Capítulo 4 - "Creo Que Jesucristo Es El Hijo De Dios"

Hechos 8:37

Capítulo 4:

«Creo Que Jesucristo Es El Hijo De Dios»

(Hechos 8:37)

Empezamos con una consideración de opiniones, pruebas y referencias bíblicas que los creyentes en el dogma ‘trinitario’ presentan. Una vez que los hayan sido identificados, exponemos más detalladamente sobre ellos.

Repasamos brevemente las Escrituras para identificar lo que ha sido revelado de la majestad, poder y santidad de Dios. No es difícil de encontrar la revelación de diferentes aspectos del plan de Dios desde el principio, que se centran en Jesús como Su Hijo. La totalidad del Antiguo Testamento apunta a Cristo y profetiza acerca de Él.

Observamos el desarrollo del pensamiento de los teólogos durante los primeros cuatro siglos hacia la formulación de unas reglas de fe. Notamos que los obispos de diversos ámbitos geográficos tenían la costumbre de reunirse para tomar decisiones en los asuntos de la fe. Entre las muchas decisiones que hicieron, identificamos tres fórmulas llamadas ‘credos’. Una comparación de los tres revela un paso gigantesco en el desarrollo en la explicación de la naturaleza del Hijo y su Padre.

Durante el proceso de esta investigación mencionamos los nombres de unos pensadores prestigiosos de los primeros cuatro siglos e identificamos el papel que ellos desempeñaron. Hacemos referencia también a cuatro posturas diferentes excluidas por el dogma ortodoxo. Además, nos enteramos de una amenaza que surgió en un movimiento – el gnosticismo -.

Muchas de aquellas personas defensoras del dogma ‘trinitario’ son preparadas para señalar que la palabra ‘trinidad’ no es un término bíblico y que tampoco están usando lenguaje bíblico cuando se trata de definirla. La usó Tertuliano en la última década del siglo II y, formalmente, no encontró su lugar en la teología de la iglesia hasta el siglo IV.  Aunque se acepta que no es una doctrina bíblica en el sentido de que no se puede encontrar formulación de ella en la Biblia, se dice que se puede ver que ella subyace a la revelación de Dios, implícita en el Antiguo Testamento y explícita en el Nuevo Testamento. Aquí también podemos aplicar el dicho de Agustín de Hipona (Lacueva 1989, pág.140):

«El Nuevo Testamento está latente en el Antiguo; el Antiguo está patente en el Nuevo.»

[Tertuliano (160 – 215 d.C.) –  Quinto Septimio Florente Tertuliano de origen africano, nacido en Cartago. Es llamado el padre del cristianismo latino.

Agustín de Hipona (354 – 430 d.C.) –  Nació en Tagaste pequeña ciudad de la provincia de Numidia (en Túnez del norte de África), una región de cultura y lengua latinas. El de padre pagano y madre cristiana devota. En el 395 d.C. le consagró obispo en la sede de Hipona. Conocido como el mayor de los Padres Occidentales.]

Sin embargo, las siguientes citas nos llama la atención:

«Ni la palabra Trinidad, ni la doctrina explícita como tal, aparecen en el Nuevo Testamento; tampoco se propusieron Jesús y sus seguidores contradecir el Shema del Viejo Testamento: ‘Oye, oh Israel: El Señor nuestro Dios es un Señor’ (Deu 6:4). (…) La doctrina se desarrolló gradualmente en el transcurso de varios siglos y en medio de muchas controversias. (…) Pero a fines del siglo IV (…) la doctrina de la Trinidad adquirió básicamente la forma que ha mantenido desde entonces» The New Encyclopœdia Britannica, 1976, Micropœdia, tomo X, pág. 126.

“La formulación ‘un solo Dios en tres Personas’ no quedó firmemente establecida, y ciertamente no se asimiló por completo en la vida cristiana ni en su confesión de fe, antes del fin del siglo IV. Pero es precisamente esta formulación la que originalmente reclama el título de el dogma trinitario. Entre los Padres Apostólicos, no había existido nada que siquiera remotamente se acercara a tal mentalidad o perspectiva” New Catholic Encyclopedia, 1967, tomo XIV, pág. 299.

“El cristianismo se derivó del judaísmo y el judaísmo era estrictamente unitario (creía que Dios era una sola persona). El camino que llevó de Jerusalén a Nicea difícilmente fue recto. El trinitarismo del siglo IV no reflejó con exactitud la enseñanza del cristianismo primitivo respecto a la naturaleza de Dios; manifestó, al contrario, un desvío de esta enseñanza” The Encyclopedia Americana, 1956 tomo XXVII, pág. 294L.

Con esto se dice que, si bien no pueden hablar confiadamente de la revelación de la ‘trinidad’ en el Antiguo Testamento, no obstante, una vez que la sustancia de la doctrina ha sido revelada en el Nuevo Testamento, pueden volver hacia atrás y comprobar la existencia de muchas implicaciones de ella en el Antiguo Testamento. Dudamos mucho de esta manera de escudriñar la Palabra de Dios.

