Introducción

Introducción

Después de su resurrección, el Señor Jesucristo dejó a sus discípulos la gran comisión de hacer discípulos en todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mateo 28:19). Desde entonces se encuentran en las páginas del Nuevo Testamento relatos acerca de sus seguidores cumpliendo fielmente sus deseos. La salvación ha sido posible por medio de su muerte y resurrección.

Con el bautismo, la inmersión completa de una persona en el agua, se asocia a un verdadero creyente con Jesús. Es un acto que representa la muerte y resurrección del penitente con Cristo. El bautismo implica también arrepentimiento y a través del arrepentimiento se puede tener acceso al perdón. El apóstol Pablo explica el significado del bautismo en Colosenses 2:12-13:

“…sepultados con él (Cristo) en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos. Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados.”

La salida del agua se identifica con la resurrección de Cristo, relacionándose con la esperanza de resurrección a vida eterna a su regreso. Ahora también está la esperanza de vivir una nueva vida, espiritualmente triunfante sobre el pecado, a causa de la victoria de Cristo (Romanos 6:3-5).

Un hecho con entendimiento

Hoy en día, cada Cristadelfiano confirma su fe en el hecho y significado de su propio bautismo. Seguramente cada vez que observa un bautismo, los hermanos en Cristo recuerdan con gratitud cuando ellos mismos fueron sumergidos en el agua para ser unidos, por la fe, con su Señor y Salvador, Jesucristo. Durante aquella ocasión, no importa en qué parte del mundo se desarrolle, inmediatamente antes de su inmersión completa en agua se cumplen tres sucesos importantes.

  • El hermano que preside la ceremonia del bautizo pregunta al creyente: “¿Crees en las cosas concernientes el Reino de Dios y el Nombre de Jesucristo?”
  • El creyente responde afirmativamente: “Sí.”
  • Entonces el hermano manifiesta: “Según esta declaración pública de tu confesión de fe, te bautizo de acuerdo con el mandamiento de Jesús en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo para la remisión de tus pecados.”

Se nota la formula, viene de la gran comisión de Jesucristo a sus discípulos en Mateo 28:19.

Un mundo en conflicto

Poco tiempo después de su bautismo, el autor de este ensayo se encontró con personas que predicaban con mucho vigor “el Dios Uno y Trino”.  Durante su vida en Cristo, ha tenido la necesidad de defender su fe contra este dogma de la ‘Santísima Trinidad’ considerado por la mayoría de cristianos como fundamental y ‘ortodoxa’ (La palabra “ortodoxa” viene del griego orthos que significa “derecho, sano, línea recta o camino recto” y doxa que significa “opinión, manera de ver, idea, parecer, creencia”.  De esto, se entiende “ortodoxa” significa “opinión o enseñanza correcta”. ¡Aunque el uso de este título no necesariamente indica que los ortodoxos enseñan la verdad! (Lea Capítulo 3 para una explicación más amplia.)

Este conflicto de ideas se ha sido presentado en formas muy diferentes. Por ejemplo, aquí se da a luz los conceptos siguientes:

  • Un conocido me informó: “Lo que defendéis me parece una barbaridad en el sentido más amplio de la palabra. El Verbo era el hombre Jesús, pre-existente en el cielo en forma personal y por consiguiente era Dios mismo.”
  • Otra persona me envió, por correo electrónico lo siguiente: “Jesús es omnisciente, omnipotente y omnipresente.”
  • Continuamos con otro consejo: “Ustedes le están robando la gloria a Cristo…El es el Dios verdadero.”
  • Mientras un amigo dijo: “Lamento su entendimiento bíblico porque no ha progresado a los estudios de los primeros padres de la iglesia.”
  • Otro observó: “La doctrina que defendéis es el Arrianismo (defendido popularmente por los Testigos de Jehová.)”
  • Otra persona declaró: “Es que me pongo triste y enfadado cuando se defiende algo que es tan contrario a la Palabra de Dios.”
  • Un erudito me informó: Hay que recordar que Jesús tiene dos naturalezas, 100% hombre y 100% Dios.
  • Y para terminar, añadimos esta condenación fuerte de un escritor (Trenchard, 1976): “‘Dios en tres Personas, bendita Trinidad’ es un hecho básico de la revelación bíblica, y el que abandona esta doctrina ha perdido el derecho de llamarse cristiano.”

Un propósito

No se puede pasar por alto estas acusaciones. Son muy serias. Hay que responder. Y por eso quiero presentarle al lector una ‘apología’ personal. Escojo esa palabra por la siguiente razón; viene del griego “apologian” que significa “defensa”. Alude al derecho que tenía el acusado de responder a los cargos presentados en su contra. Para animar a los creyentes a soportar los tiempos de prueba de su fe en Cristo, el apóstol Pedro escribió:

“…santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros.”

(1 Pedro 3:15)

En esta cita encontramos la palabra “defensa” (griego: apologian). La persecución al cristiano se produjo durante el primer siglo. Por eso, los creyentes son instados a no temer. El antídoto positivo contra el temor se encuentra en dar a Cristo el lugar especial que merece en el centro de la vida. Este consejo también ha sido suficiente para cualquier creyente.

Por eso con mansedumbre y reverencia, abordo el tema de la “Trinidad”. Lo hago con la premisa que es importante escuchar con respeto y tratar de entender lo que otros, es decir, los “ortodoxos” dicen. Al mismo tiempo es preciso discernir entre el error y lo correcto. Este estudio vamos a considerar el desarrollo del dogma de la trinidad desde un punto de vista histórico.

Recordemos lo que exhorta el apóstol Pablo en 1 Tesalonicenses 5:12:

“…examinadlo todo, retened lo bueno..”.

Examino el significado bíblico de la frase ‘del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’. Lo hago motivado para confirmar mi fe y participar con usted, estimado lector, en el anuncio glorioso del  “…evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo…”  (Hechos 8:12).

William Rawson (2012)

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