído en Cristo, debemos aprender a vivir de acuerdo con las instrucciones que Dios nos ha dejado. Antes, cuando no habíamos recibido a Cristo como Señor y Salvador, vivíamos a nuestro modo, desde nuestro punto de vista y como a nosotros nos parecía mejor.

Sin embargo, ahora que le hemos recibido como nuestro Señor, debemos seguir su voz y obedecerle en todo. Recuerde lo que dice Juan 10:27: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen”.

Por esta razón, debemos prestar atención a las instrucciones de Dios. Debemos atenderlas y ponerlas por obra.

En nuestra vida, cuando no sabemos cuáles son las reglas a seguir y llevamos a cabo nuestra vida sin la sabiduría de Dios, eso trae mucha vergüenza y quebranto. Por lo tanto, debemos aprender a vivir de acuerdo con las instrucciones que Dios nos dejó.

Aún así, al hacerlo, podemos estar seguros de que la paz, la felicidad y el gozo no nos acompañarán completamente debido a que la misma palabra nos enseña que debemos de pasar por pruebas difíciles para ir siendo purificados en nuestras debilidades (vea l Pedro 1:6-9).

Mira lo que dice Proverbios respecto de escuchar las enseñanzas y pautas que Dios nos da:

“Hijo mío, no te olvides de mi ley, Y tu corazón guarde mis mandamientos; Porque largura de días y años de vida Y paz te aumentarán. Nunca se aparten de ti la misericordia y la verdad; Átalas a tu cuello, Escríbelas en la tabla de tu corazón; Y hallarás gracia y buena opinión ante  los ojos de Dios y de los hombres”. (Proverbios 3:1-4)

¡Qué tremenda bendición tienen los que guardan y obedecen la Palabra de Dios!

Al leer este pasaje, recordamos  las palabras de Moisés a los israelitas que recién comenzaban a vivir siguiendo las instrucciones de Dios. Él les dijo en Deuteronomio 5:33 lo siguiente: “Sigan por el camino que el Señor su Dios les ha trazado, para que vivan, prosperen y disfruten de larga vida en la tierra que van a poseer”.

Finalmente, el pasaje dice que al vivir de este modo: “Hallaras gracia y buena opinión delante de Dios y de los hombres”. El favor de Dios es su ayuda y socorro en todas las circunstancias, sean estas buenas o no, ya sea en todo lo que hagamos con nuestras familias, en nuestros trabajos o nuestras actividades del diario vivir, pero sobretodo en nuestro camino espiritual.

Además, la gente tendrá una buena opinión de nosotros y eso hará que podamos convivir y llevarlos a conocer la verdadera Luz del mundo. Seremos amados y estimados por las personas que lleguen a conocer esta gran verdad; cumpliendo así el mandato de nuestro Señor, no solo en guardar y obedecer sino también en llevar las buenas nuevas del reino de Dios.

Al hacerlo, podemos estar seguros, como lo dice la Palabra, que tendremos una vida abundante, llena de paz y bendiciones; no solo por unos momentos en nuestra Vida actual, sino que será mucho más glorioso y para siempre, cuando veamos nuestros nombres escritos en el libro de la vida, y vivamos plenamente en el futuro reino que se establecerá acá en la tierra cuando nuestro Señor Jesús regrese.

Así que no olvidemos sus enseñanzas y confiemos en todo momento porque su promesa es nuestra garantía.
Alex A

Esperanza

La prostituta de Jericó no tenía esperanza alguna de salvarse. Aquella mujer pecadora, de una ciudad corrupta y destinada a destrucción, abrigaba en silencio su fe en el Dios de Israel. Su fe en un Dios que rescataba a sus hijos de la esclavitud. En un Dios que los había sustentado milagrosamente al conducirlos por caminos secos y pedregosos. En un Dios que defendía a sus hijos de sus enemigos. En un Padre severo y misericordioso, justo y amoroso. Su fe en el Dios de dioses, Rey de cielo y tierra (Dt 4:39 || Josué 2:9-11). Y tan segura como su fe en el Dios de Israel era su convicción que Él les había preparado un reino a sus hijos… un reino cuyo territorio sería la tierra y ciudad donde ella vivía. Para Rahab la conquista de Canaán, comenzando con Jericó, era tan segura e implacable como la marea creciente bajo la luna llena. 

