Cielo e Infierno
¿Qué enseña la Biblia?

Introducción | El alma (hebreo nefesh) | El estado de los muertos
Polvo al polvo | El cielo, morada de Dios | "Padre nuestro que estás en los cielos"
La tierra es la herencia del hombre | El infierno es la sepultura | Fuego del infierno
Tártaro | El destino de los malos | La recompensa de los justos
Resurrección | Juicio | Considerando algunas objeciones
Conclusión

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Introducción
La Biblia es un libro razonable. No hay en ella nada contradictorio. Todo está arreglado de tal modo que hace su mensaje dinámico y fácil de entender. Sus enseñanzas tienen sentido, y es esta simple lógica la que presenta un desafío tal que nadie que tenga buena voluntad puede negar su impacto.

Este folleto se ha escrito para mostrar que en contraste con las claras y razonables enseñanzas de las Escrituras, las ideas populares acerca del cielo y el infierno no son razonables. ¿Cuáles son estas ideas? Por siglos ha sido comúnmente creído por la mayoría de cristianos nominales que el cielo es la morada de los justos muertos, donde experimentan gozo y felicidad eternos, y que el infierno es el lugar de habitación de los malos, quienes están sujetos a tormento sin fin en fuego inextinguible.

En tiempos más recientes, muchos han abandonado la idea del infierno, y con ella cualquier deseo real de investigar si es, de hecho, un verdadero reflejo de lo que la Biblia enseña. Este aborrecimiento del sufrimiento eterno (seguramente un instinto correcto) ha dado por resultado que los hombres, en cambio, alimenten una vaga esperanza de salvación universal por medio de la cual todos gozarán de felicidad eterna, independientemente de las obras hechas durante su vida mortal. Sin embargo, eso ha dejado a su vez a la gente con una sensación de incomodidad porque consideran injusto asumir que puede haber un premio para ambos, buenos y malos, igualmente.

Los cristadelfianos no comparten ni la idea moderna del "cielo para todos," ni las ideas más tradicionales de bendiciones en el cielo y castigo en el infierno. Han leído la Biblia por sí mismos (tal como esperamos que harán los lectores de este folleto) y han concluido que, aunque el cielo y el infierno son mencionados muchas veces, estos no son lugares de eterna morada donde la gente espera o teme ir cuando muera.

Un grave error ha sido cometido en la interpretación bíblica. Pero el error no se relaciona en primer término con el cielo y el infierno; el error realmente surgió de otra teoría: que todos los hombres nacen con la llamada "alma inmortal." Esta es diversamente descrita como una "entidad que nunca muere," o una "chispa divina." Al alma le son atribuidas todas las características de lo que es llamado "el verdadero hombre": personalidad, conciencia, razón, entendimiento, emociones y todas las cualidades morales de las que el hombre es capaz. Del cuerpo se dice que es mortal y corruptible, convirtiéndose en polvo y cenizas después de la muerte; mientras que el alma es inmortal e incorruptible, y sigue viviendo en eterna dicha o aflicción.

Por supuesto, cuando uno ha aceptado tal punto de vista acerca de la naturaleza humana, entonces la creencia en otro lugar como el permanente y continuo hogar del alma después de la muerte se vuelve una necesidad lógica. Pero si este punto de vista acerca de la naturaleza humana es incorrecto, entonces el concepto popular del cielo e infierno también puede ser totalmente falso.

Por consiguiente, proponemos examinar brevemente la enseñanza bíblica concerniente al alma y la naturaleza humana, y partiendo de esta base, establecer la razonable y lógica enseñanza de la Biblia referente al destino final de los justos y los malvados.