Aun cuando la Escritura no nos ofrece una doctrina formulada de la ‘trinidad’, Douglas (2000) afirma que:

«…ella contiene todos los elementos con los cuales la teología ha armado la doctrina correspondiente. La enseñanza de Cristo da testimonio de la verdadera personalidad de cada una de las distinciones en el seno de la Deidad a la vez que arroja luz sobre las relaciones existentes entre las tres personas. Quedó para la teología la tarea de formular a base de esto una doctrina de la Trinidad. La necesidad de formular la doctrina le fue impuesta a la iglesia por fuerzas externas a ella, y fue, en particular, su fe en la deidad de Cristo y la necesidad de defenderla lo que primero la impulsó a afrontar la tarea de formular una doctrina completa de la Trinidad para su regla de fe.»

De lo que acabamos de leer, observamos que se admiten:

  • la ‘trinidad’ no es un término bíblico;
  • tampoco están usando lenguaje bíblico cuando se trata de definirla;
  • por causas externas y posturas diferentes, quedó para la teología la tarea de formular la base de una doctrina de la ‘trinidad’.

Entre muchos de los teólogos de los primeros cuatro siglos, se nota que Ireneo y Orígenes comparten con Tertuliano la responsabilidad de la formulación de la doctrina que sigue siendo, en lo fundamental, la de la ‘iglesia católica-apostólica-romana’. Bajo el liderazgo de Atanasio esta doctrina se proclamó como credo de la iglesia en el Concilio de Nicea (325 d.C.), y en manos de Agustín, un siglo más tarde recibió una formulación que encierra el llamado credo de Atanasio, que es aceptado por las iglesias trinitarias hasta el día de hoy.

[Ireneo (135? – 203? d.C.) Nació en Esmirna, Asia Menor.  Llegó a ser obispo de Lyon en la Galia.

Orígenes (185 – 254 d.C.) Nació de padres cristianos en Alejandría. Prolífico autor. Una de las contribuciones más firmes de Orígenes a la teología es su enseñanza acerca de la relación de ‘Dios el Hijo’ con ‘Dios el Padre’.

Atanasio (295 – 373 d.C.) Nació en Alejandría  Le denominó la iglesia griega ‘Padre de la ortodoxia’.]

Los apóstoles tuvieron un inmenso prestigio y una gran autoridad dentro de la iglesia naciente en el primer siglo de la era cristiana. Habían sido testigos presenciales de la resurrección de Jesucristo. Mientras ellos estuvieron vivos, sus recuerdos acerca de las enseñanzas y las obras de Jesús fueron dados por el Espíritu de Dios (Juan 14,15,16). Sin embargo, cuando murieron, el cristianismo entró en una era nueva. Ya no sería posible resolver las disputas doctrinales a base de acudiendo a un apóstol. La generación siguiente se vio obligada a reflexionar acerca de las enseñanzas de Jesús y de los apóstoles por su propia cuenta, y así comenzó la teología. Dicen Olson y English en La Historia de la Teología pág.7

“La teología es la reflexión de la iglesia sobre la salvación que nos trajo Cristo, y sobre el Evangelio de esa salvación, proclamado y explicado por los apóstoles del siglo primero.”

Dios revelado

Es indispensable que empecemos con un bosquejo bíblico de la relación de Dios con su Hijo. Aunque no hay una ‘definición’ de Dios en las Escrituras, podemos aprender acerca de Dios por medio de lo que leemos en estas mismas Escrituras. En el primer paso es conveniente recordar que creemos en un ‘Dios vivo’. Esto quiere decir que no solamente creemos en Su existencia sino en Su existencia activa. Según las Escrituras, el hombre es una creación especial de Dios, el cual fue creado a Su propia imagen y semejanza. El hombre prudente entonces puede, según las enseñanzas de la Biblia, aprender que Dios existe y ser capaz de conocerle.  Recordamos lo que Dios dice por medio del profeta Jeremías (9:23-24):

«No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Más alábense en esto el que hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero dice Jehová.»

Que Dios se ha revelado como un ser real es un tema majestuoso y glorioso de la Biblia. Que Jesús es el Hijo de Dios es también un dogma fundamental del cristianismo verdadero. Nuestro entendimiento del Padre Celestial es  incompleto pero podemos aspirar, en medio de la enmarañada oscuridad de esta vida, a encontrarnos finalmente con Él. Es razonable creer que Él habrá ideado algún medio de hablarnos de sí mismo. La Biblia es la revelación de Dios al hombre y en ella vemos revelado el carácter de Dios. El Apóstol Pablo nos exhorta acerca de nuestro entendimiento de las cosas espirituales cuando dice:

«La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.» (Romanos 10:17).

Entonces, es con ciertas reservas que observamos y estudiamos los argumentos de los teólogos de los primeros cuatro siglos del cristianismo. Por eso preguntamos si hay necesidad de buscar explicaciones con términos y lenguaje no bíblicos para llegar a un entendimiento de la relación de Dios con Su Hijo.

Un estudio de las Escrituras revela que Dios tenía formulado un plan completo desde el principio mismo de la creación. Por lo tanto, su deseo de tener un Hijo estaba en Su plan desde el principio. Él amaba ese Hijo antes de que naciera

«..tal como los padres pueden amar a un hijo aún en el vientre materno» (Heaster, 2001, pág.220). Confesamos (Los tres párrafos siguientes viene de la confesión de un hermano Cristadelfiano: Heaster,. pág. 230.)

que la totalidad del Antiguo Testamento revela diferentes aspectos del plan de salvación de Dios en Cristo.