Al otro lado del río Jordán Josué luchaba con sus dudas y temores. Tanto Dios como sus hermanos le trataban de dar ánimo y valor – “sólo esfuérzate y sé valiente!”  – la frase se repite 4 veces en el primer capítulo del libro que lleva su nombre. ¿Podría realmente ocupar el lugar de Moisés? ¿Sería realmente la herramienta escogida para llevar al pueblo a la tierra que Dios les había prometido? Sumido en incertidumbre toma la decisión incomprensible de enviar espías a Jericó, aventura que anteriormente había resultado en 40 años de castigo para el pueblo…

Los mensajeros (Stg 2:25) enviados por Josué llegaron a la ciudad y casi inmediatamente fueron identificados, pero no había forma de retroceder. Escuchando los susurros de las personas que los rodeaban pero que aún no se atrevían a enfrentarlos, buscaron pronto refugio y lo hallaron tras la puerta abierta de Rahab. Ella, mujer acostumbrada a una vida difícil e impredecible, inmediatamente los reconoce y formula un plan para salvarles la vida y ayudarles a escapar. A cambio les demanda sólo una promesa: de salvarla a ella y a toda su casa. La condición que ellos le ponen? Refugiarse tras puertas cerradas en la casa marcada con el cordón rojo.

El significado del cordón lo hallamos en Génesis 38, casi 400 años atrás. Judá, cuarto hijo de Jacob, tiene hijos gemelos. El primogénito es marcado con un cordón rojo atado a la muñeca. Ese cordón rojo se convierte en un símbolo del principado de la tribu de Judá, tribu a la cual sin duda pertenecía al menos uno de los espías enviados por Josué. 

Cuántos días se refugió Rahab dentro de su casa no sabemos. Lo que sabemos es que cuando cayeron los muros de Jericó una sola casa permaneció en pie. Una sola casa fue protegida de la muerte y destrucción – la casa protegida por la señal del príncipe y heredero de la tribu de Judá.

1500 años después, cuando Santiago nos quiere dar dos grandes ejemplos de la fe en acción, cuando nos quiere demostrar que las creencias se miden y definen por las decisiones concretas que tomamos a raíz de ellas, nos menciona sólo dos personas: Abraham y Rahab.

Muchos años antes que naciera Rahab un hombre llamado Lot, de cuya fe Pedro es testigo (2 Pedro 2:7), moraba en otra ciudad destinada a destrucción. La injusticia que prevalecía en la ciudad de Sodoma había excedido todos los límites. Pero como nos dice el profeta Amós (cp. 3) Dios no castiga sin antes advertir. 

De los tres ángeles (o mensajeros) que se le aparecieron a Abraham, dos se dirigen a Sodoma mientras que el tercero se queda conversando con Abraham a revelarle lo que estaba por ocurrir. Abraham, que sabe que en aquella ciudad viven su sobrino con su familia, intercede con Dios por ellos: El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo…? suplica el amigo de Dios en Génesis 18

En la ciudad de Sodoma Lot, como Rahab, abre las puertas de su hogar a los mensajeros y los protege de sus conciudadanos. Y ellos, como los espías a Rahab, le urgen a reunir a su familia para que se salven. A diferencia de Rahab, no toda la familia de Lot acude. Lot, desesperado, vacila en salir de la ciudad. Con la destrucción a las puertas, las palabras del ángel a Lot son importantísimas para nosotros: “date prisa y huye de una vez, porque no puedo hacer nada hasta que [escapes].” 

En la crisis global que actualmente estamos presenciando, con tanto sufrimiento de tantas personas, una de las grandes preguntas que nos haremos es la misma de Abraham hace 4000 años: “El Juez de toda la tierra, no ha de hacer lo que es justo…?”. Dios responde con los dos ejemplos que aquí hemos visto: Dios conoce a los que son suyos. Abraham no se atrevía a pensar que Dios detendría sus castigos justos por menos de diez personas… este gigante de la fe aún no había asimilado que el Juez de toda la tierra no puede permitir que se pierda ni una sola persona de fe.

Tengamos paciencia y no abandonemos nuestro refugio en casa marcada con el cordón (Heb. tikvah, o “esperanza”) rojo de aquel gran primogénito de la tribu de Judá. Y tampoco dudemos que en este caos el Juez de toda la tierra hará lo que es justo. Y ¿qué sabemos si no seremos nosotros los mensajeros enviados por Dios para salvación de más de alguno?

