Oíd y Vivirá Vuestra Alma

En algún momento de la vida, estimulados por cierto acontecimiento o sentimiento especial, nos hemos detenido y mirado hacia atrás para recordar hechos importantes de nuestra existencia.

A propósito de la lectura de Jeremías, se vinieron a la memoria aquellos tiempos en que nuestros progenitores llenos de sabiduría, nos hablaban a fin de que no hagamos cosas, que tarde o temprano podrían perjudicarnos.

Unas frases que siempre repetían «oyes lo que te digo», «me oirás», «ya ves que te lo estoy advirtiendo».  Y, al tiempo que pronunciaban estas palabras, con su dedo indice nos apuntaban, moviéndolo de atrás hacia adelante, sin descansar.  Era un rito solemne: el padre o la madre hablaba y el hijo escuchaba atentamente, sin responder nada.  Creo que todos vivimos esos momentos.

Ahora…¿existe alguien que haya actuado y actúa en forma idéntica a los padres? Si. Claro que sí.  Jehová Dios, el Padre de todos nosotros, se ha comportado y comporta igual que nuestros progenitores; siempre ha estado hablándonos y pidiéndonos que lo escuchemos.

Comprobemos lo dicho:

Jer 11:4 ….. Oíd mi voz, y cumplid mis palabras, conforme a todo lo que os mando; y me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios;

Más adelante en; Jer 11:6 … Oíd las palabras de este pacto, y ponedlas por obra.

Después en: Jer 11:7 … Oíd mi voz.

Si revisamos detenidamente las Sagradas Escrituras, descubriremos que, en sus páginas, siempre existe esta invocación: a oír, a escuchar. Y hay algo que es trascendental.

Ecl 1:8 …nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír.

Esto es clave: el oído nunca se cansa de escuchar.  Es algo tan fácil y sencillo que no requiere de ningún esfuerzo, solo de voluntad.

Una experiencia que nos demuestra la sabiduría de esta afirmación está a nuestro alrededor, millones de personas pasan el día y la noche escuchando sus reproductores multimedia. ¿Los han visto?  Ellos no se cansan nunca de escuchar, aunque sean cosas triviales.

Pro 7:24 Ahora pues, hijos, oídme,
Y estad atentos a las razones de mi boca.

¡Que cosas! Una gran lección de sabiduría y humildad.  En muchas conversaciones es típico oír la frase «escuchame, yo sé porque te digo… y punto». ¿Autoritarismo? ¿Orgullo? ¿Prepotencia?  En cambio, el Creador de todo cuanto existe nos enseña que la prudencia y el tino deben estar presentes en el momento de hablarle a alguien.

Job 12:13 Con Dios está la sabiduría y el poder;
Suyo es el consejo y la inteligencia.

Sal 33:11 El consejo de Jehová permanecerá para siempre;
Los pensamientos de su corazón por todas las generaciones.

Oír la voz de Dios, que es fuente eterna de sabiduría y conocimientos, debe ser una actividad que llene de alegría y regocijo, por el hecho de tener a alguien que hablé, aconseje e instruya.

Pro 22:17 Inclina tu oído y oye las palabras de los sabios,
Y aplica tu corazón a mi sabiduría;

Cuando las personas toman decisiones apresuradas que a la postre les traen malas consecuencias, lo justifican diciendo «no tuve quien me aconsejara».  Contrariamente a lo que ellos afirman, Jehová Dios hoy nos está demostrando que él siempre está hablándonos y, que aparte de él, existen otras personas que también pueden cumplir la función de guías y consejeros: como son los padres y los ancianos.

Existe un personaje bíblico que sirve para ilustrar las malas decisiones y la sordera espiritual.  Su nombre es Roboam.  Todos lo conocemos.  Hijo de Salomón.  Asumió el reinado de Judá.  Cuando se presentaron momentos difíciles no supo enfrentarlos con tino y sabiduría, lo que derivó en la decisión del pueblo Hebreo.

1Re 12:13 Y el rey respondió al pueblo duramente, dejando el consejo que los ancianos le habían dado;
1Re 12:14 y les habló conforme al consejo de los jóvenes, diciendo: Mi padre agravó vuestro yugo, pero yo añadiré a vuestro yugo; mi padre os castigó con azotes, mas yo os castigaré con escorpiones.

Por cierto podemos leer la historia completa en 1a. Reyes 12.

Hay una expresión que todos la conocemos y que la hemos pronunciado alguna vez. «oye la voz de la experiencia».  Lastimosamente, Roboam «dejo el consejo de los ancianos», es decir, dejó a un lado la voz de la experiencia, y se dejó llevar por el desconocimiento de sus contemporáneos.

Esta es una actitud que no ha podido ser eliminada de la conducta humana, por el contrario, persiste y se mantiene.

Y por los tiempos que vivimos, ahora se hace más necesario, urgente y vital escuchar al Padre Celestial.

Isa 55:2 ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura.
Isa 55:3 Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David.

¡Que grata recompensa! Oíd y vivirá vuestra alma.

Una de las primeras cosas que aprende un niño al nacer es escuchar.  Si, aparte de llorar y reír, el niño aprende a escuchar la voz de sus progenitores, antes que caminar, correr o jugar.  Todos hemos vivido esa experiencia.  Siendo así, podemos afirmar que esa actividad – oír la voz de los padres carnales, sino también la del Padre de todos: Jehová Dios.

Este día hemos conocido la importancia de oírle a Dios.  Pero no solamente debemos escucharle, sino también respetarle, servirle, venerarle  y lo más importante: amarle.

Mat 22:35 Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó por tentarle, diciendo:
Mat 22:36 Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?
Mat 22:37 Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.
Mat 22:38 Este es el primero y grande mandamiento.
Mat 22:39 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Claro que sí: amarle.  Las razones: Dios es fuente de vida, fuente de sabiduría, que siempre está hablándonos y guiándonos por el camino correcto y que busca nuestro bienestar.

Amarle a Dios, escucharle y obedecerle no demanda ningún esfuerzo físico ni mental, solamente decisión y voluntad.  En este sentido, debemos imitar a Jesús, el Cristo, quien estuvo siempre atento a la voz del Padre y recibió la vida eterna como recompensa.

 

 

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