Las promesas que Él hizo a Eva, Abraham y David, todas hablan de Jesús como su descendiente literal. En verdad, la totalidad del Antiguo Testamento apunta a Cristo y profetiza acerca de él. La ley de Moisés, que Israel tenía que obedecer antes de la época de Cristo, constantemente apuntaba hacia Jesús:

“La ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo” (Gálatas 3:24).

De este modo, en la fiesta de Pascua tenía que matarse un cordero en perfectas condiciones (Éxodo 12:3-6); esto representaba el sacrificio de Jesús,

“el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29; 1 Corintios 5:7).

La condición intachable que se requería para todos los sacrificios de animales apuntaba hacia el carácter perfecto de Jesús (Éxodo 12:5 comparado con 1 Pedro 1:19).

La promesa a David referente a Cristo hace imposible su existencia física en la época en que se hizo la promesa:

“Yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas… yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo (2 Samuel 7:12,14).

Notamos el tiempo futuro que se usó aquí. En vista de que Dios sería el Padre de Cristo, es imposible que el Hijo de Dios haya podido ya estar en existencia en aquel período de tiempo en que se hizo la promesa. Que esta simiente “procederá de tus entrañas” muestra que él habría de ser un descendiente literal y físico de David.

“En verdad, juró Jehová a David… De tu descendencia pondré sobre tu trono” (Salmo 132:11).

Salomón fue el cumplimiento básico de la promesa, pero como él ya estaba físicamente en existencia al tiempo de esta promesa (2 Samuel 5:14), el principal cumplimiento de esta promesa acerca de que David tendría un descendiente físico que sería el Hijo de Dios, debe referirse a Cristo (Lucas 1:31-33). “Levantaré a David renuevo justo” (Jeremías 23:5), es decir, el Mesías.

Similares casos en que se usa el tiempo futuro se hallan en otras profecías referentes a Cristo. En Hechos 3:22, 23 se cita el pasaje

“profeta les levantaré [a Israel]… como [Moisés]” (Deuteronomio 18:18),

que define a ese profeta como Jesús.

“La virgen [María] concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14).

Esto claramente se cumplió en el nacimiento de Cristo (Mateo 1:23).

Mientras Dios ha revelado en las Escrituras algo de su majestad, poder, santidad en el universo y en su amor y compasión por los hombres, podemos conocerlo mejor por medio de su bien amado Hijo.  Nuestro Señor Jesucristo vivió tan cerca de su Padre en oración, en vida y enseñanza, al grado de poder decir a Felipe:

“El que me ha visto a mí, ha visto al padre.” (Juan 14:9).

Dios no sólo reveló la gloria de su compasión, gracia, misericordia y verdad a Moisés, sino que manifestó todo esto a la nación de Israel. Sin embargo, era con frecuencia una gente obstinada de corazón (Deuteronomio 9:13). Una lectura de los Evangelios nos enseña de que, como su Padre, Jesús manifestó los mismos atributos tanto a los justos como a los pecadores.

Aquí están unas afirmaciones de los primeros cristianos:

  1. Afirmaciones que solo confiesan al Señor Jesucristo:

Hechos 8:37. «Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.»

Romanos 10:9. «Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.»

Filipenses 2:10-11. «Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.»

1 Timoteo 3:16. «Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.»

1 Juan 5:1. «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios.»

2. Afirmaciones con una doble referencia:

1 Corintios 8:6. «Para nosotros, sin embargo, solo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas y nosotros por medio de él.»

1 Timoteo 2:5-6. «Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos.»

3. Afirmaciones con una referencia triple – Padre, Hijo y Espíritu Santo:

Mateo 28:19. “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…”

2 Corintios 13:14. “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.”

Estas últimas citas son unos de los pocos pasajes del Nuevo Testamento que posiblemente pueden referirse a la trinidad. La primera de ellas es la única en la que los tres elementos de la trinidad son puestos uno al lado del otro en una sola oración.

Declaraciones de creencias

Acabamos de leer en el punto (iii) en la página 28 acerca de la tarea de los teólogos de formular una doctrina de la ‘trinidad’ por causa de las fuerzas externas a la ‘iglesia’. Por eso presentamos un resumen histórico, aunque muy breve, para distinguir entre las diversas doctrinas la idea de una regla de fe como prueba de ‘ortodoxia’. Empezamos con un símbolo de fe – el credo –.

‘Credo’ en castellano viene de la forma del verbo en latín para ‘Yo creo’.  En el lenguaje de la iglesia, un credo es una declaración de sus creencias. Existe en el Nuevo Testamento una cantidad de afirmaciones de fe. Son tan cortas que resulta fácil pasarlas por alto. Se usaron en conexión con la predicación, en bautismos y en reuniones de adoración.