Qué dichosos somos

Cuando leí el Salmo 33 sentí que se refería a la situación actual del mundo. Con esta pandemia, creyentes y no creyentes pudimos ver que una simple forma de vida microscópica pudo crear caos, temor, desorden. Cambió por completo la realidad. También pudimos ver que no discrimina entre ricos y pobres, entre etnias, entre adultos y jóvenes. Todos estamos abarcados.
El Salmo 33 menciona que Dios desbarata los planes de las naciones para que le teman y le honren. También dice que observa a la humanidad desde su trono y conoce todas nuestras acciones. Dios declara que ni los reyes, ni los más valientes y fuertes pueden salvarse por sí mismos sino que solamente pueden hacerlo con su ayuda.
Pero a quienes decidimos servirle, Dios nos dice: «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que escogió por su heredad» (Salmo 33:12) y «Pero el Señor cuida de los que le temen, de los que esperan en su gran amor» (Salmo 33:18). ¡Cuán bueno es nuestro Padre, que incluso en tiempos de angustia está presente con nosotros! No temamos, confiemos en él porque es nuestro escudo y nuestro socorro para siempre.
Que este tiempo no sea un tiempo de angustia sino de regocijo, ya que tenemos una esperanza hermosa que nadie más posee en todo el mundo. Padre Eterno, bendícenos y «que tu gran amor, Señor, nos acompañe, tal como lo esperamos de ti» (Salmo 33:22).
Lucas G.

Ustedes valen más

Soy seguidor de Jesús porque vivió sin temor. Cuando sigo sus pasos por los pueblos de Israel le veo decir lo que se tiene que decir, hacer lo que se tiene que hacer, defender a los indefensos y enfrentar a los que tienen que ser resistidos. Veo a un amigo de mujeres, niños, extranjeros, pobres, enfermos físicos y mentales y todos aquellos que la sociedad “normal” menospreciaba. Veo a un hombre que se levantó de condiciones humildes para enfrentar no sólo a los poderes judíos y romanos del momento, sino también a su propia familia, su comunidad y sus amigos, sin comprometer sus valores ni por un instante. 

Cuando veo a Jesús veo a uno que aún de niño pasó varios días sólo en una ciudad extraña sin que se le ocurriera la posibilidad que Dios no estuviera a su lado. Porque Jesús sabía desde su juventud que no estaba en la casa de su Padre sólo en ese momento sino que en todos. Como posteriormente dijo a uno de sus primeros discípulos – y estoy seguro que lo dijo riéndose – “¿crees porque te dije que te vi cuando estabas debajo de la higuera? ¡Vas a ver aun cosas más grandes que estas! Y añadió [a los demás]: Ciertamente les aseguro que ustedes verán abrirse el cielo, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.”

Jesús les está trayendo a memoria el momento en que Jacob despertó de su sueño pensando que por casualidad se había acostado a dormir en un lugar mágico – cuando el “lugar mágico”, el verdadero Betel, es cualquier lugar donde está uno de los hijos o hijas de Dios. En ese lugar – en todos esos lugares – es que los ángeles de Dios suben y bajan del cielo. En todos esos lugares es que las escaleras del cielo tocan tierra.

Aún horas antes que lo asesinaran Jesús estaba consciente de la presencia constante y permanente de su Dios y Padre, y de los millares de ángeles que acudirían en un instante a su llamado. Y con el hecho de no haberlos llamado en su momento de crisis Jesús nos enseña que en esta vida, por razones que muchas veces no comprenderemos, es necesario el sufrimiento para lograr la redención no sólo de nuestras vidas sino del mundo entero. El misterio del sufrimiento es grande, pero en la muerte y resurrección de Jesús se nos abre un poco la ventana al entendimiento del poder redentor que hay en una vida entregada de corazón en sacrificio ante Dios.

Espero que el momento que ahorita atravesamos nos haya golpeado en la cara con la realidad que todo lo que pensábamos controlar era mera ilusión. Que todo aquello que realmente importa, comenzando con nuestras mismas vidas y las de todas las personas que amamos, está, y siempre ha estado, absolutamente en manos de Dios. 

Este despertar es el momento más importante de nuestras vidas. Cuando se desvanecen los espejismos de oasis inexistentes y por fin nos paramos ante Dios desnudos de todas aquellas cosas vacías e inútiles, este es el momento en que nuestra vida realmente comienza.

