Estudio 2: El poder de la fe

En Romanos 4, Pablo comenta sobre la fe de Abraham. Esta no es una prueba aislada de una doctrina abstracta existente en las escrituras sino, por el contrario, una demostración de que la fe es una doctrina real que permanece en el tiempo. El Apóstol dice que la fe de Abraham “es contada por justicia” (Romanos 4:5). Las palabras claves de Romanos 4 son “creer” y “fe”. Estos términos se repiten en los versículos 3, 5, 9, 11, 12, 13, 14, 16, 17, 18, 19, 20, 22 y 24. 

La justificación es por fe y no por obras. ¿Por qué decimos esto? En Romanos 4 somos conducidos hacia dos personajes de la Fe: Abraham y David. El Antiguo Testamento señala al patriarca (Abraham) como el padre de la fe y al rey (David) como el padre del reino establecido. Tanto Abraham como David dan testimonio de la justificación por gracia mediante la fe (Romanos 4:3). ¿Cómo es posible el reconocimiento de la justicia?  Por dos situaciones muy significativas. 

  • Un acontecimiento objetivo. La muerte de Jesucristo y el hecho de que Él llevara realmente sobre sí nuestras culpas y pecados.
  • Un acto subjetivo –un cambio que se produce en cada pecador por medio del arrepentimiento y la fe–. El arrepentimiento consiste en reconocer que somos muertos al pecado. 

La esperanza de la promesa

La verdadera esperanza cristiana se halla en las promesas de Dios que constan en el Antiguo Testamento. Los primeros creyentes reconocieron que el cumplimiento de las promesas hechas a Abraham y David se concreta en Jesucristo y son la base del mensaje cristiano. Pablo predicó en el mismo sentido según Gálatas 3:8.

Cuando Pablo compareció a juicio para defender su vida habló del futuro galardón por el cual estaba dispuesto a perderlo todo: “Y ahora, por la esperanza de la promesa que hizo Dios a nuestros padres, soy llamado a juicio… Por esta esperanza… soy acusado” (Hechos 26:6-7). El había pasado gran parte de su vida predicando “el evangelio de aquella promesa hecha a nuestros padres, la cual Dios ha cumplido…  resucitando a Jesús” (Hechos 13:32-33). El Apóstol explicó que la creencia en esas promesas generaba la esperanza de resurrección de entre los muertos (Hechos 23:8; 26:6-8), un conocimiento acerca de la segunda venida de Jesús a juicio y también del futuro reino de Dios (Hechos 24:25; 28:20, 31). Debe entenderse desde el comienzo que la verdadera esperanza cristiana es “la esperanza de Israel”. Dios envió a su Hijo a salvar primero a los judíos (Gálatas 4:4, 5), pero en general el Creador no desea que nadie perezca y que más bien por su gracia los gentiles igualmente puedan recibir la promesa de salvación.

Todo esto echa por tierra el mito de que el Antiguo Testamento no es más que una historia incoherente de Israel y que no habla de la vida eterna. Comprender las promesas de salvación allí explicadas es entender el evangelio cristiano. Dios no decidió recién hace 2.000 años ofrecernos repentinamente la vida eterna por medio de Jesús. Él tenía ese propósito desde el principio.

El consejo de Jesús

En vista de que el propósito de Dios de dar a su pueblo vida eterna estaba con él desde el principio, es improbable que Jehová guardara silencio sobre este asunto durante los “tratos” que mantuvo por cerca de 4.000 años con los hombres y que constan en el Antiguo Testamento. En realidad, el Antiguo Testamento está lleno de profecías y promesas que dan más detalles relacionados con esta esperanza que Dios ha establecido para su pueblo. Por esta razón, es vital para nuestra salvación comprender a cabalidad las promesas de Jehová hechas a los padres judíos. Recuerde que Pablo definió la esperanza cristiana como “la esperanza de la promesa que hizo Dios a nuestros padres [judíos]” (Hechos 26:6), en tanto que Jesús censuró la poca o ninguna credibilidad que han dado a las escrituras:

“Si no oyen a Moisés [es decir, los primeros cinco libros de la Biblia que él escribió] y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos” (Lucas 16:31).

La mente común podría argumentar que creer en la resurrección de Jesús es suficiente para creer en Dios, pero el Mesías dijo que sin un sólido entendimiento del Antiguo Testamento esto no sería totalmente posible. Jesús atribuyó el colapso de la fe que sufrieron los apóstoles después de su crucifixión a la poca o ninguna comprensión del Antiguo Testamento: 

 “Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lucas 24:25-27).

Observe la insistencia del Cristo al señalar que todo el Antiguo Testamento hablaba de él. No era que los discípulos nunca hubieran leído o escuchado las palabras del Antiguo Testamento, sino que ellos no las habían entendido correctamente y por lo tanto no podían creer en ellas. Así que para desarrollar una verdadera fe se necesita una perfecta comprensión de la palabra de Dios. Es decir, no basta solo leer. Lo importante es leer el mensaje.