Según Kelly (1950, pág. 91), surgió una fórmula bautismal de carácter interrogatorio. Siguiendo la fórmula del bautismo del Señor Jesucristo en Mateo 28:19, la persona a la que se enseña la doctrina cristiana, para que pueda ser bautizada tenía que responder a las siguientes tres preguntas:

“¿Crees en Dios Padre Todopoderoso?”

“¿Crees en Jesucristo, el Hijo de Dios, que nació por el Espíritu Santo de la Virgen María, que fue crucificado bajo Poncio Pilato, murió, y al tercer día se levantó vivo de entre los muertos, y ascendió a los cielos, y se sentó a la diestra del Padre, y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos?”

“¿Crees en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia católica, y en la resurrección de la carne?”

De estas tres preguntas tenemos la declaración de fe afirmativa bajo el nombre de ‘Credo Apostólico’ aunque hay poca evidencia de que fue escrito por los apóstoles. La leyenda dice que los apóstoles antes de partir para predicar el evangelio acordaron una forma única de predicación a la que se conoció como el Credo de los Apóstoles. Las doce cláusulas se atribuyen a cada apóstol. Aparece por primera vez en la literatura cristiana en el siglo IV (González 1992, pág.148).

El idioma de la iglesia en Roma fue cambiado de griego a latín a mediados del tercer siglo. Durante el cuarto siglo, había en la iglesia en Roma un conjunto de creencias antiguas en latín traducidas del griego que conocimos bajo el nombre ‘Antiguo símbolo romano’. Al correr del tiempo, las preguntas dieron lugar a una afirmación. Por eso, esta declaración de la fe cristiana debe tener una fecha de antigüedad anterior al año 250 d.C.

Una versión de esta regla de fe es así:

El Credo Apostólico

Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra.

Y en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de la María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.

Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

Notamos primeramente la estructura en tres partes del Credo Apostólico que nos recuerda la fórmula bautismal usada por el Señor mismo (Mateo 28:19). Una lectura cuidadosa también revela en su referencia a Dios como ‘el Padre’, luego como ‘Todopoderoso’, y finalmente como ‘Creador del cielo y de la tierra’.

Que el término ‘Padre’ se refería a la relación paternal de Dios con Jesús como su Hijo es evidente (2 Samuel 7:14). También hay otras referencias en el Antiguo Testamento a Dios como ‘Padre’ de los israelitas y de los creyentes en sus promesas (Deuteronomio 32:6; Malaquías 2:10). Pero aquí tenía un uso más extensivo.  Significaba que Él se confiesa como la ‘fuente’ – el ‘origen’ – de todo lo que existe. Igualmente es así con la palabra traducida ‘Todopoderoso’ (omnipotens en el texto latino). Eso lo declaraba como ‘todo-potente’, no meramente ‘todo-poderoso’, y así ejerce su control personal sobre todo. Finalmente se proclama como ‘Creador del cielo y de la tierra’ en oposición a  las nociones de los gnósticos acerca del origen del mundo material. González explica (1992, pág.127):

“El gnosticismo se opone a la doctrina cristiana de la creación porque ve en el mundo material, no la obra del Dios eterno, sino la obra de algún ser inferior y en cierto sentido malo o ignorante.  Según los gnósticos, las cosas de este mundo son, no sólo de escaso valor, sino hasta malas y condenables.”

Una digresión: El gnosticismo

Parece que tales nociones estaban afectando a algunos de los verdaderos cristianos ya a mediados del primer siglo, causando preocupación a Pablo y a Juan a su vez. Los gnósticos enseñaban que ese Dios es esencialmente trascendente e inmutable y nunca había tenido que ver directamente con la creación o con los procesos del mundo de la materia.

En cuanto al origen del gnosticismo, lo más probable es que surgiera en Siria-Palestina poco antes de la aparición del cristianismo (Blázquez, 1996, pág.98). Ésta es, en realidad, una doctrina que trata de conciliar ideas o teorías diferentes de dualismo persa (luz-tinieblas), misterios orientales, astrología babilónica y cuanta doctrina circulaba por el mundo del siglo II de la era cristiana (González, 1992, pág.124). Es importante recordar que Jehová advirtió a los israelitas en cautividad contra esta doctrina falsa:

“Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí  […] que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto.”  (Isaías 45:5-7)

Éste era un mensaje muy importante para los judíos que volvían de la cautividad en Babilonia porque habrían estado expuestos durante 70 años a la influencia de la creencia de una guerra constante dentro del dualismo pagano de sus dioses del bien y dioses de mal.

Según el gnosticismo, en el ser humano hay cuerpo, alma y espíritu. Tanto el cuerpo como el alma pertenecen al mundo material, ya que el alma es sólo lo que da al cuerpo vida, deseos y pasiones. El espíritu no pertenece en realidad a este mundo, sino que es parte de la sustancia divina que por alguna razón ha caído y ha quedado aprisionada en lo material. Es necesario, entonces, librar al espíritu de su prisión, y esto se logra mediante el conocimiento o gnosis, de donde deriva su nombre el gnosticismo. Entonces se ve que para ellos su concepción de ‘gnosis’ era el único medio de escape y salvación.