En Mateo 10 Jesús envió a sus discípulos a anunciar el evangelio del reino de Dios por todas las ciudades de Israel. Y les dijo que salieran sin dinero, sin comida, sin mochila – sin nada, realmente – para aprender esta misma lección: que nuestras vidas están siempre en manos de Dios. Les advirtió que el camino sería difícil, que sufrirían persecución, pues el discípulo no es más que su maestro, ni el siervo es más que su señor. 

Uno de los rayos de luz que tenemos en esta crisis es que por silencio de los motores y el sofocamiento del bullicio de las gentes estamos escuchando nuevamente el canto de los pájaros. Y están por todas partes – está ocurriendo una explosión de vida en el mundo natural. Y si tenemos oídos para oír, esto nos recuerda a diario las palabras de Jesús: “ ¿No se venden dos gorriones por una monedita? Sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin que lo permita el Padre; y él les tiene contados a ustedes aun los cabellos de la cabeza.”

Y estoy seguro que las siguientes palabras Jesús también se las dijo con una sonrisa de afecto: “Así que no tengan miedo; ustedes valen más que muchos gorriones.”

Encerrados para Vida

Ante el momento que vivimos es imposible no pensar en la pascua de Israel en Egipto.

Si no has leído Exodo 12, leelo ahorita. Y si en este momento estás encerrado en tu casa y tienes tiempo, lee Éxodo a partir del capítulo 1.

Se nos ha llamado a refugiarnos en nuestras casas de una muerte invisible que anda por las calles. Así como lo hicieron las plagas en Egipto hace 3500 años, en cuestión de pocos meses ésta ha derribado a tantos dioses de este mundo: las grandes empresas están colapsando, los mercados están en picada, el deporte se ha suspendido. ¿La belleza de qué sirve cuando ya ni nos vemos? ¿La ropa de marca, las joyas y todos los símbolos de riqueza en este momento a quién le importan? Aquellas personas que antes nos parecían tan altas y fuertes ahora son simplemente figuritas insignificantemente pequeñas en nuestras pantallas – si es que siquiera las vemos o les hacemos caso. 

Dentro de nuestras casas, con puertas cerradas, tratamos de proteger nuestras vidas y las vidas de las personas que más amamos. Somos Noé dentro del arca, Rahab en su hogar en el muro de Jericó – haciendo todo lo posible por salvarnos con nuestras familias. Somos el pueblo de Israel, reunidos tras puertas cerradas, pidiendo a Dios que la mortandad no entre tras nosotros.

En este momento de crisis recordemos que en aquella noche Dios había dicho a su pueblo que para salvarse no sólo era indispensable estar dentro de sus casas – su verdadera protección no era la puerta cerrada sino el haber pintado los postes y el dintel de sus puertas con la sangre del cordero perfecto.

En Apocalipsis Juan habla del “cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8). A lo que esta frase se refiere es que aún desde antes que Dios pronunciara las palabras “sea la luz” en Génesis 1 toda la creación, toda la historia, apuntaba al Cristo que vendría. Cristo no vino como una reacción posterior de Dios a un propósito frustrado por el pecado de Adán – Cristo siempre fue el fin y el propósito de la creación. Y a través de los milenios Dios puso muchas señales y marcadores apuntando claramente a él.

Las plagas en Egipto se dieron para conducir al pueblo de Dios a la salvación que les esperaba por delante. La plaga que ahorita vivimos nosotros en este tiempo no sabemos con certeza por qué está sucediendo o como ubicarla dentro de los planes de Dios para el mundo. Lo que sabemos es que hoy, en este momento, la plaga nos ha encerrado en nuestras casas.

Y este es el momento para reflexionar si estamos en la “casa” en la que realmente nos salvaremos…no sólo de esta muerte, sino de todas. Pues si por la gracia de Dios escapamos de este momento y volvemos a salir a la calle a retomar nuestras tareas y ocupaciones, tarde o temprano la muerte nos encontrará. 

Tarde o temprano la muerte nos encontrará… a menos que nos hayamos refugiado en la casa protegida por la sangre del sacrificio del cordero perfecto de Dios. Obviamente ya no nos referimos a una “casa” en el sentido literal y físico, sino, como dice el escritor de Hebreos, a la “casa de Dios” que es la familia de Dios, a los hijos e hijas que se han unido a Él bajo la protección de la sangre del cordero (Hebreos 3). 

En la pascua tenemos uno de los presagios más claros del verdadero cordero que vendría para salvación de todo el mundo. En este momento, en nuestro momento, la única pregunta que importa es esta: ¿Estoy dentro de la casa de Dios?