11 de April de 2020

La prostituta de Jericó no tenía esperanza alguna de salvarse. Aquella mujer pecadora, de una ciudad corrupta y destinada a destrucción, abrigaba en silencio su fe en el Dios de Israel. Su fe en un Dios que rescataba a sus hijos de la esclavitud. En un Dios que los había sustentado milagrosamente al conducirlos por caminos secos y pedregosos. En un Dios que defendía a sus hijos de sus enemigos. En un Padre severo y misericordioso, justo y amoroso. Su fe en el Dios de dioses, Rey de cielo y tierra (Dt 4:39 || Josué 2:9-11). Y tan segura como su fe en el Dios de Israel era su convicción que Él les había preparado un reino a sus hijos… un reino cuyo territorio sería la tierra y ciudad donde ella vivía. Para Rahab la conquista de Canaán, comenzando con Jericó, era tan segura e implacable como la marea creciente bajo la luna llena. 

Al otro lado del río Jordán Josué luchaba con sus dudas y temores. Tanto Dios como sus hermanos le trataban de dar ánimo y valor – “sólo esfuérzate y sé valiente!”  – la frase se repite 4 veces en el primer capítulo del libro que lleva su nombre. ¿Podría realmente ocupar el lugar de Moisés? ¿Sería realmente la herramienta escogida para llevar al pueblo a la tierra que Dios les había prometido? Sumido en incertidumbre toma la decisión incomprensible de enviar espías a Jericó, aventura que anteriormente había resultado en 40 años de castigo para el pueblo…

Los mensajeros (Stg 2:25) enviados por Josué llegaron a la ciudad y casi inmediatamente fueron identificados, pero no había forma de retroceder. Escuchando los susurros de las personas que los rodeaban pero que aún no se atrevían a enfrentarlos, buscaron pronto refugio y lo hallaron tras la puerta abierta de Rahab. Ella, mujer acostumbrada a una vida difícil e impredecible, inmediatamente los reconoce y formula un plan para salvarles la vida y ayudarles a escapar. A cambio les demanda sólo una promesa: de salvarla a ella y a toda su casa. La condición que ellos le ponen? Refugiarse tras puertas cerradas en la casa marcada con el cordón rojo.

El significado del cordón lo hallamos en Génesis 38, casi 400 años atrás. Judá, cuarto hijo de Jacob, tiene hijos gemelos. El primogénito es marcado con un cordón rojo atado a la muñeca. Ese cordón rojo se convierte en un símbolo del principado de la tribu de Judá, tribu a la cual sin duda pertenecía al menos uno de los espías enviados por Josué. 

Cuántos días se refugió Rahab dentro de su casa no sabemos. Lo que sabemos es que cuando cayeron los muros de Jericó una sola casa permaneció en pie. Una sola casa fue protegida de la muerte y destrucción – la casa protegida por la señal del príncipe y heredero de la tribu de Judá.

1500 años después, cuando Santiago nos quiere dar dos grandes ejemplos de la fe en acción, cuando nos quiere demostrar que las creencias se miden y definen por las decisiones concretas que tomamos a raíz de ellas, nos menciona sólo dos personas: Abraham y Rahab.

Muchos años antes que naciera Rahab un hombre llamado Lot, de cuya fe Pedro es testigo (2 Pedro 2:7), moraba en otra ciudad destinada a destrucción. La injusticia que prevalecía en la ciudad de Sodoma había excedido todos los límites. Pero como nos dice el profeta Amós (cp. 3) Dios no castiga sin antes advertir. 

De los tres ángeles (o mensajeros) que se le aparecieron a Abraham, dos se dirigen a Sodoma mientras que el tercero se queda conversando con Abraham a revelarle lo que estaba por ocurrir. Abraham, que sabe que en aquella ciudad viven su sobrino con su familia, intercede con Dios por ellos: El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo…? suplica el amigo de Dios en Génesis 18

En la ciudad de Sodoma Lot, como Rahab, abre las puertas de su hogar a los mensajeros y los protege de sus conciudadanos. Y ellos, como los espías a Rahab, le urgen a reunir a su familia para que se salven. A diferencia de Rahab, no toda la familia de Lot acude. Lot, desesperado, vacila en salir de la ciudad. Con la destrucción a las puertas, las palabras del ángel a Lot son importantísimas para nosotros: “date prisa y huye de una vez, porque no puedo hacer nada hasta que [escapes].” 

En la crisis global que actualmente estamos presenciando, con tanto sufrimiento de tantas personas, una de las grandes preguntas que nos haremos es la misma de Abraham hace 4000 años: “El Juez de toda la tierra, no ha de hacer lo que es justo…?”. Dios responde con los dos ejemplos que aquí hemos visto: Dios conoce a los que son suyos. Abraham no se atrevía a pensar que Dios detendría sus castigos justos por menos de diez personas… este gigante de la fe aún no había asimilado que el Juez de toda la tierra no puede permitir que se pierda ni una sola persona de fe.

Tengamos paciencia y no abandonemos nuestro refugio en casa marcada con el cordón (Heb. tikvah, o “esperanza”) rojo de aquel gran primogénito de la tribu de Judá. Y tampoco dudemos que en este caos el Juez de toda la tierra hará lo que es justo. Y ¿qué sabemos si no seremos nosotros los mensajeros enviados por Dios para salvación de más de alguno?