Semejante filosofía era subversiva de lo que leemos en el Antiguo Testamento acerca de la obra de Dios en la creación, la revelación, y la redención. Igualmente la doctrina gnóstica está en contra del testimonio apostólico referente al significado importante de la redención por Jesucristo. El Apóstol Pablo la opuso vigorosamente en su carta a los Colosenses y advierte a sus lectores:

“Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo.”  (Colosenses 2:8)

y más tarde le instó a Timoteo:

“Guarda lo que se te ha encomendado, evitando las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia (griego: gnosis).” (1 Timoteo 6:20)

Juan dio prueba abundante igualmente en su evangelio de que en la persona de Jesús, la Palabra (griega: logos) “fue hecho carne” (griega: sarx) – es decir, auténticamente humano – y que sus sufrimientos no eran las experiencias ilusorias de algún fantasma, sino las de un hombre de carne y sangre para que pudiera atestiguar personalmente (Juan 1:14; 19:54-35; 1 Juan 1:1-3). Y Juan, en su primera epístola, escribió enfáticamente

“Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne (griego: sarx), es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios…” (1 Juan 4:2-3).

Así en su insistencia en la realidad de los sufrimientos, muerte y resurrección de Jesús, el Credo Apostólico permaneció firme contra las incursiones de una filosofía ajena.

Se puede ver que esta regla de fe de los primeros discursos apostólicos se ha conservado en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Se nota también, en su construcción, las circunstancias actuales de otras creencias falsas que necesitaban ser estructuradas.

Nos llama la atención la concentración en sus primeras dos secciones del credo acerca del asunto de Dios y de Jesús. En contraste, el Espíritu Santo se menciona sólo brevemente, sin detalles explicativos o calificativos. Esto no fue así en las generaciones siguientes cuando encontramos en los credos una explicación mucho más amplia. Simplemente el Espíritu Santo es, en esta tercera sección, el primero de seis artículos declarados como objeto de fe.

El segundo de éstos es ‘la Santa Iglesia Católica’. Esta frase requiere un comentario breve. La asociación del adjetivo ‘santo’ con el nombre ‘iglesia’ concuerda con el punto de vista del Nuevo Testamento acerca de la iglesia como un cuerpo de personas. La Iglesia es los creyentes ‘santificados’ y separados por Dios. Es el término ‘católica’ el que es nuevo. En su sentido moderno de ‘universal’ siempre ha sido una expresión apropiada para describir una comunidad compuesta de personas de razas diferentes, pero ésta no era su connotación original. Se usó en esta confesión para denotar a aquellos  que subscribieron a la doctrina ‘ortodoxa’ de la iglesia en aquel tiempo. Este grupo es distinto de otros grupos de personas, tales  como los gnósticos mencionados anteriormente.

El tiempo no se detenía y los eventos significantes que ocurrieron durante el segundo siglo produjeron consecuencias más extensas y más complejas durante los siglos siguientes. Cuando la ‘Iglesia’ se extendió más allá del mundo griego, al romano, encontró la oposición de las formas más desarrolladas del gnosticismo que encontraron Pablo y Juan. Había también otras religiones opuestas, entre ellas una forma de judaísmo militante. Se persiguieron creyentes cada vez más, y aquéllos que vieron el crecimiento de la ‘Iglesia’ como una amenaza presentaron falsas acusaciones ante las autoridades para justificar su actitud.

Un desarrollo bastante diferente y grato también ocurrió: los miembros de las clases educadas, descontentos con todas las formas de paganismo, mostraron interés creciente hacia el cristianismo (Barling, 1990, Vol.2, pág.14). A ello se agregaron otras circunstancias. Las acusaciones populares se basaban en los rumores que corrían de boca en boca acerca de las costumbres y creencias de los cristianos. (González, 1992. pág.96). De esta situación compleja surgió de manera prominente una serie de escritores talentosos que se pusieron la tarea de producir una explicación razonada y una defensa de las creencias y prácticas cristianas. Su vindicación racional, o ‘la apología’, de su fe les ganó el título los ‘Apologistas’.

La intención de los Apologistas de convertir a los paganos por el argumento racional era loable. Pero, por los mismos motivos por los que ellos escogieron hacer esto, afectaron profundamente el pensamiento de la ‘Iglesia’ tanto dentro como fuera. Las creencias del cristianismo verdadero tenían unos elementos fijos:

  • la fe en un único Dios Padre, creador y remunerador,
  • la fe en la redención por Cristo,
  • la resurrección de los muertos,
  • el reino de Dios,
  • el regreso de Cristo,
  • la eucaristía,
  • el bautismo y
  • la revelación bíblica.

La ortodoxia, o mejor dicho, lo que se impuso como ortodoxia no representa la forma inicial del cristianismo primitivo. Los apologistas le dieron una dirección a la cuestión cristológica que llevó inevitablemente al concilio de Nicea y de allí a Calcedonia, y más allá.

Incluso los defensores de la doctrina de la ‘trinidad’ totalmente desarrollada tienen que admitir que, entrar en una consideración de las discusiones y conclusiones que marcaron el primer Concilio de la Iglesia en Jerusalén aproximadamente en el año 49 d.C., a una consideración de aquellas presentadas en Nicea (325 d.C.), Constantinopla (381 d.C.), Éfeso (431 d.C.) y Calcedonia (451 d.C.), es dar un gigantesco paso adelante en el pensamiento.