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El alma (hebreo nefesh)
Para comenzar, debe quedar establecido que las frases "alma inmortal," "alma que nunca muere" o cualquier expresión similar, no se encuentran en las páginas de la Biblia. Solamente acerca de Dios está escrito que es "...el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver" (1 Timoteo 6:16). El hombre no tiene inmortalidad inherente, y aunque la palabra "alma" ocurre frecuentemente en sus páginas, la Biblia no enseña la idea de algo que es independiente del cuerpo y que sigue viviendo después de la muerte. El relato bíblico de la creación del hombre define el alma con total claridad en Génesis 2:7:

"Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser [nefesh] viviente." [La versión Reina-Valera de 1909 y otras muchas versiones de la Biblia traducen: "alma viviente"; ver también 1 Corintios 15:45]

Es el hombre mismo, el cuerpo formado del polvo, activado por el aliento de vida, el que es descrito como ser o alma viviente. La palabra hebrea original nefesh significa simplemente "una criatura que respira," y es usada no sólo para hombres, sino también para animales. Por ejemplo:

"Produzcan las aguas seres [nefesh] vivientes." (Génesis 1:20)

"Y todo lo que Adán llamó a los animales [nefesh] vivientes, ese es su nombre." (Génesis 2:19)

"Esta es la ley acerca de la bestias, y las aves, y todo ser [nefesh] viviente que se mueve en las aguas, y todo animal que se arrastra sobre la tierra." (Levítico 11:46)

En realidad, la palabra nefesh es usada en una variedad de sentidos en nuestra traducción bíblica. Muchas veces es traducida "alma"; otras tantas, "vida," "persona," "alguno," etc. Entre las demás traducciones figuran "corazón," "ánimo," "animal," "muerto" (Levítico 19:28), "cadáveres" (Levítico 22:4), "esclavo" (Levítico 22:11), e incluso "estómago" (Isaías 29:8). Pero su uso está siempre asociado con la actividad de una criatura viva que respira y nunca implica referencia alguna sobre la duración de la vida. Lejos de atribuir inmortalidad al alma, la Biblia declara enfáticamente que no solamente puede morir, sino que debido a su propia naturaleza, tarde o temprano tendrá que morir.

"Fallecerá el alma de ellos en su juventud." (Job 36:14)

"Libra de la espada mi alma." (Salmos 22:20)

"Porque has librado mi alma de la muerte." (Salmos 56:13)

"El alma que pecare, esa morirá." (Ezequiel 18:4)

No podríamos tener un testimonio más claro de que las almas mueren.

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El estado de los muertos
Sin embargo, aún queda la pregunta: ¿Qué es realmente la muerte? En los primeros capítulos de Génesis leemos no sólo acerca de la creación del hombre, sino también de su caída y la introducción del pecado y la muerte en el mundo. El Señor Dios ordena al hombre:

"De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás." (Génesis 2:16, 17)

La desobediencia a los mandamientos de Dios traería la muerte. Lo que la muerte implica se hace claro cuando Dios sentencia a Adán por su pecado:

"Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás." (Génesis 3:19)

Había de ocurrir, en efecto, un proceso inverso al de la creación. Dios formó al hombre del polvo e introdujo el aliento de vida en su cuerpo, para que llegara a ser una criatura viva, que respirase. En la muerte, Dios retira esa energía portadora de la vida, de la cual El solo es la fuente (ver Job 34:14, 15; Salmos 36:9); y el cuerpo se corrompe y dispersa en el polvo (Eclesiastés 12:7).

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Polvo al polvo
Puede parecer obvio decirlo, pero Adán no existía antes que fuera traído a la existencia por el poder creativo de Dios. Si la muerte es lo contrario del proceso creativo, entonces el resultado es la cesación de la existencia y la desintegración de la criatura viva que respira, sea hombre o animal, puesto que en lo que se refiere a su constitución natural no hay diferencia entre ellos:

"Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad. Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo." (Eclesiastés 3:19, 20)

El salmista escribe:

"Hazme saber, Jehová, mi fin, y cuánta sea la medida de mis días; sepa yo cuán frágil soy. He aquí, diste a mis días término corto, y mi edad es como nada delante de ti; ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive...Déjame, y tomaré fuerzas, antes que vaya y perezca." (Salmos 39:4, 5, 13)

Así que no hay existencia consciente en la muerte: ninguna parte del hombre sigue viviendo, ni en el cielo, ni en el infierno. No hay prolongación de la existencia, ni aun para los justos. Un siervo fiel de Dios, el rey Ezequías, escribió:

"Porque el Seol no te exaltará, ni te alabará la muerte; ni los que descienden al sepulcro esperarán tu verdad. El que vive, el que vive, éste te dará alabanza, como yo hoy." (Isaías 38:18, 19)

Y el sabio resume la posición:

"Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido. También su amor y su odio y su envidia fenecieron ya; y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol...Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría." (Eclesiastés 9:5, 6, 10)

Frente a tan clara enseñanza acerca de la muerte, ¿qué necesidad hay de mayor explicación? La existencia no continúa después de la muerte, sea en el cielo o en el infierno. La Biblia nos habla simple y lógicamente, conduciéndonos inevitablemente a esta conclusión.

