16 de Agosto de 2026

El rey envió a Yehudi a buscar el rollo; Yehudi lo tomó de la sala de Elisama y lo leyó en presencia del rey y de todos los oficiales que estaban con él. Era el mes noveno, por eso el rey estaba en su casa de invierno, sentado junto a un brasero encendido. A medida que Yehudi terminaba de leer tres o cuatro columnas, el rey las cortaba con un estilete de escriba y las echaba al fuego del brasero. Así lo hizo con todo el rollo, hasta que este se consumió en el fuego. Ni el rey ni los jefes que escucharon todas estas palabras tuvieron temor ni se rasgaron las vestiduras.

Hay algo casi cinematográfico en esto versículos de Jeremías 36.

Es Septiembre y comienza a hacer frío. El rey Joacim está sentado en su aposento de invierno con un brasero encendido delante de él. A su alrededor están sus funcionarios. Un siervo llamado Jehudí tiene en sus manos un rollo que contiene las palabras que Dios había dado a Jeremías.

Jehudí empieza a leer.

Después de leer tres o cuatro columnas, el rey toma un cuchillo de escriba, corta la sección que acaba de escuchar y la arroja al fuego.

Vuelve a leer.

El rey vuelve a cortar.

Y vuelve a arrojar.

Así continúa hasta que todo el rollo ha quedado consumido por el fuego.

La escena es extraordinariamente gráfica. Podemos imaginar el frío, el pequeño fuego del brasero, el sonido del cuchillo cortando el pergamino y las palabras de Dios desapareciendo una sección tras otra entre las llamas.

Pero hay un detalle todavía más inquietante: Nadie parece preocuparse por lo que está escrito.

El texto dice que ni el rey ni sus siervos tuvieron temor ni rasgaron sus vestidos al escuchar aquellas palabras. No hubo arrepentimiento. No hubo discusión. No hubo siquiera una reacción de alarma.

Simplemente dejaron que el rey quemara el mensaje.

El problema de Joacim no era que no conociera la voluntad de Dios. La había escuchado claramente. Su respuesta fue intentar eliminar aquello que no quería aceptar.

Y quizá nosotros hacemos algo parecido, aunque de maneras mucho menos dramáticas.

Podemos intentar ignorar una realidad, posponer una decisión, evitar una conversación o convencernos de que un problema desaparecerá si no lo enfrentamos. Es mucho más cómodo quemar el “rollo” que escuchar su contenido.

Pero quemar el mensaje no cambia la realidad.

Después de que Joacim destruyó el rollo Dios le dijo a Jeremías que tomara otro y escribiera nuevamente todas las palabras que había en el primero. Y así lo hizo Baruc. El rey podía destruir el pergamino, pero no podía destruir lo que Dios había dicho.

Esta es una de las lecciones más sobrias de Jeremías 36: podemos negar la realidad, pero no podemos evitar sus consecuencias.

Y generalmente, cuanto más tiempo dejamos pasar, más grandes pueden llegar a ser esas consecuencias. Una decisión difícil puede ser dolorosa hoy y devastadora dentro de diez años. Una verdad que nos cuesta aceptar puede ser incómoda ahora, pero mucho más costosa cuando finalmente ya no tenemos la posibilidad de actuar.

Joacim pensó que podía resolver el problema con un cuchillo y un fuego. Pero el fuego solamente consumió el rollo. La verdad permaneció.

Quizá algunas cosas en nuestra propia vida necesitan ser enfrentadas hoy, precisamente porque todavía estamos a tiempo de hacer algo al respecto. La sabiduría no consiste en esperar hasta que las consecuencias nos obliguen a reconocer la verdad.

A veces la mayor misericordia de Dios es simplemente darnos la oportunidad de escucharla mientras todavía podemos responder.