Tan absorbente era en particular la relación entre el Padre y el Hijo que hasta alrededor del 325 d.C. la atención al tema del Espíritu Santo había sido ligera. La discusión se había concentrado en definir el estado y naturaleza de Jesús como ‘el Hijo de Dios’.

El Credo de Nicea

Creemos en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador de todas las cosas visibles e invisibles; y en un solo Señor Jesucristo, el unigénito del Padre, esto es, de la sustancia [ek tes ousias] del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre [homoousion to patri], por quien todo fue hecho, en el cielo y en la tierra; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, se encarnó y se hizo hombre, padeció y resucitó al tercer día, subió a los cielos y volverá para juzgar a vivos y a muertos. Y en el Espíritu Santo.

Aquellos que dicen: hubo un tiempo en el que Él no existía, y Él no existía antes de ser engendrado; y que Él fue creado de la nada (ex ouk onton); o quienes mantienen que Él es de otra naturaleza o de otra sustancia [que el Padre], o que el Hijo de Dios es creado, o mudable, o sujeto a cambios, [a ellos] la Iglesia Católica los anatematiza.

Sería ingenuo imaginar que el progreso hacia un acuerdo general ‘ortodoxo’ o ‘católico’ era suave y sencillo. Hemos descubierto ecos de desacuerdos o incertidumbres en el texto de las Confesiones. No sólo el proceso duraba siglos (en cuyo tiempo la naturaleza de la dirección y la influencia en la Iglesia cambió radicalmente), pero una variedad de otros factores ayudó a forjar los acontecimientos.

Rivalidades personales; intervenciones a los Concilios y de otras maneras por emperadores romanos; las disputas entre líderes episcopales, sobre todo de aquellos de Alejandría, Antioquía, Constantinopla y Roma; y problemas de idioma y la equivalencia de la terminología teológica que llevó fácilmente a un mal entendimiento – todos éstos dejaron su marca en la formación de los credos. Podemos, sin embargo, notar la contribución sucesiva hecha a este proceso por pensadores y la reacción de otros hasta que finalmente llegaron a pronunciar una ´Deidad Trina´.

En los primeros siglos, la reflexión en torno a la persona de Jesús, su relación especial con Dios y el intento de articular un ‘credo’ común, fueron, a pesar de las dificultades exteriores, una de las grandes preocupaciones de la comunidad cristiana (de Isasa, 1998). En este esfuerzo, lógicamente hubo desviaciones, unas de buena fe y otras provocadas por el deseo de controlar la comunidad. Diversas corrientes de pensamiento, así como diferentes escuelas filosóficas sirvieron de base y llegaron a aportar hasta la terminología que poco a poco permitió expresar en un cuerpo doctrinal la posición ‘ortodoxa’. Esta doctrina afirma que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres personas que comparten la misma substancia (griego: ousia) y la misma energía (griego: energeia).

Entre las posiciones que excluye el punto de vista ‘ortodoxo’ están:

  • el subordinacianismo, que sostiene que Cristo es inferior al Padre;
  • el pneumatomaquismo, que sostenía que el Espíritu Santo era inferior al Padre y al Hijo;
  • el modalismo, que sostenía que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola persona con tres nombres distintos;
  • el patripasianismo, que afirmaba que, dado que Cristo era Dios, su Padre había sufrido y muerto en la cruz con él.

Según este ejemplo de la mezcla de explicaciones de la relación entre el Padre y su Hijo, se entiende el deseo de la iglesia de formular más explícitamente su fe trinitaria tanto para profundizar su propia inteligencia de la fe como para defenderla contra los errores que la deformaban. Esta fue la obra de los Concilios antiguos.

Cuando recordamos que Jesús fue crucificado bajo la inscripción: “Jesús de Nazaret, Rey de los judíos”, son impresionantes y sorprendentes estos grandes conflictos cristológicos. En parte, son el producto de la existencia de dos corrientes, de origen judío y de ascendencia platónica. Según Geymonat (1985, pág.216):

“Sería un error histórico considerar que la Iglesia tuviese clara, desde el comienzo, la tesis hoy reconocida como ‘ortodoxa’, que es intermedia entre la subordinación y el modalismo.  En realidad, las cosas fueron así: los pensadores cristianos, tratando de dar una formulación filosófica al dogma, probaron primero las tesis más espontáneas, que son la subordinacionista y la modalista señaladas.  Pero las profundas discusiones entre los sostenedores de una y otra sacaron a la luz los inconvenientes de ambas: surgió de esta manera la tesis intermedia, sancionada – después de conflictos a veces profundísimos – por la autoridad de uno o más concilios.”