Esto no quiere decir, por supuesto, que no hay recompensa para los justos o castigo reservado para los desobedientes. Pero cualesquiera que estos puedan ser, dada la armonía que existe a través de la Biblia, tal premio o castigo debe ser consistente con los hechos que ya hemos establecido. Un estudio de lo que las Escrituras dicen respecto del cielo nos conducirá suavemente adelante en el desarrollo de nuestro entendimiento de lo que la Biblia enseña sobre estos vitales temas de la vida y la muerte.

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El cielo, morada de Dios
El cielo es el lugar donde Dios habita. Al hacer tal afirmación, por supuesto, no debemos limitar el poder y la trascendencia de Dios, de quien las Escrituras enseñan que está presente en todo lugar por medio de su Espíritu. El salmista, meditando sobre esta omnipresencia de Dios, escribió:

"¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra. Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandecerá alrededor de mí. Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz." (Salmos 139: 7-12)

Cuando Salomón construyó su templo, una casa para morada de Dios, él también reconoció esta verdad:

"He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?" (1 Reyes 8:27)

Pero, aunque el Espíritu de Dios llena todo el espacio, esta verdad es compatible con el hecho de que las Escrituras hablan de un "lugar de morada." En esa misma ocasión Salomón rogó a Dios por Israel, diciendo:

"Cuando oren en este lugar, también tú lo oirás en el lugar de tu morada, en los cielos; escucha y perdona." (1 Reyes 8:30; ver también versículos 39 y 43)

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"Padre nuestro que estás en los cielos"
El sabio escribió:

"Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras." (Eclesiastés 5:2)

Jesús enseñó a sus discípulos a orar, diciendo:

"Padre nuestro que estás en los cielos." (Mateo 6:9)

Este concepto de la habitación celestial de Dios es resumido en los pasajes siguientes:

"...el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver." (1 Timoteo 6:16)

"Los cielos son los cielos de Jehová; y ha dado la tierra a los hijos de los hombres." (Salmos 115:16)

El hombre no tiene acceso a la presencia de Dios en los cielos; pero el Señor Jesús, el unigénito Hijo de Dios, después de su resurrección, "fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios" (Marcos 16:19). De nuevo, esta es la conclusión lógica a la que nos han conducido las Escrituras:

"Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre." (Juan 3:13)

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La tierra es la herencia del hombre
El cielo no es para el hombre; su lugar de habitación, tanto ahora como en cualquier existencia futura, es la tierra:

"Los mansos heredarán la tierra, y se recrearán con abundancia de paz...Porque los benditos de él heredarán la tierra...Los justos heredarán la tierra, y vivirán para siempre sobre ella." (Salmos 37:11, 22, 29)

El Señor Jesús se estaba refiriendo a este salmo cuando dijo: "Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad" (Mateo 5:5). El enseñó a sus discípulos a orar diciendo: "Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra" (Mateo 6:10). Juan tuvo una visión de los redimidos (librados del pecado y de la muerte), los cuales cantan:

"Tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios...y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra." (Apocalipsis 5:9, 10)

Por consiguiente, la tierra es la habitación del hombre y también su prometido y eterno lugar de morada. Dejaremos por ahora solamente planteada la interrogación de cómo es garantizada esta herencia en la tierra, debido a que antes debemos poner en claro algunos malentendidos comunes acerca del infierno.

