Jesús y sus raíces en el Antiguo Testamento (7) Reclamando Su Reino

Después de estudiar cada escena en Mateo 1 y 2, ahora bien, podemos formular una pregunta: 

¿Por qué eligió Mateo esos textos del Antiguo Testamento?

Hay que recordar que sólo uno de los textos escogidos por Mateo (Miqueas 5:2) es una predicción mesiánica reconocida. Mateo, bajo la inspiración del Espíritu, ve una mayor importancia de la que pudieran tener en los demás textos. Afirman que las Escrituras estaban cumpliéndose en Jesús. Escudriñamos lo que podemos aprender de estos acontecimientos.

La primera observación que hacemos es Mateo 2 está asociada con los viajes relacionados con el nacimiento de Jesús, su familia y los otros personajes mencionados en este capítulo.

Los viajes relacionados con Egipto

Primero, después del nacimiento de Jesús, Mateo cuenta la visita de los magos ‘del oriente’

Segundo, Mateo cuenta la visita de Jesús y su familia a Egipto, en ‘el oeste’

Mateo muestra a Jesús relacionado con el mundo más amplio que el mero Mesías de Israel. 

  • Tuvo visitantes, regalos y adoración provenientes del este. 
  • Fue residente temporal en Egipto. 

Así estas narraciones abarcan los extremos del mundo bíblico en la época del Antiguo Testamento. Isaías 19:23-25 explica que el propósito de Dios para Israel por medio del Mesías era la bendición sobre todas las naciones.

 

23En aquel tiempo habrá una calzada de Egipto hasta Asiria, y entrarán asirios en Egipto y egipcios en Asiria; y los egipcios y los asirios servirán juntos a Jehová.

24En aquel tiempo, Israel será tercero con Egipto y con Asiria, para bendición en medio de la tierra. 

25porque Jehová de los ejércitos los bendecirá diciendo: «Bendito sea Egipto, pueblo mío; y Asiria, obra de mis manos; e Israel, mi heredad».

 

El hecho de hablar de Egipto por una parte y de Mesopotamia por la otra nunca dejaría a un judío pensando sólo en geografía. Inevitablemente recordarían su historia. La mayor parte de la historia registrada en la Biblia hebrea está colgada como una hamaca entre los dos postes de Egipto, Asiria y Babilonia – entre el éxodo desde la opresión egipcia y el exilio babilónico y el regreso.

Estos versículos se refieren a futuras bendiciones cuando ya se haya consumado el reino de Dios. Egipto y Asiria, en representación de los pueblos gentiles, e Israel, todos experimentarán la salvación a través del Mesías. Dan una insuperable visión de la total inclusión de los gentiles en el reino. Israel contará con una parte igual a la de los otros, es decir una tercera parte (pero no el tercer lugar), y sus títulos distintivos serán compartidos con sus más crueles enemigos: 

Egipto, pueblo mío (Oseas 2:23; 1 Pedro 2:10) 

Asiria, obra de mis manos (Isaías 29:23)

 Israel, mi heredad (Deuteronomio 32:9)

En Jesucristo, los que antes eran enemigos pueden unirse en amor. En Él, personas y naciones que se encuentran en polos opuestos, políticamente hablando, se inclinarán ante sus pies. De forma que el propósito de la lección de historia en capítulo 1 queda corroborada por la lección de geografía en el capítulo 2. También nos damos cuenta que los viajes y la reputación de Jesús había un ministerio efectivo que extendía a toda la área clásica del Antiguo Israel. Nos referimos específicamente las fronteras del antiguo trono de David (Mateo 4:24-25). 

  • El Mayor Hijo de David Jesucristo) está reclamando su reino. 
  • Mateo y los otros autores del Nuevo Testamento veían las escrituras hebreas con las palabras de una canción de esperanza. 

¿Qué es la esperanza para nosotros en el Siglo XX1?

