Creado para ser como Cristo

Los creyentes en Cristo en la era apostólica eran bautizados por inmersión total en agua. De esta forma ellos eran «sepultados con él en el bautismo» (Colosenses 2:12); morían en forma simbólica, y así como Cristo resucitó de la muerte a vida eterna, los creyentes salían de las aguas del bautismo a una nueva vida. El requisito del bautismo sigue en vigor para los creyentes de hoy. Ninguna autoridad ha surgido desde los días de los apóstoles con el derecho de cambiarlo.

En su gracia y misericordia Dios está dispuesto a aceptar a aquellos que adoptan esta actitud, perdonando sus pecados y trayéndolos a comunión con Él. Así, después de estar separados de Dios por el pecado, los creyentes sinceros se convierten en hijos e hijas por su fe y obediencia. Llegan a ser herederos de la vida eterna de acuerdo a las promesas de Dios. Aunque la muerte les llegara, morirán con la esperanza segura de resucitar cuando Jesús regrese para establecer el Reino de Dios en la Tierra.

Después del bautismo nos comprometemos a una vida en la que vemos las cosas desde la perspectiva celestial de Dios, pensando en las cosas celestiales (es decir, espirituales) cambiando nuestra ambición mundana por una ambición de sobreponernos a nuestras tendencias carnales y de ese modo entrar al reino de Dios. Somos nuevas criaturas.

 

Conforme a la imagen de su Hijo

Un triunfante resumen de todo el argumento de la nueva vida en Cristo se encuentra en Romanos 6:5-9. Pablo dice:

“Si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado, porque, el que ha muerto ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él.”

Sabemos que nuestro carácter antiguo, representa nuestra vieja naturaleza y manera de vivir, la vieja naturaleza representa el sistema del mundo. Sin embargo, somos nuevas criaturas en Cristo, la escritura dice “pues ya no vivo yo, más Cristo vive en mi” (Gálatas 2:20). Lo que pasa es que muchas veces no queremos cambiar de manera de ser, de pensar, de hablar y de vivir. No queremos despojarnos de la pasada manera de vivir.

Aun en las dificultades y el sufrimiento, aun en la más amarga desilusión, aun cuando maltratados, los cristianos deben saber que Dios obra en medio de esas situaciones; para que se cumplan sus buenos propósitos en Sus hijos. Puede que Dios cambie o no la situación directamente, pero aun si se mantiene difícil, Dios garantiza buenos resultados al final, inclusive una mayor madurez a quienes conforme a su propósito son llamados. ¿Es muy difícil aceptar estos sentimientos?

En la cita de la carta de Pablo a los creyentes en Galacia, Pablo habla desde las profundidades de la experiencia personal. Para él, el regresar a toda la fábrica de la Ley habría sido cometer un suicidio espiritual. Habla de la pasada manera de vivir. Había probado el camino de la Ley. Había intentado, con toda la terrible intensidad, ponerse en relación con Dios mediante una vida que buscaba obedecer cada pequeño detalle de esa Ley.

Tan grande había sido el cambio en la vida de Pablo que la única manera en que podía describirle era diciendo que había sido crucificado con Cristo para que muera el hombre que había sido. El poder en nuestro interior ahora era Cristo mismo.

Tómese un momento para identificar lo que piense de su vida después de leer la última frase: “…era diciendo que había sido crucificado con Cristo para que muera el hombre que había sido. El poder en nuestro interior ahora era Cristo mismo.”

Un hecho racional

La ciencia de la psicología dice que el carácter de las personas esta dividida en cuatro tipos, los cuales son:

  • El carácter colérico: significa, violento, furioso, rabioso, irritado, enojado, disgustado, indignado, exasperación, enfadado
  • El carácter flemático: persona tranquila, calma, lenta, no activa, no es dinámica, tonta, también es moderada y prudente.
  • El carácter sanguíneo: persona que es pacifica, casi nunca se enoja.
  • El carácter melancólico: persona, con gran tristeza, abatimiento, languidez, decaimiento, con gran pena y aflicción extrema, que de todo llora, de todo se aflige, persona muy sensible alas malas noticias.

Estos representan el carácter del mundo y no el de Dios. El Señor no quiere que seamos así, o que vivamos bajo este sistema. Dios quiere que tengamos el carácter de Su Hijo. Ya que, en Cristo, no tenemos que vivir confesando, yo soy colérico, yo soy flemático, soy sanguíneo o yo soy melancólico.

Identifique referencias en los Evangelios del carácter de Jesús.

En Romanos 12, Pablo dice que convertirse en un sacrificio vivo es un acto racional. Quiere decir: ¡Tiene sentido! Vale la pena poner atención a lo que dice en los primeros dos versículos del mismo capítulo:

“Por lo tanto, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro verdadero culto. No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”

Aquí tenemos un hecho muy significativo: el verdadero culto es ofrecerle a Dios nuestro cuerpo y todo lo que hacemos con él todos los días. No es simplemente ofrecerle un ritual una vez cada semana: “Voy a la iglesia a dar culto a Dios.” El verdadero culto es ofrecerle a Dios nuestra vida cotidiana. Exige un cambio radical. Es decir, adquirir una nueva manera de vivir. “Sí, sí, sí,” respondemos y continuamos: “Pero…” ¿Es demasiado radical? Lo que se requiere es nada menos que una transformación total de nuestra manera de ver el mundo.