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El infierno es la sepultura
Hay tres palabras principales en la Biblia que han sido traducidas "infierno." En el Antiguo Testamento es la palabra hebrea sheol. En el griego del Nuevo Testamento son las palabras hades y gehena. [Nota del traductor: La Biblia Reina-Valera de 1960, de la cual se han tomado las citas bíblicas que salen en este folleto, no traduce sheol y hades como "infierno," sino que las vierte "Seol" y "Hades" respectivamente.] La palabra sheol era usada comúnmente para indicar la morada de los muertos bajo la tierra. Aun cuando la palabra fue vertida al castellano como Seol en la versión Reina-Valera de 1960, es muy claro que la mejor equivalencia es "sepulcro." No hay excepciones: la muerte y el sepulcro dan a los hombres una igualdad que no pueden encontrar en vida, porque:

"Allí los impíos dejan de perturbar, y allí descansan los de agotadas fuerzas. Allí también reposan los cautivos; no oyen la voz del capataz. Allí están el chico y el grande, y el siervo libre de su señor." (Job 3:17-19)

En el Nuevo Testamento, hades es el equivalente de la palabra hebrea sheol. La Septuaginta, una traducción del Antiguo Testamento al griego, compilada doscientos cincuenta años antes del nacimiento de Jesús, usa hades casi sin excepción para representar sheol. En el discurso de Pedro en el día de Pentecostés, éste cita el Salmo 16 para probar la resurrección de Jesús, usando la palabra hades donde aparece sheol en la versión hebrea del salmo:

"Porque no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu santo vea corrupción." (Hechos 2:27; compare Salmos 16:10)

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Fuego del infierno
La tercera palabra traducida "infierno," incluso en la Biblia Reina-Valera de 1960, es gehena, un término que siempre está asociado con fuego y que solamente se encuentra en los evangelios, con una excepción. Los pasajes sobresalientes en el evangelio de Mateo son los siguientes: 5:22, 29, 30; 10:28; 18:9; 23:15, 33. Es digno de observar que hay apenas media docena de referencias diferentes al fuego del infierno en la Biblia. Por supuesto, si hubiera solamente una, aún sería necesario darle una cuidadosa consideración para determinar su significado.

Para el propósito de la presente investigación, tomaremos solamente un pasaje. La explicación dada en este caso se aplica igualmente a los otros. Se han seleccionado las palabras de Marcos 9 (paralelas a Mateo 18:8, 9), porque éste es, sin ninguna duda, el ejemplo más explícito y completo de la enseñanza del Señor acerca del Gehena:

"Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga." (Marcos 9:43, 44, ver también 45-49)

Leyendo de manera superficial, uno podría sentir cierta repugnancia por el fuego eterno y los gusanos que nunca mueren. Felizmente, ninguna de estas ideas está envuelta en un verdadero entendimiento de este pasaje. La palabra gehena, traducida aquí "infierno," viene de la expresión hebrea ge-hinom, que significa "el valle de Hinom." Este es de hecho un lugar geográfico, un valle llamado algunas veces Tofet, que todavía existe en las afueras de la ciudad de Jerusalén. Desde tiempos antiguos era un lugar de mala reputación, asociado con la adoración de ídolos y aborrecido por los judíos debido a las horrendas prácticas de la adoración falsa (ver, por ejemplo, Jeremías 7:31-33). En los días del rey Josías, el valle fue limpiado y sus prácticas malas fueron prohibidas (2 Reyes 23:10). Sin embargo, su infamia persistió y el valle llegó a convertirse en el basurero de la ciudad. Más tarde, fue usado para deshacerse de los cadáveres de animales y de criminales ejecutados. Para este propósito y para evitar el hedor de la putrefacción, se mantenía fuego ardiendo continuamente; los cadáveres que el fuego no alcanzaba a consumir eran devorados por gusanos. De esta manera el valle de Hinom, posteriormente llamado Gehena, vino a ser sinónimo de muerte y destrucción inexorable, y es a este valle, el entonces basurero de Jerusalén, al que Jesús se refería cuando hablaba del "infierno."

La alusión al fuego que nunca se apaga comienza ahora a entenderse con más claridad: expresa la naturaleza del juicio divino. Los juicios de Dios son seguros e implacables. Esto es, en verdad, lo que se sugiere con la frase "el fuego que no se apaga y el gusano que no muere." Nadie puede evitar o interferir el manifiesto juicio de Dios sobre los que le vuelven la espalda.