Esta ‘ortodoxia’ cristiana es el resultado de un proceso que duraría más allá de los tres siglos y medio y se va precisando como un sistema de múltiples subconjuntos interdependientes. Igualmente, asombroso es el contraste entre las verdaderas afirmaciones del ‘Credo Apostólico’ y las declaraciones abstrusas del ‘Credo de Atanasio’. También se conoce este credo por sus primeras palabras de la versión latina: Quicumque Vult. (Quicumque vult salvus esse, ante omnia opus est, ut teneat catholicam fidem… que sugnifica:  ‘Todo el que quiera salvarse es preciso ante todo que profese la fe católica…’)

Algunos lo atribuyen a Atanasio de Alejandría (373 d.C.). Otros dicen que se le llama atanasiano no porque él lo escribiera sino porque recoge sus expresiones e ideas. Puede que originalmente fuese dedicado a Atanasio en una época en que ‘atanasiano’ había llegado a ser sinónimo de ‘ortodoxo’ (Richardson, 1999, pág. 55). Algunos piensan que fue escrito por Ambrosio. Aunque no se puede fechar el Quicumque con precisión, Richardson (ibid.) sugiere que apareció por primera vez hacia mediados del siglo V o poco después de la muerte de Agustín que ocurrió en el 430 d.C. cuando la ciudad de Hipona estaba siendo sitiada por los Vándalos.

Se nota que el credo comprende dos secciones y cada sección comienza con una advertencia de que la creencia correcta es necesaria para la salvación. La primera sección explica la doctrina de la Trinidad y la segunda, la encarnación. El credo termina con advertencias llamadas ‘clausulas condenatorias’. Ese contraste con el Credo Apostólico produce una ironía doble:

Primeramente, puesto que no se puede encontrar una doctrina explícita de la ‘Trinidad’ en el Nuevo Testamento, por los términos del Quicumque, ¡incluso los apóstoles mismos en mirada retrospectiva deben ser declarados heterodoxos! (heterodoxo/a significa alguien que está en desacuerdo con los dogmas de una fe o religión.)

En segundo lugar, los mismos pensadores cuya influencia seminal en el área de la cuestión cristológica culminó en el ´trinitarianismo ortodoxo’, tuvieron serios problemas. Algunos expresaron puntos de vista que más tarde fueron considerados inaceptables. Por supuesto, si Justino Mártir (100-165 d.C.) u Orígenes (185-254 d.C.) hubieran vivido en el cuarto o quinto siglo, habrían sido declarados herejes – el uno por su mención de un ‘segundo Dios’, el otro por su punto de vista de que el Hijo era divino en un sentido inferior al Padre y también por la imprecisión de su enseñanza sobre la relación del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo -.

Texto del Credo Atanasiano:

 «Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe Católica; el que no la guarde íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre. Ahora bien, la fe católica es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas ni separar las sustancias. Porque una es la persona del Padre y el Hijo y otra (también) la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad. Cual el Padre, tal el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo; increado el Padre, increado el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo; inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso(también) el Espíritu Santo; eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno (también) el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno, como no son tres increados ni tres inmensos, sino un solo increado y un solo inmenso. Igualmente, omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo no son tres omnipotentes, sino un solo omnipotente. Así Dios es el Padre, Dios es el Hijo, Dios es (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios; Así, Señores el Padre, Señor es el Hijo, Señor (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor; porque así como por la cristiana verdad somos compelidos a confesar como Dios y Señor a cada persona en particular; así la religión católica nos prohíbe decir tres dioses y señores. El Padre, por nadie fue hecho ni creado ni engendrado. El Hijo fue por solo el Padre, no hecho ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, no fue hecho ni creado, sino que procede…

…Hay, consiguientemente, un solo Padre, no tres padres; un solo Hijo, no tres hijos; un solo Espíritu Santo, no tres espíritus santos; y en esta Trinidad, nada es antes ni después, nada mayor o menor, sino que las tres personas son entre sí coeternas y coiguales, de suerte que, como antes se ha dicho, en todo hay que venerar lo mismo la unidad de la Trinidad que la Trinidad en la unidad. El que quiera, pues, salvarse, así ha sentir de la Trinidad.

 Pero es necesario para la eterna salvación creer también fielmente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo. Es, pues, la fe recta que creemos y confesamos que nuestro Señor Jesucristo, hijo de Dios, es Dios y hombre. Es Dios engendrado de la sustancia del Padre antes de los siglos, y es hombre nacido de la madre en el siglo: perfecto Dios, perfecto hombre, subsistente de alma racional y de carne humana; igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad. Mas aun cuando sea Dios y hombre, no son dos, sino un solo Cristo, y uno solo no por la conversión de la divinidad en la carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios; uno absolutamente, no por confusión de la sustancia, sino por la unidad de la persona. Porque a la manera que el alma racional y la carne es un solo hombre; así Dios y el hombre son un solo Cristo. El cual padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, está sentado a la diestra de Dios Padre omnipotente, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y a su venida todos los hombres han de resucitar con sus cuerpos y dar cuenta de sus propios actos, y los que obraron bien, irán a la vida eterna; los que mal, al fuego eterno.

 Esta es la fe católica y el que no la creyere fiel y firmemente no podrá salvarse.»