El pacto de Dios con Abraham

El evangelio que enseñaron Jesús y los apóstoles no fue diferente del que conoció Abraham. Dios, por medio de las Escrituras, “dio de antemano la buena nueva a Abraham” (Gálatas 3:8). Si podemos entender lo que se le enseñó a Abraham, tendremos entonces una idea básica del evangelio cristiano. 

Las promesas a Abraham tienen dos temas básicos:

(1) acerca de la simiente de Abraham (un descendiente especial), y,

(2) acerca de la tierra prometida.

Abraham vivía originalmente en Ur, una próspera ciudad asentada en lo que ahora es Iraq. La arqueología moderna ha revelado el alto nivel de civilización que habían alcanzado en los días del patriarca. En forma repentina vino a Abraham el extraordinario llamamiento de Dios y también su mandato: dejar esa vida sofisticada y aventurarse en un viaje a una tierra prometida. Exactamente adonde y para qué no quedó del todo claro. En definitiva resultó ser un largo viaje de alrededor de 1.200 Km hasta llegar a la tierra de Canaán, la misma que ocupa el moderno Israel.

De vez en cuando Dios se le apareció a Abraham y le repitió y amplió Sus promesas. Esas promesas son la base del evangelio de Cristo. Como verdaderos cristianos nosotros también recibimos ese mismo llamamiento, que llegó primero a Abraham, y esa misma orden: dejar las cosas transitorias de esta vida e iniciar una vida de fe, tomando las promesas de Dios al pie de la letra y viviendo según su palabra. Podemos imaginarnos como Abraham habrá meditado en las promesas durante sus viajes. “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir [de Ur] al lugar que había de recibir como herencia [Canaán]; y salió sin saber a dónde iba” (Hebreos 11:8).

Abraham no era un nómada que lo único que hacía era probar suerte con estas promesas. Él tenía una experiencia que, en asuntos fundamentales, tiene mucha similitud con la nuestra. Las complejas y dolorosas decisiones que adoptó fueron similares a aquellas que nosotros también tendremos que enfrentar al momento de considerar si aceptamos el llamamiento y actuamos o no en base a las promesas de Dios. La motivación que él necesitó para soportar todo eso debió haber sido muy grande. Y la única motivación que existió durante todos esos años de peregrinaje fue la promesa. Abraham debe haber memorizado esas palabras y meditado diariamente en lo que realmente significaban para él.

La Promesa de la Tierra

De estas promesas se nota que:

  • El lugar de la tierra prometida quedó definido de manera más específica.
  • Abraham no vería el cumplimiento de la promesa en su vida. Él sería un “extranjero” en la tierra, aunque después viviría allí para siempre. Esto implica que moriría y años más tarde resucitaría para recibir esta promesa.
  • Pablo, bajo inspiración, evidentemente entendió que las promesas hechas a Abraham significaban su herencia de toda la tierra.

La Escritura se encarga de recordarnos que Abraham no vio el cumplimiento de las promesas durante su vida:

 “Por la fe habitó [implicando una residencia temporal] como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas” (Hebreos 11:9).

Pero Dios cumple sus promesas. Llegará el día cuando Abraham y todos aquellos a quienes se les ha hecho esta promesa serán recompensados. Hebreos 11: 13, 39, 40 deja en claro este asunto:

 “Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido… proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros”.

La promesa de la simiente

De estas promesas de la “simiente” se deduce que:

  • por medio de su “simiente” toda la tierra sería bendecida.
  • tendría una simiente que incluiría mucha gente. Esta gente disfrutaría de vida eterna, junto con él, en la tierra adonde había llegado, es decir, Canaán.
  • su simiente sería tan numerosa como las estrellas del firmamento. Por esto él puede haber entendido que tendría muchos descendientes espirituales (“estrellas del cielo”) así como muchos descendientes carnales (“el polvo de la tierra”).
  • se recalcaron las promesas anteriores con la circunstancia adicional de que las personas que llegasen a formar parte de la simiente podrían tener una relación personal con Dios.
  • la simiente vencería a sus enemigos.

Observe que la simiente habría de traer “bendiciones” para la gente de toda la tierra que crea en dicha “simiente”. En la Biblia, la idea de bendición se halla a menudo conectada con el perdón de los pecados. Después de todo, esta es la más grande bendición que alguien que ama a Dios podría anhelar.

El único descendiente de Abraham que ha traído el perdón de los pecados al mundo es, por supuesto, Jesús, y el comentario del Nuevo Testamento sobre las promesas hechas a Abraham provee sólido respaldo:

 “[Dios] no dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos [es decir, en plural], sino como de uno [en singular]: Y a tu simiente, la cual es Cristo” (Gálatas 3:16).