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Tártaro
Antes de dejar el tema del infierno, es apropiado hacer una breve mención sobre el insólito uso de la palabra Tártaro en el Nuevo Testamento:

"Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos al infierno [Tártaro] los entregó a prisiones de oscuridad." (2 Pedro 2:4)

En la mitología griega la palabra se refiere a una caverna, un mundo subterráneo donde eran lanzados los malos. El uso de esta palabra de ningún modo contradice la clara enseñanza de las Escrituras que ya hemos expuesto. Su uso surge de las peculiares circunstancias relacionadas con el hecho que Pedro está relatando. Hay alguna incertidumbre sobre lo que realmente quiere decir la frase "los ángeles que pecaron." Probablemente sea una alusión a Datán y Abiram, quienes después de hablar contra Moisés y rebelarse contra Dios, sufrieron un castigo singular cuando "se abrió la tierra que estaba debajo de ellos. Abrió la tierra su boca, y los tragó...y ellos, con todo lo que tenían, descendieron vivos al Seol, y los cubrió la tierra, y perecieron" (Números 16:31-33).

Este evento seguramente provee una explicación adecuada del uso de la palabra Tártaro que hace Pedro en esta sola ocasión.

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El destino de los malos
En lo que a los malos se refiere, ya hemos establecido que no tienen posibilidad de existir después de la muerte, sufriendo tormentos y miseria eternos. Los siguientes pasajes son una selección entre muchos:

"Mas los impíos perecerán, y los enemigos de Jehová como la grasa de los carneros serán consumidos." (Salmos 37:20)

"Entrará en la generación de sus padres, y nunca más verá la luz. El hombre que está en honra y no entiende, semejante es a las bestias que perecen." (Salmos 49:19, 20)

"Mas los impíos serán cortados de la tierra, y los prevaricadores serán de ella desarraigados." (Proverbios 2:22)

"Muertos son, no vivirán; han fallecido, no resucitarán; porque los castigaste, y destruiste y deshiciste todo su recuerdo." (Isaías 26:14)

"Sufrirán pena de eterna perdición." (2 Tesalonicenses 1:9)

El castigo final de los malos es, por consiguiente, la aniquilación, la muerte perpetua, el ser eliminados para siempre de la tierra de los vivientes. Esto es justo y apropiado a la luz de nuestro entendimiento de las enseñanzas bíblicas sobre la vida y la muerte, "porque la paga del pecado es muerte" (Romanos 6:23).

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La recompensa de los justos
¿Qué hay de la recompensa de los justos? Hemos visto que su herencia eterna es la tierra: una tierra perfeccionada y limpiada de toda maldad. También hemos aprendido que todos los hombres están sujetos, por naturaleza, a la muerte, y que en ella no tienen existencia consciente. Si la enseñanza bíblica es sólida y confiable, entonces sólo hay una manera para que los justos reciban su recompensa: deben volver a vivir de nuevo por medio de la resurrección de entre los muertos. El pasaje del Antiguo Testamento, anteriormente citado en relación con el destino de los malos (Isaías 26:14), habla de la eternidad de su muerte: "no resucitarán." Sin embargo, en el mismo capítulo, el profeta señala el contraste entre la muerte de éstos y la recompensa de los justos:

"Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo! Porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra dará sus muertos." (Isaías 26:19)

¿Cómo será realizado esto? La salvación que Dios ofrece necesitaba de la resurrección de Jesús de entre los muertos. Esto ha hecho posible que los hombres fieles sean resucitados tal como él mismo lo fue. Por eso Jesús podía decir: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá" (Juan 11:25). En otra ocasión manifestó: "Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación" (Juan 5:28, 29).

En su primera carta a los corintios, el apóstol Pablo se refiere largamente a la resurrección de los muertos, mostrando que esto es el verdadero centro de la fe cristiana. Su reto para algunos que dudaban de la doctrina fue:

"Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe...aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron." (1 Corintios 15:12-14, 17, 18)

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Resurrección
Si no hay resurrección de los muertos, no hay esperanza. Pero la conclusión victoriosa del apóstol es:

"Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida." (1 Corintios 15:20-23)

El apóstol no pudo ser más específico. Solamente por medio de la resurrección puede uno lograr la vida después de la muerte, y el Señor Jesucristo es el primero de una gran multitud; el primer fruto de una gran cosecha de creyentes muertos que vivirán de nuevo cuando Jesús regrese a la tierra.