Otra vez recordamos Mateo 1:1. El hombre a quien todos los judíos recuerdan como padre de su raza es Abraham, hijo de Taré. Abraham fue criado en una ciudad llamada Ur, cerca del río Eufrates, donde ahora es Iraq. A una edad a la que la mayor parte de la gente está pensando jubilarse, Abraham fue visitado por el Señor, quien le pidió salir de Ur de los Caldeos:

Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré.” (Génesis 12:1)

Dios simplemente prometió a Abraham:

A tu descendencia daré esta tierra.” (Génesis 12:7)

La promesa fue repetida y ampliada con el paso de los años. Abraham fue padre de un hijo llamado Isaac. Su nieto, Jacob, tuvo 12 hijos cuyos descendientes forman las 12 tribus de Israel.

Moisés predijo la historia de Israel por siglos y hasta milenios. A fin de recordarles su acuerdo con Dios, pronunció una serie de bendiciones y maldiciones sobre el pueblo, las cuales debían ser recitadas en voz alta y escritas para testimonio a su entrada en la tierra. Esto se encuentra en el capítulo 28 de Deuteronomio. 

A su tiempo, alrededor de 587 a.C., los babilonios capturaron a Jerusalén y transportaron a Judá y Benjamín. Durante 70 años la tierra estuvo vacía excepto de los judíos más pobres. 

Después de ese tiempo, se permitió que una parte retornara de Babilonia. Estos restablecieron el hilo de la vida nacional, aunque sin rey, y estuvieron sujetos a los persas, griegos y romanos. Fue dentro de este oprimido mundo que Jesús de Nazaret vino a la vida.

Treinta años después de que Jesús fue crucificado, los judíos se rebelaron contra Roma. Un potente ejército sitió y capturó a Jerusalén, llenando las calles con cadáveres y destruyendo el templo. Sesenta años más tarde, la revuelta de 132 d.C. selló su destino. Cientos de miles de judíos fueron vendidos como esclavos, aumentando la ya sustancial población judía de muchas provincias del Imperio Romano y sus alrededores. Como Moisés había predicho, los israelitas se volvieron “judíos errantes,” siendo encontrados prácticamente en todos los países del mundo, menospreciados, injuriados y acosados por la persecución de ciudad en ciudad. Por largos siglos, exactamente como las maldiciones habían advertido, ellos no tuvieron descanso para la planta de su pie.

El apóstol Pablo pregunta: “¿Ha desechado Dios a su pueblo?” El mismo responde enfáticamente: “En ninguna manera.” También declara: “Son amados por causa de los padres. Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Romanos 11:1, 28, 29). 

El regreso de Israel

Pero después de siglos de dispersión y persecución, al final del siglo pasado, se reavivó la esperanza de una restauración nacional. La idea de un hogar nacional se expresó en los escritos de Chaim Weizman en la Rusia de los zares. Luego se publicó en 1896 el libro El Estado Judío de Teodoro Herzl, y se celebró en 1897 el Primer Congreso Sionista. Después siguió la lenta y penosa labor de los primeros asentamientos en Palestina bajo los turcos. El mandato británico después de la Primera Guerra Mundial permitió que más y más judíos retornaran. Finalmente, la agonía de la represión de Hitler creó una presión irresistible en Europa y precipitó una cadena de sucesos que condujeron finalmente a la formación del Estado de Israel el 14 de mayo de 1948. 

Menos de 24 horas más tarde (15 de mayo) los ejércitos regulares de Egipto, Jordania, Siria, Líbano e Irak lo invadieron, forzando a Israel a defender la soberanía que había reconquistado en su patria histórica y ancestral. 

Desde esos emocionantes días, como sabemos, difícilmente pasa un día sin que se haga alguna mención sobre el diminuto Estado de Israel en nuestros periódicos. Con un territorio y población no mayor que El Salvador, Israel es muy prominente en los asuntos mundiales. Nunca antes una nación ha sido expulsada sistemáticamente de su territorio, ha sobrevivido a 25 siglos de destierro y ha vuelto a la vida en sus antiguas colinas con tan extraordinario vigor. 