Uniéndose a la simiente

Estas promesas fueron vitales para Abraham y su simiente, Jesús. ¿Y qué hay de los demás? Ni siquiera el ser un descendiente carnal de Abraham convertiría a alguien automáticamente en parte de esa simiente específica (Juan 8:39; Romanos 9:7). Entonces, de algún modo tenemos que llegar a ser íntimamente parte de Jesús, de manera que también podamos recibir las promesas hechas a la simiente. Esto se logra por medio del bautismo en Cristo (Romanos 6:3-5). Gálatas 3: 27-29 expresa este asunto con toda claridad:

“Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego [gentiles]; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno [al ser] en Cristo Jesús [por el bautismo]. Y si vosotros sois de Cristo [por medio del bautismo en él], ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa”.

La promesa es vida eterna en la tierra al recibir la “bendición” del perdón de pecados por medio de Jesús. Bautizándonos en Cristo, la simiente, podemos beneficiarnos de las promesas que se le hicieron a él; y por eso Romanos 8:17 nos llama “coherederos con Cristo”.

La revelación de Dios a Abraham y las cosas que le prometió son la base del verdadero evangelio cristiano. No olvide que el ser físicamente de la simiente de Abraham no significa que somos aceptables ante Dios. Los israelitas son simiente de Abraham, pero esto no quiere decir que pueden ser salvos sin bautizarse y sin adecuar su vida a Cristo y al ejemplo de Abraham (Romanos 4:13-14; 9:7-8).

Quien en realidad se considere “simiente” debe poseer las características de su ancestro. Si hemos de ser la verdadera simiente de Abraham no solo debemos bautizarnos sino también tener una profunda fe en las promesas de Dios, tal como la tuvo él. Por eso se le llama: “Padre de todos los creyentes… que… siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham” (Romanos 4:11-12). La fe de Abraham creció (Romanos 4:18-21) porque creyó en su Dios, el Dios que resucita a los muertos.

El cumplimiento del pacto no está determinado ni por la circuncisión (Romanos 4:9-12) ni por la procedencia racial, sino por la fe. Es por ello que la familia de Abraham puede ser, y ya lo es en Cristo, una familia multiétnica. 

La “circuncisión”

En Romanos 4:9-12 Pablo no ahorra esfuerzo para explicar que el mismo padre de la fe, Abraham, entró en una relación de amistad mediante la justificación antes de ser circuncidado. Para decirlo de otra manera: cuando era `pagano’. Su circuncisión no fue la base de su justificación sino el sello de la nueva relación con Dios.

Entonces, Abraham recibió dos galardones de parte de Dios: la justificación y la circuncisión. Por esa razón, Pablo llama  a Abraham «el padre de todos los creyentes no circuncidados», haciendo referencia con esto a los gentiles. Para ellos la circuncisión no era necesaria para su justificación. Es la fe la que cuenta como instrumento para recibir el perdón de Dios. Por otro lado, Abraham es también padre de la circuncisión (de los judíos, o mejor dicho: de los creyentes judíos), de aquellos que no solo tienen el sello del pacto sino que también andan en la misma fe que profesó Abraham antes de ser circuncidado. Una vez más Pablo destaca la importancia de la fe para que no nos confiemos en los `privilegios’ sino en una relación viva con Jesucristo. El ser o no ser circuncidado nunca debe romper la armonía entre judíos y gentiles si tienen la misma fe.

La fe de David

Note la reiteración de la palabra “bienaventurado” que quiere decir “feliz” (Romanos 4:6, 7, 8, 9). La llave para la verdadera felicidad no es riqueza ni éxito ni popularidad o realización intelectual o poder o cualquier otra cosa que la gente se esfuerza por alcanzar. La persona que es realmente bienaventurada y feliz es aquella que por fe en Jesucristo SABE que sus pecados han sido perdonados.

Nuevamente Pablo recurre a las Escrituras para probar su punto de vista. El cita el Salmo 32:1-2 que fue escrito por David quien vivió bajo la Ley. ¿Cómo fue salvo? ¿Por guardar la ley de Dios? En realidad el rey fue un quebrantador de la ley (2 Samuel 11 un adúltero ). Estos versículos muestran que David fue justificado (la justicia de Dios le fue imputada) al igual que Abraham. El monarca fue justificado “sin obras” (v.6).

El perdón es descrito aquí de tres maneras:

  • La transgresión ha sido perdonada.
  • El pecado ha sido cubierto.
  • No culpa de iniquidad.

¿Dónde estaríamos si no existiera aquello conocido como el perdón divino? 

La fe

Como siempre hemos de recurrir a los Salmos para comprender las experiencias subjetivas de los santos del Antiguo Testamento. Un lector de los Salmos sabe cómo abundan las expresiones de “confianza en Dios” a pesar de las circunstancias difíciles y la oposición de los malos.