Allí tenemos la clave de toda la situación. Mientras el mundo continúe, como ahora, dominado por hombres malos, guiados por su ambición de poder, nos es difícil comprender cómo podrán los mansos heredar la tierra. Pero fundamental al propósito de Dios está la segunda venida de Jesús para derribar el reino de los hombres, destruir todo lo que se le oponga y establecer el reino de Dios, una sociedad divina fundada en los principios de justicia y equidad donde El mismo reinará para siempre (ver Mateo 6:10; Apocalipsis 11:15; 2 Tesalonicenses 1:7-10; Daniel 2:44; Miqueas 4:1-5).

La enseñanza de la Escritura no es complicada ni difícil de comprender, sino racional y lógica.

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Juicio
Las Escrituras señalan dos clases de personas que serán levantadas del sueño de la muerte en el último día: unos para vida eterna, y otros para vergüenza y condenación (Daniel 12:2). De hecho, la humanidad puede ser dividida en tres clases. Primero, están aquellos que no serán levantados de entre los muertos, los que han vivido sin conocimiento de Dios y sus propósitos y, por consiguiente, no tienen responsabilidad con El. "El hombre que está en honra y no entiende, semejante es a las bestias que perecen" (Salmos 49:20). Siguiendo este principio, Daniel escribió que no todos sino "muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados." En segundo lugar, se encuentran aquellos que por su conocimiento y entendimiento de Dios vinieron a ser responsables delante de El, pero no han sido fieles en sus vidas, por lo que enfrentan el inevitable juicio ante el gran tribunal cuando Dios, por medio de Jesús, juzgará "a cada uno según sea su obra" (Apocalipsis 22:12). Por último, hay una tercera categoría: para los fieles será el cumplimiento de todas sus esperanzas, una resurrección a vida eterna en un cuerpo glorioso e incorruptible, para reinar sobre la tierra como reyes y sacerdotes con el Señor Jesucristo.

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Considerando algunas objeciones
Sería deshonesto no reconocer que hay algunos pasajes de las Escrituras, los cuales, en la sincera opinión de muchas personas, establecen la enseñanza "ortodoxa" de la inmortalidad del alma y el concepto popular del cielo como la morada de los justos. He aquí los principales ejemplos de pasajes que parecen enseñar un punto de vista diferente de lo que hasta aquí se ha expuesto:

"El reino de los cielos"
Esta frase es usada solamente en el evangelio según Mateo. Algunos dan por sentado que el hecho de aludir al cielo significa que el reino está localizado en el cielo actualmente. De este modo, las afirmaciones: "Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mateo 5:3), y "Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos" (Mateo 18:3) son tomadas como prueba de que los justos gozan su herencia en el cielo. Pero si tomamos en serio el estudio de la Biblia, no sacaremos precipitadamente una conclusión, sino que examinaremos con cuidado la frase "reino de los cielos" tal como es usada en Mateo, para establecer con precisión su significado. Seleccionamos dos pasajes que a nuestro juicio ilustran claramente que el reino de los cielos realmente no está localizado en el cielo, sino, de acuerdo a la enseñanza general de la Biblia, aquí en la tierra.

Mateo 13 contiene algunas parábolas que Jesús usó para ilustrar este mensaje. La mayor parte son introducidas con las palabras "El reino de los cielos es semejante a..." pero algunas de las cosas que Jesús decía eran extremadamente difíciles de reconciliar con la idea del alma que es transportada al cielo a su muerte. Por ejemplo, en la parábola de la cizaña, "El campo es el mundo...la siega es el fin del siglo...De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo...Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre" (Mateo 13:24-30, 36-43). ¿Puede haber realmente quienes "sirven de tropiezo" en un reino en el cielo?

Después de una entrevista con un joven rico que no podía resignarse a vender sus posesiones y seguirlo, Jesús dijo que "difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos...Es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios" (Mateo 19:23, 24). Reino de los cielos y reino de Dios son dos frases con el mismo significado.

Entonces, ¿por qué emplea Mateo la frase "reino de los cielos"? Algunos versículos del libro de Daniel en el Antiguo Testamento ilustran su significado: "En los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido" (Daniel 2:44). En otro capítulo, Daniel escribió: "El cielo gobierna" (Daniel 4:26). Aun el gran Nabucodonosor, rey de Babilonia, fue obligado a reconocer que Dios "hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra" y fue llevado a decir: "Alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo" (Daniel 4:35, 37). El reino de los cielos es por consiguiente una representación del dominio del cielo, y la frase puede ser aplicada razonablemente a cualquier área donde es reconocida la soberanía de Dios. Por esto, Jesús nos enseñó a orar: "Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra" (Mateo 6:10).