La palabra griega que usa para “conforméis” quiere decir “forma exterior”. Esta forma exterior no es el mismo cuando tiene 17 años que cuando tiene 70 ni cuando sale del trabajo que cuando está en fiesta. Está cambiando constantemente. Es transitorio, mutable, inestable.

La palabra que usa para “transformaos” es la palabra griega “metamorfústhai”1 que quiere decir la “naturaleza esencial”. Para dar culto y servir a Dios tenemos que experimentar un cambio, no de aspecto (“forma exterior”). (La palabra griega “transformaos” es la misma que se traduce “transfigurarse” en Mateo 17:2.) La verdadera transformación es presentar el cuerpo, la mente y la voluntad a Dios, día tras día. Es someterle el cuerpo, tener la mente renovada por la Palabra y rendirle la voluntad por medio de la oración y la obediencia, cada día. El creyente verdadero ahora vive, no una vida ego-céntrico, sino Cristo-céntrico. Esto debe ocurrir, dice Pablo, por la “renovación” de nuestro entendimiento.

Entonces está el contraste:

Alguien que se conforma, viviendo por y como el mundo, o
Alguien transformado, que llega a ser cada vez más semejante a Cristo.

 

Momentos para reflexionar:

¿Cuál “transformación” ha notado en su vida en Cristo?

 

Una marca en la vida

Según El Diccionario Real Academia Español “Carácter” significa “Conjunto de cualidades de una persona que determinan su conducta y la distinguen de las demás.” La palabra “carácter” proviene de una palabra griega que significa: “marca”; una marca en la vida que define a los sujetos que la poseen. El carácter es el resultado de costumbres, actitudes, hábitos, que vamos formando en la vida. Se dice: “Siembra una acción y recogerás un hábito, siembra un hábito y recogerás un carácter.”

A pesar de las tergiversaciones del término, “una persona de carácter” significa que tiene:

a) fidelidad a sí mismo;
b) firmeza en esa fidelidad;
c) una sola dirección en la vida.

De allí tenemos que “carácter cristiano” signifique:

a) fidelidad a Cristo que vive en mí;
b) firmeza en esa fidelidad;
c) una sola dirección en la vida.

En suma: “Vivir para Jesucristo” significa “Cristo formado en mí.” (Gálatas 4:19).

 

Una manera de pensar

Detrás de todo que hacemos hay pensamientos. Toda conducta es motivada por una creencia y toda acción es incitada por una actitud. El primer paso en el crecimiento espiritual es empezar por cambiar la manera de pensar. Por eso el cambio comienza en la mente.
¿Por qué nos interesan los pensamientos? Dios reveló la respuesta de esta pregunta en Proverbios 4:23:
“Sobre toda cosa que guardes, guarda tu corazón, porque de él mana la vida.”

En las notas al pie de la página 984 de la Nueva Versión Internacional aparece lo siguiente: “Como asiento de los pensamientos, sentimiento y voluntad, el corazón o interioridad humana juega un papel fundamental en la vida.” El corazón alude a lo más profundo del ser humano, al asiento tanto de la mente como de los sentimientos (Salmo 4:7; 9:1; Proverbios 2:2, 10: Mateo 5:8, 28; Efesios 1:18; 5:19). Si no está en comunión con Dios, el corazón es pecaminoso y necesita ser purificado.

La manera en que pensamos determinará como nos sentimos, y cómo nos sentimos influirá en cómo actuamos. El Nuevo Testamento llama un cambio mental “arrepentimiento” que, en griego, literalmente significa “cambiar de opinión o el propósito” e involucra siempre un cambio a mejor, una enmienda.

 

Calculando el costo

Lea Lucas 14:25-27 ¿Qué significa esto?

Parece muy duro, ¿verdad? Cuando Jesús dijo esto iba por camino de Jerusalén. Sabía que le esperaba la muerte; pero la gente es posible que creyera que iba a ocupar el trono. No debemos tomar sus palabras con un frío. Cuando Jesús nos dice que tenemos que aborrecer a nuestros seres más queridos, quiere decir que ningún amor de este mundo puede compararse con el amor que le debemos tener a Él. Es decir, que no se nos manda aborrecer (odiar) literalmente a nuestros familiares, sino a amar a Cristo tan profundamente, que en comparación, nuestro amor por la familia parezca odio.

¿Y, qué de llevar la cruz? De la manera más clara posible Jesús les dijo que el que le siguiera no iba camino de la gloria y el poder terrenales, sino que tenía que estar dispuesto a sacrificar lo que más quisiera en la vida, y abrazar un sufrimiento que sólo se podía comparar con la agonía de un crucificado.

Cuando alguien lleva una cruz sabe que va a morir, hay tres cosas que son ciertas:

  • Que nunca volverá al lugar de donde vino.
  • Que ya no tiene planes a largo plazo.
  • Que sus posesiones ya no significan nada para esa persona.

La meta suprema de Dios en cuanto a nosotros es hacernos semejantes a Cristo (1 Juan 3.2). Estas personas tienen una nueva perspectiva, una nueva mentalidad en la vida.

  • Confían en Dios, no en los tesoros de la vida;
  • Buscan su seguridad guardado en el cielo, no en la tierra;
  • Aprenden a aceptar el dolor y la persecución, no a lamentarlos, porque Dios está con ellos.

Momentos para reflexionar:

¿Soy totalmente comprometido con Dios?

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El Fruto del Espíritu

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