El autor de la carta a los Hebreos nos da ejemplos de “la fe en acción” en la vida de algunos de los personajes del Antiguo Testamento.

Pero… ¿qué es la fe? Para elaborar un concepto de fe hay que mencionar las grandes declaraciones que sobre ella se encuentran en el libro de Hebreos:

En el Nuevo Testamento la palabra griega correspondiente a “fe” se halla cerca de 500 veces. ¿Indica esto su importancia? Podemos observar las diversas connotaciones que se dan a este término:

  • La fidelidad – Según Gálatas 5:22 se presenta como un fruto del Espíritu ya que el Hijo de Dios ha de ser “hombre de su palabra” y “hombre de confianza” –.
  • El conjunto de las doctrinas cristianas – Este significado se puede encontrar, por ejemplo, en Efesios 4:5, 13 –. Pablo empleó la palabra “fe” en este sentido muchas veces en las epístolas pastorales porque discernía en distintos lugares una desviación de la sana doctrina.
  • Un don especial – Se incluye entre los dones espirituales (1 Corintios 12:9; 13:2) –.
  • La fe salvadora – Significa la actitud de confianza con la que el hombre responde a la manifestación de la gracia de Dios en Cristo, siendo así el medio para recibir la justificación. Se asocia con el conocimiento y el arrepentimiento –.

La aplicación de la fe en nuestras vidas

El foco de interés de Pablo no se dirige a Abraham sino a la importancia de la fe del patriarca para nuestras vidas. Podemos ser salvos de la misma manera: por la fe en la promesa de Dios. En este sentido somos aún más afortunados que Abraham porque conocemos de la cruz y de la resurrección de Jesús, las cuales tienen una importancia trascendental. 

Pablo, acerca de Dios y de nuestro Señor Jesucristo, dice: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.” (Romanos 8:32). Sin su resurrección su muerte no tendría valor. Sin embargo, la resurrección significa el cumplimiento de su obra y por ende nuestra justificación si ponemos la fe en Él. 

Al igual que la circuncisión, el bautismo es la señal externa del pacto con Dios pero no la garantía de salvación. Para los judíos la señal del pacto, la circuncisión, había adquirido importancia salvadora. Este fue un gran error ya que la salvación no es resultado de una señal externa sino de la justificación de Dios.

El bautismo en el cristianismo es una señal del pacto con Dios pero sería una equivocación darle virtudes salvadoras. Se debe conocer la verdad espiritual que hay detrás de este acto.

A través de su muerte Jesús adquirió nuestro perdón pero solo por medio de su resurrección lo aplicó a nuestras vidas. La forma en la que el Creador salva a los hombres no ha cambiado, pues en ella siempre ha existido como base la fe en Dios. Así sucedió con Abraham y sucede con nosotros, aunque somos más privilegiados pues conocemos a Cristo y su labor redentora. La muerte de Jesús fue una entrega voluntaria para librarnos de la condenación, pero su resurrección fue la aprobación del Padre a la obra perfecta de Cristo a fin de que fuéramos justificados y aceptados como herederos del reino.

La Biblia es como una gran promesa.

En las páginas del Antiguo Testamento se menciona, de una u otra forma,  la promesa de «la simiente de la mujer, que herirá la cabeza de la serpiente», del Rey Mesías, del «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» y de la vida eterna en Él. En el Nuevo Testamento la promesa se cumple.

¿Vivimos diariamente estas promesas en nuestra vida? Es necesario mantener una profunda fe, guardar las promesas en nuestra mente, recordarlas en las oraciones y apelar a ellas en todo momento. Estas cosas han sido prometidas para nosotros, ¡y de verdad Dios no se arrepiente de su palabra!

Abraham fue justificado y constituido padre de muchas naciones porque tuvo fe en aquel que da la vida a los muertos. Igual que Abraham, todos los que creen que Dios resucito a Jesús de los muertos son justificados. Creen en el poder de Dios de cumplir sus promesas; de transformar a los muertos en vivos.

Preguntas para considerar…

Después de leer y estudiar el cuarto capítulo de la Epístola a los Romanos, comparta sus respuestas:

  • ¿Cuál es la experiencia de aquel que cree en el que justifica al impío? (4:5)
  • ¿Para quiénes puede ser la bienaventuranza de la fe? (4:7-15)
  • ¿Cuáles fueron “las pisadas de fe” en la vida de Abraham?
  • ¿Por qué se le da el título de Padre Abraham? (4:12,17)
  • ¿En qué consiste la justicia de la fe? (4:13)
  • ¿Cuál es la promesa que Dios hizo a su siervo Abraham la cual alcanzaría a toda su descendencia?
  • ¿De qué estaba convencido Abraham? (4:21)

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