La parábola del rico y Lázaro (Lucas 16:19-31)
Esto es una parábola. No es un hecho real, sino que Jesús está usando una falsedad comúnmente aceptada: que los justos eran llevados al "seno de Abraham" para ser confortados, mientras los malos sufrían en el Hades. Una de las verdades que Jesús está estableciendo es que las normas de Dios son diferentes de las de los hombres y pueden ser el polo opuesto de las opiniones humanas. Otro punto es que la fe que agrada a Dios es la que está dispuesta a creer lo que está escrito en la Biblia. Si la palabra de Dios no puede convencer a las personas, nada lo hará: "Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos" (Lucas 16:31).

Note Ud. cómo el detalle de la parábola es completamente incompatible con la idea comúnmente sostenida de almas inmortales en el cielo y el infierno. El hombre rico y Lázaro pueden observarse uno al otro y platicar desde sus respectivas lugares. Ellos no son espíritus inmateriales, sino que poseen cuerpos con dedos y lenguas (Lucas 16:24).

La parábola fue, entonces, una terrible advertencia a los judíos ricos y poderosos, los cuales creían que el mero hecho de haber nacido judíos les aseguraba las bendiciones de Dios.

El ladrón en la cruz (Lucas 23:39-43)
Este es uno de los más sobresalientes ejemplos de fe que encontramos en la Biblia. Este hombre, muriendo en una cruz junto al Señor Jesucristo, a quien sus discípulos habían abandonado, manifestó su fe en el evangelio del reino de Dios, aceptando la resurrección de Jesús y anticipando su propia resurrección en el día de la venida de Cristo en gloria. La seguridad que le dio Jesús fue: "De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lucas 23:43). En el texto griego original no aparece la palabra "que," y su ubicación en el idioma castellano es arbitraria, de modo que la frase bien puede leerse: "De cierto te digo hoy, (que) estarás conmigo en el paraíso." En otras palabras: "Te estoy diciendo ahora que tu petición será concedida."

De cualquier manera, interpretar las palabras de Jesús como una seguridad de que él y el ladrón serían reunidos en el cielo ese mismo día no coincide con otras enseñanzas de la Biblia. Ya se ha mencionado el Salmo 16 (citado por Pedro en Hechos 2), que nos dice claramente que el alma de Jesús no fue al cielo sino al Seol o Hades (el sepulcro), de donde él fue levantado el tercer día: "Porque no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu santo vea corrupción" (Hechos 2:27).

Hay más textos que también podríamos examinar. Sin embargo, los ejemplos que hemos considerado nos ayudarán a apreciar que los pasajes aparentemente contradictorios tienen explicaciones adecuadas acordes con la enseñanza bíblica general.

Retorno al lugar donde estaba

Conclusión
¿Cuál es, entonces, nuestra reacción a estas verdades bíblicas? No son solamente hechos para ser asimilados por la mente. Deberían afectar nuestro concepto entero de la vida. Si apreciamos la naturaleza verdadera de la muerte, nos daremos cuenta de que la vida es nuestro tiempo de oportunidad. Como Ezequías escribió:

"Porque el Seol no te exaltará, ni te alabará la muerte; ni los que descienden al sepulcro esperarán tu verdad. El que vive, el que vive, éste te dará alabanza, como yo hoy." (Isaías 38:18, 19)

Este es un asunto de vida o muerte. De nuestra decisión depende nuestro futuro eterno: el olvido de la muerte perpetua o el glorioso despertar a la vida eterna al regreso de Jesús. ¡Cuán urgente es, por consiguiente, que abracemos la esperanza del evangelio mientras queda tiempo, para que no muramos "sin esperanza y sin Dios en el mundo" (Efesios 2:12)!

Dudley Fifield

Traducido por Nehemías Chávez Zelaya

Retorno al lugar donde estaba

Publicado por la Misión Bíblica Cristadelfiana

 

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