El regreso de Israel no es un accidente histórico. Es el acto deliberado de un amoroso y misericordioso Dios. Jeremías lo expresa con claridad:

“Yo estoy contigo para salvarte, dice Jehová, y destruiré a todas las naciones entre las cuales te esparcí; pero a ti no te destruiré.” (Jeremías 30:11)

Jesús dijo a sus apóstoles:

“Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos, juzgando a las doce tribus de Israel.” (Lucas 22:29, 30)

Pero, para que esta simple y sincera bendición sea dada a Pedro, Jacobo, Juan y sus compañeros, ellos deberán ser resucitados de entre los muertos, porque ninguno de ellos reinó sobre Israel durante su vida. También debe existir un Israel sobre el que reinen con Jesús. Todo esto es completamente posible en la actualidad. Israel ha sobrevivido, y Dios ha traído de nuevo a Israel a su tierra, en preparación para el reino de Dios. 

¿Y qué del futuro?

Está claro que los judíos mismos deben lograr una renovación espiritual antes de estar preparados para que Jesús sea su rey. Es un hecho triste que su devoción a Dios, que fuera tan real durante su dispersión y persecución, ha sido abandonada, ahora que ellos han regresado. Deberá haber un mayor cambio de corazón, antes de que puedan ser verdaderamente el pueblo de Dios. Vemos esto en el hermoso pasaje de Ezequiel, que describe el regreso:

“Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias.” (Ezequiel 36:25)

Malaquías escribe que “el profeta Elías” será enviado, como lo fue Juan el Bautista, “antes que venga el día de Jehová, grande y terrible,” a preparar al pueblo de Dios para la venida de Jesús (Malaquías 4:5, 6).

Sin lugar a dudas, sólo una minoría del pueblo responderá a este mensaje, como ocurrió en el primer siglo. Para la mayoría, “viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará” (Malaquías 4:1). La catástrofe que purificará a los judíos que viven en la tierra de Israel será la invasión poderosa de un ejército formado de muchas naciones, que combinarán fuerzas para atacar y finalmente capturar a Jerusalén, la joya de la corona de Israel. 

Será un día oscuro para Israel. Pero el desenlace es claro. Será en aquel día de dificultad que Jesús aparecerá a su pueblo como su Salvador. Les dará no solamente libertad de sus enemigos, sino también perdón de sus pecados. Dice Zacarías:

“Mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito…. En aquel tiempo habrá un manantial abierto para la casa de David, y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación del pecado y de la inmundicia.” (Zacarías 12:10; 13:1)

El pueblo arrepentido se convertirá en el núcleo de un poderoso imperio gobernado por el rey Jesús, cuyo reino traerá paz y gozo a todas las naciones de la tierra. “En aquel día,” dice Jeremías regocijándose, “llamarán a Jerusalén: Trono de Jehová, y todas las naciones vendrán a ella en el nombre de Jehová en Jerusalén” (Jeremías 3:17). “Porque de Sion saldrá la ley,” afirma Miqueas, “y de Jerusalén la palabra de Jehová. Y él juzgará entre muchos pueblos” (Miqueas 4:2, 3). 

¡Cuán gloriosa es esta descripción de un mundo que todos anhelamos, en que todos podremos tener parte! ¡Imaginemos a la tierra librada de guerras y violencia interminables, de enfermedades, lágrimas y sufrimientos! Isaías promete:

“Tus ojos verán al Rey en su hermosura…. Tus ojos verán a Jerusalén, morada de quietud.” (Isaías 33:17, 20)

El reino venidero

Y si vosotros sois de Cristo, escribe Pablo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa (Gálatas 3:29). Imagine eso: ¡Poder gozar, ahora mismo, la misma misericordia y perdón que Dios mostrará a Israel en su reino! ¡Y cuando esto se realice, ser herederos de la tierra de Abraham, restaurada en toda su belleza, y coherederos del trono de David y de un mundo donde las naciones vivan en paz!

El camino ha sido preparado por medio de su gran plan. El nos ha mostrado, a través de la historia de su pueblo, los judíos, que podemos confiar en su palabra, el mensaje del evangelio contenido en la Biblia. Pero tenemos que creer y ser bautizados, y entonces vivir la vida que Jesús exige de sus discípulos. El que creyere y fuere bautizado será salvo (Marcos 16:16)

¡Qué venga tu Reino!

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