 A pesar de las deliberaciones de la naturaleza verdadera de Dios por los obispos de la iglesia en los concilios anteriormente mencionados, nos deja todavía con muchas preguntas. En vez de la creencia bíblica muy clara acerca del nacimiento milagroso del Hijo de Dios, su vida, muerte, resurrección, ascensión y regreso para reinar en el Reino de su Padre en la tierra, somos instruidos por los obispos en una doctrina de la triple personalidad de Dios. Sin embargo, no es difícil encontrar en la literatura trinitaria el consejo como lo que sigue:

“Ningún hombre puede explicar completamente la Trinidad, aunque en cada era los eruditos han argumentado teorías y adelantado hipótesis para explorar esta misteriosa enseñanza Bíblica…Tal vez la principal razón para esto es que la Trinidad es i-lógica, o más allá de la lógica. No puede, por lo tanto, estar sujeta a la razón humana o a la lógica.” (J. Hampton Keathley, La Trinidad, www.bible.org)

“A ninguna inteligencia creada o creable le es posible comprender el misterio de la Santísima Trinidad. El esfuerzo racional de los teólogos –  y principalmente de S. Tomas de Aquino – ha tratado de ilustrarlo a partir de los datos revelados…” (www.encuentra.com Portal Católico)

“Indudablemente, La Trinidad es un misterio. Si no se nos hubiera hablado de ella, jamás habríamos sospechado su existencia. Ahora que sabemos que existe, no podemos comprenderla. Aquel que tratara de penetrar este misterio sería como un pobre miope que tratara de divisar las costas africanas desde las brasileñas. No, no es posible penetrar las profundidades del Océano de la divinidad con nuestra limitada inteligencia.” (Ricardo Sada Fernández, El Misterio de la Santísima Trinidad, www.encuentra.com Portal Católico)

“La mente del hombre no puede entender enteramente el misterio de la Trinidad. Aquel que trataría de entender el misterio enteramente perdería su mente. Pero aquel que negara la Trinidad perderá su alma.” (Harold Lindsell y Charles Woodridge, El Manual de la Verdad Cristiana. Págs. 51-52)

“Aunque la doctrina de la Trinidad es un hecho central, el núcleo de la fe cristiana está más allá de la comprensión humana y no tiene paralelo en la experiencia del hombre…Así pues. Esta doctrina tiene que ser aceptada por la fe sobre la base de la revelación escriturística, incluso aunque esté más allá de toda comprensión y definición humanas.” (L.S. Chafer y J.F. Walvoord, Grandes Temas Bíblicas, pág.47)

El mensaje es muy claro: La doctrina de la ´Santísima Trinidad´ es considerada como un misterio, pues no se la puede concebir totalmente con nuestra mente finita. Hemos visto que esa doctrina fue desarrollándose progresivamente en los concilios de los primeros cuatro siglos. Son fórmulas hechas por los hombres. En el Credo de Atanasio se declara enfáticamente la creencia en un solo Dios. Sin embargo, desde la época en que el credo fue escrito originalmente hasta el presente, los eruditos de la iglesia han tratado de explicar su significado. Sus conclusiones han diferido y sus ideas se encuentran esparcidas en muchos libros. Hay que recordar también

“…que los que formularon el credo pertenecieron a una época y un modo de pensar que difieren grandemente a los nuestros. A menos que reconozcamos esto, el credo es inexplicable…” (McHaffie, pág.4)

Dejando a un lado el desafío de comprender la terminología de los símbolos de fe, podemos hallar en las Escrituras las enseñanzas que Cristo es el Hijo de Dios, nacido de la raza humana por la actividad especial del Espíritu. Que a Cristo le dio autoridad, poder y condición para actuar en la forma en que Dios actuaría y debe ser reverenciado de acuerdo con esta condición. Si en los concilios las implicaciones bíblicas fueron desarrolladas en términos de conceptos filosóficos, hoy en día tenemos toda la razón en regresar a la Biblia y darle una nueva mirada a la evidencia.

Un resumen

Los primeros cristianos se distinguieron esencialmente por su fe en Jesús muerto y resucitado, reconocido como Hijo de Dios y como Señor. El seguimiento de Cristo y su reconocimiento como ‘Señor’ condujo necesariamente a plantear el tema de su relación peculiar con el Padre. Durante el curso de los primeros cuatrocientos años de la cristiandad se hicieron varios intentos de definir con precisión lo que significa esa relación que Jesucristo tenía con Dios.

En los siglos cuarto y quinto se llegó a un punto de vista mayoritario y concilios eclesiásticos formularon credos los cuales establecieron la pauta de lo que se entendía como el punto de vista cristiano acerca de Dios. Recordemos que estas explicaciones definitivas y autoritativas no surgieron hasta unos cuatro siglos después de los acontecimientos que pretender explicar.

Una de las consecuencias de estas declaraciones doctrinales abstrusas, aunque estimadas por la ‘ortodoxia’ como una verdad de la salvación, es la obligación de aceptar la voz de una ´iglesia inspirada´. Si los líderes de la iglesia se pronuncian de manera autoritaria en asuntos de la fe y sólo sabemos su significado cuando la iglesia nos la haya interpretado, ¿dónde está la autoridad de la Biblia?

La imputación contra esos líderes de la iglesia que habían transformado un mensaje simple del evangelio en una declaración metafísica y progresivamente compleja está totalmente justificada. Como hemos visto en el desarrollo de los símbolos de fe, desde muy temprano surgieron propuestas distintas y por eso intentamos resumir brevemente algunas de ellas en los capítulos siguientes.

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